domingo, 24 de noviembre de 2013

Capítulo 5: El bosque

Hola holaaaaaaa!!!! Estoy superfeliz por el estreno de Los Juegos del Hambre: En Llamas ^^. Y a la vez tristona porque nadie ha enviado la imagen de Madge... bueno, pues esta semana no hay foto :C. Además, la gente ya no visita tanto... al principio se dispararon las visitas, pero ahora hay un bajón terrible,y no me gusta nada, porque sino la historia se suspenderá. ¡No quiero suspenderla! Pero es la única alternativa que veo. O dejar el blog un tiempo para luego volver, a ver si así hago gusanillo y el tiempo recolecta lectores. No sé que hacer, así que de momento os dejo el capítulo un poco triste, a ver si me animáis :-c ...


Capítulo 5: El bosque

Estrello la mochila contra la pared y todo se desparrama por el suelo. Me dejo caer de rodillas, y mi cuerpo tiembla cuando chocan contra las baldosas. Sé que lloro, pero no cuándo he empezado a hacerlo; cuando le he dado la espalda a Peeta, cuando he salido de la cafetería, cuando huía desesperada por los pasillos o simplemente cuando me he dejado caer. Noto como un vacío se expande en mi abdomen, hasta crear un agujero doloroso, como un cosquilleo que te absorbe y no se cierra hasta acabar con cada fibra de cualquier sensación buena que puedas retener.
¿Por qué tengo que ser insignificante? ¿Por qué no puedo pagar mi propio almuerzo? ¿Por qué daño a todas las personas que me importan? Ahora sólo me apetece estar en el bosque y perderme en él lo que quede de mi existencia. Sentirme libre, sola, en paz, fuerte, ágil, ligera… pero sobretodo, capaz, no impotente. No quiero pudrirme en la esquina de un estúpido instituto, donde reina una panda de estúpidas Cheerleaders y rubios de dos veinte con puños del tamaño de su cerebro. ¿Por qué la vida tiene que ser así? ¿Por qué no puedo ser feliz ni un minuto? ¿No lo merezco? No soy un alma cándida e inocente pero…
- ¿Tan mal lo hago? -grazno.
Otra ronda de lágrimas se desparrama por mi cara con una fuerza digna de río bravo. Me cojo las rodillas y escondo la cara detrás de ellas.
Huele a limón. Sí, de repente huele a limón, naranjas y cuero…
Levanto la cabeza vagamente después de un rato, pero allí no hay nadie. La vuelvo a bajar, pero me paro al ver el resplandor del glaseado de mi magdalena por encima de mis rodillas, a dos metros de mí. Rompo a llorar con más fuerza, pero me arrastro poco apoco hasta cogerla, volver gateando y guardarla en mi mochila. Así, poco a poco guardo todas las libretas y bolis que se habían deslizado por el corredor.

***


Vuelvo a hacerme un ovillo en el rincón. Tengo los músculos tensos de frío. Si alguien pasara ahora por aquí no podría escapar ni esconderme. Tendría que levantarme, moverme y dejar que la sangre volviese a circularme por las extremidades, pero en vez de hacerlo, me quedo sentada, tan inmóvil como una estatua. Hace rato que la campana ha sonado y la media hora del almuerzo ha acabado, aunque yo hago pellas. Seguramente todos habrán entrado en clase, sin hablar de mí, de su vergonzosa amiga-carga, y no les culpo por no venir a por mí, sólo duele y expande más el agujero. Y es que lo único que se me ocurre ahora, con la cabeza embotada, es que sólo un abrazo de Peeta podría hacerme volver a entrar en calor. Eso hace que me congele todavía más.
- Preciosa, ¿qué haces ahí? -oigo decir a una voz ronca y claramente ebria.
Levanto la cabeza y veo a un hombre barrigón, aunque no tanto como Plutarch, rubio despeinado de facciones puntiagudas, que se tambalea hasta mí.
- No te importa -suelto, con voz también ronca.
- Oh, encantado de conocerte yo también -dice. Se deja caer de culo a mí lado. Su aliento es peor que el de Buttercup.
- Vete -gruño.
- Vamos, este rincón no es sólo tuyo -dice, y suelta una risa más irritante que la de Effie.
Emito algo entre suspiro y gruñido y vuelvo a esconder la cabeza, esta vez entre las rodillas.
- Tou che ­­­­-admito.
Pasan unos minutos, y el borracho no molesta, así que no me voy. Esto es mejor que volver a clase y dar una explicación «Ups, ¿me perdí?».
- Así qué, ¿me vas a contar lo que te pasa? -dice, como una cuba- ¡Novios! -exclama. Pego un bote, pero su risa  con olor a vodka raramente me tranquiliza y vuelvo a relajarme.
- Cuéntame lo que te pasa a ti, y te contaré lo que me pasa a mí -propongo. ¿Por qué demonios lo hago? Es un misterio. Siento como si este desconocido borracho me protegiera, por extraño que parezca. El alcohol no se pasa de una personas a otras por al aire, ¿no?
- Yo he preguntado primero, preciosa.
- ¿No hay trato? -estiro una pierna y empiezo a masajeármela para recuperar la movilidad.
- ¡De acuerdo! -giro la cabeza y le miro-, de acuerdo, tu ganas preciosa -vuelvo a doblar la pierna, que duele.
- ¿Y bien?
- Tengo que dar unas clases de ballet -uauu, ballet. Nunca, en la vida, me lo haría imaginado siendo un profesor de ballet. Estaría guapo con mallas.
- Te entiendo -digo con sorna.
- Te toca.
- Eh, tú no me lo has contado -gruño.
- Sí -dice, de forma en que parece interrogante, aunque es culpa del alcohol.
- La verdad -exijo.
- Esa es la pura verdad, preciosa.
- ¡Cuéntalo todo! -exclamo.
Me observa, y por primera vez, su semblante es serio, aunque todavía le bailan los ojos.
- Me torturo entrenando todos los -espera, como si hubiera olvidado lo que iba a decir- ¡malditos -pega un puñetazo al suelo- años a un grupo de bailarines que no da pie con bola! Fracasan todos los años, y quedan los últimos en la clasificación; ni uno ha entrado en Juilliard.
Me quedo con la boca abierta durante medio segundo, pero no por lo que ha dicho sino por los cambios de humor de que tiene.
- Uauu, estás de suerte.
- ¿A sí, preciosa? -dice sonriendo.
- Exacto -empiezo a masajearme las piernas.
- ¿Por qué?
- Dímelo tú -le reto.
Me mira durante una fracción de segundo.
- Ya sé que practicas ballet; tienes buen empeine y estiras mucho con demasiada facilidad simplemente ahora -suelta de una. Pues sí es profesor.
Me levanto, agarro mi mochila y, tras colocar bien mi trenza sobre el hombro derecho, le doy la espalda.
- ¡Eh! -se queja.
Giro el cuello para mirarle como si no fuera más que el borracho que hay ahí tirado, aunque en realidad no lo crea; a mí no me engaña.
- Yo seré la primera en entrar en Juilliard con matrícula.
Miro hacia delante y salgo de ese oscuro pasillo.

***


El hielo y la nieve crujen bajo mis botas mientras avanzo, a paso ligero. Giro el recodo y veo el edificio de una planta, de paredes de madera blanca y techo azul.
- ¡Prim! -grito.
Alzo la mano y la sacudo, llamando su atención. Ella me ve y sonríe, mientras a mí se me derrite el alma. Tira del delantal de su profesora, que hace guardia ojo avizor, me señala, la profesora asiente y Prim corre hacia mí. Me agacho antes de que me alcance y la abrazo con fuerza cuando lo consigue.
- ¿Qué tal el cole? -le pregunto. La peino, colocándole las dos trenzas en su sitio, que resaltan sobre el abrigo de lana negro.
- Muy bien, pero te he echado de menos -contesta. Le doy un beso en su colorada mejilla izquierda.
- Y yo, patito -digo mientras me levanto.
- ¿Y tú cómo lo has pasado? -me tiende la manita y empezamos a caminar en cuanto se la cojo.
Me congelo durante un momento ante todas las posibles respuestas que tengo guardadas, pero sólo digo:
- Muy bien también -y añado una sonrisa, desfilando todos mis blancos dientes.
Sonríe satisfecha.
- Pues hoy he conocido a una niña nueva.
- ¿Sí? -digo.
- Sí, se llama Rue.
- Qué bien.
- Ahora somos mejores amigas.
- Genial.
- Y aunque somos muy diferentes, nos llevamos muy bien. Mira ella es morena y yo rubia -asiento mientras me percato de que no pase ningún coche y podamos cruzar-, sus ojos son marrón oscuro y los míos azul claro, su pelo es rizado y el mío casi liso.
- Pues sí que sois diferentes -exagero.
- Ya, pero las dos somos igual de altas y muy delgaditas -y alza el brazo, imitando a alguien muy fuerte, como un forzudo  del circo.
- Eres mi pajarito -afirmo sonriendo.
- Siempre -dice sonriente, mientras imita el aleteo de un pajaro.
Asiento con la cabeza mientras intento grabar todos y cada uno de sus rasgos en mi mente, para que jamás se me olviden. La amo y la adoro.

***


Llegamos a casa al cabo de unos diez minutos, ya que el colegio al que va Prim no está muy lejos.
- Mamá, ya estamos en casa -exclamo al abrir la puerta.
Hago entrar a Prim corriendo porque fuera ha empezado a nevar. Me sacudo, haciendo caer algún que otro copo de nieve y veo que no hay carbón en la estufa.
- Ahora vuelvo pajarito -le digo a Prim.
Ella asiente y se dirige a su habitación.
Cuando por fin estoy sola dejo caer la mochila sobre el sofá y mis hombros se hunden, el dolor de cabeza se intensifica y mis ojos, libres de retención, vuelven a humedecerse. Salgo afuera antes de empezar a llorar por si acaso Prim vuelve al comedor y me encuentra tal cual.
Corro hacia el bosque, mientras la trenza bota y rebota sobre mi hombro, y el agujero vacío vuelve a aparecer en mi abdomen, tragándose este pequeño rato con Prim y depositándome de nuevo en ese rincón junto a mi profesor borracho.
Mi vida, es penosa. Mi amor, me odia. Mis amigos, me tratan como a un cachorrito abandonado. Mi furia, no consigue ser retenida. Mis padres, no ríen desde hace años. Mi pajarito, mi patito, mi prímula, vive una mentira, aunque me desviva por protegerla.
Salto un tronco caído y me paro. Me limpio las lágrimas rudamente con las mangas de mi abrigo y me giro. Meto la mano en el tronco hueco y saco un arco y un carcaj de flechas. Pertenecen a mí padre, así que vuelvo a meterlos y, tras hurgar un poco más, saco los míos y un morral. El arco es plateado, de algún metal ligero, y la tensa cuerda parece transparente. El carcaj es, también, plateado, de alguna malla muy resistente, mientras que las flechas parecen estar del mismo metal que el arco, aunque con una fina pluma de distintos tonos verdes en el extremo opuesto a la punta. Los adoro porque son elegantes, ligeros y prácticos y, sobretodo, porque me los regaló mi padre. Los suyos están tallados en madera oscura y vieja, con una cuerda negra, al igual que la tela de su carcaj y las plumas de las flechas.
Acaricio suavemente con las puntas de los dedos el metal del arco. Trazo de nuevo la curvatura, y luego paso a presionar las yemas contra la cuerda. Cojo profundamente aire helado, que hace que me duela la garganta. Las lágrimas han desaparecido.
Me cuelgo el carcaj y avanzo en silencio, cargada con arco en mano. Recorro unos cuatro quilómetros antes de parar y sentirme parte del bosque, de todo. Aquí la nieve no ha caído con tanta fuerza y las copas de los árboles han protegido el suelo, así que no hay nieve ni hielo por ninguna parte, sólo el suelo virgen, verde, esponjoso y estable.
-Ojalá yo fuera estable -murmuro.
Coloco con ferocidad el arco en posición, presiono la cuerda contra mi mejilla derecha, y la suelto.
La ardilla cae con un golpe sordo.
- Ojalá no estuviera enamorada.
Vuelvo a colocar una flecha sobre la ranura, doy un rápido giro de ciento ochenta grados y, tras presionar mi mejilla y soltar aire entre mis labios, disparo.
La pequeña codorniz pasa a mejor vida.
- Ojalá yo no fuera yo.
Recojo una piedra del suelo, la pongo sobre la cuerda, tenso y disparo hacia el cielo. Rápidamente cojo una flecha tras otra, mientras la bandada de patos cae, uno a uno. Eran diez.
Echo la mano hacia el carcaj, pero no logro retener más que aire entre mis dedos. Furiosa e impotente, dejo escapar una mofeta cercana, aunque no habría sido agradable limpiar esa pieza. Pateo el suelo una y otra vez, haciendo volar hojas por doquier. Me concentro en el verde que me rodea, pongo las manos en mi cabeza y aprieto.
- Soy Katniss Everdeen. Tengo dieciséis años. Vivía en Pensilvania. Mi familia se mudó. Dejé el ballet. Vivo en Naples, Idaho. Mi padre consiguió un trabajo en las minas. Prim comenzó el colegio. Mi madre cayó en depresión. Peeta Mellark me salvó. Yo caí en depresión. Amo a Peeta Mellark. Sigo con depresión. Mis amigos me compadecen. Me hundo más cada minuto que sigo viva.

***


Limpio las presas, sentada sobre un árbol caído cerca de un arroyo. Una ardilla gorda, una codorniz, y una bandada entera de diez patos, grandes.
Desplumo a la sexta ave cuando me doy cuenta de que ya está atardeciendo. Dejo las otras presas por limpiar y las meto todas en el morral.
Me levanto, dispuesta a irme, ya que me llevará otra hora volver, pero me detengo unos segundos, que sin saberlo se convierten en minutos, admirando el sol, y todos los tonos que crea sólo al esconderse tras la montaña. Naranja pálido, azul claro, rojo pasión, amarillo vivo…

***


- Hola -digo al empujar la puerta principal. Fuera ya es noche cerrada.
- Hola -me responde papá.
- ¡Papá! -corro y me tiro a sus brazos- ¿Qué haces aquí tan pronto? -digo contra su pecho. Sonrío de verdad.
- Están comprobando algunas cosas en la veta. Seguridad, ya sabes.
- Más les vale -dice mi madre, sonriendo, desde la cocina. Huele realmente bien.
- Mamá -digo, deshaciendo con suavidad el abrazo de mi padre y caminado hacia ella-, ¿estás cocinando o es un sueño?
Empieza a reír, y aunque solo sean tres segundos, me siento la persona más afortunada del mundo.
- Se les puede sacar provecho a tus ardillas después de todo -dice.
- Mejor, porque traigo doce piezas más -digo, dejando el morral sobre la mesa.
- ¿Con quién te has enfadado? -pregunta mi padre. Me giro, alarmada, pero veo como sonríe con sorna. Siento como el peso se desvanece.
- ¡Katniss! -grita Prim sonriendo, con el pelo mojado, envuelta en una toalla amarilla y descalza.
- ¡Primrouse! -le regaña mi madre.
Me dirijo hacia Prim mientras le frunzo el ceño a mi madre. Prim no se merece eso por ser más dulce que la miel.
- Hola patito -digo, alzándola hasta cogerla en brazos. Que sea bastante pequeña ayuda.
Enrolla sus bracitos alrededor de mi cuello y yo hundo la nariz en su húmedo pelo. Vuelvo a sonreír.
- ¿Qué tal si te cepillamos ese pelo? -le digo.
- Vale, pero tienes que ver cómo me hago las trenzas, qué ya me salen bien -dice contenta, mientras acaricia la mía.
Ella todavía no sabe hacerse la trenza como yo, que salga desde la parte de atrás de la cabeza y no desde el cuello.
- Esa es mi niña -dice mi padre a mí espalda. Nos abraza a las dos por atrás y  veo como mamá sonríe dulcemente al contemplar la escena.
Yo también. Todos juntos.                          

***


- Has tardado mucho.
- Lo sé, me he retrasado, pero tenía que irme -contesto. Cepillo el último mechón de pelo rubio.
- ¿A dónde has ido? -pregunta Prim, admirando cómo su pelo húmedo no tiene ahora ni un nudo.
- Tenía que irme -contesto. Ella no sabe nada. No sabe que su hermana mata ardillas y pajaritos en el bosque para tranquilizarse y que luego ella se los cena. Me odiaría como la protectora suprema de los animales que es, y luego se pondría a llorar por haberlos comido.
- Busca primero tu pijama y luego te seco el pelo y me enseñas como te haces las trenzas, ¿vale? -digo, sonriéndole por el reflejo del espejo.
- Vale -dice. Me da un besito en la mejilla y sale del baño para dirigirse  su habitación.
Tardará, ya lo creo que tardará. Esa es mi Prim, la que necesita media hora para ponerse bien el pijama, y entre tanto hacerle arrumacos a Buttercup, con lo que la media hora son  cincuenta minutos.
Aprovecho y me desvisto. Me meto en la ducha encogida, temblando de frío cuando toco el plato de la ducha con los pies. Cierro los ojos y abro el grifo. El agua caliente me relaja, y poco a poco las penas del día se van por el desagüe. Recorro con los dedos la trenza empapada y la deshago con facilidad. Echo el pelo hacia atrás lentamente, y acaricio mi magullado cuerpo. Aquí dentro no se está tan mal, bajo un chorro de agua caliente, en silencio, con el murmullo del agua relajándote…
- ¡Katniss! Ya estoy lista -dice Prim al otro lado de la cortina de ducha.
Pego un bote y casi resbalo y caigo hacia atrás, algo que podría matarme, pero me agarro a la alcachofa de ducha y me aferro hasta estar segura de que no me romperé la crisma.
Asomo la cabeza para encontrar a Prim sujetando una toalla blanca más grande que ella, con una sonrisa en la cara.
- Prim -digo, un poco preocupada, un poco enfadada, y un poco apenada por tener que regañarla-, no puedes darme estos sustos, he podido resbalar.
Su cara se vuelve triste, y su sonrisa se torna y, aunque intenta evitarlo con todas sus fuerzas, hace un puchero, mientras tres lágrimas caen por sus mejillas.
- Lo siento -dice bajito-. Sólo quería darte yo la toalla y enseñarte lo bien que me salen las…
Llora tanto que no puede ni hablar.
Salgo como mi madre me trajo al mundo de la ducha (con mi hermana es algo un poco vergonzoso, pero aceptable. La verdad es que a veces nos bañamos juntas) y me agacho para abrazarla, mojándola un poco. Beso su frente y vuelvo a abrazarla.
- Vale, no pasa nada, gracias -le quito suavemente la toalla y me enrollo con ella porque he perdido ya todo el calor y el agua que me empapa empieza a estar muy fría. Vale, y porque me incomoda estar desnuda frente a alguien, incluso mirar mi reflejo en espejo, porque odio como se me marcan las costillas y los huesos de las caderas; gracias a ceder parte de comida a mi madre. O por la depresión. O por mi falta de apetito estas últimas semanas.
- No quiero… que -dice entre hipeos y lágrimas- resbales… en la ducha… porque… puedes…
De nuevo, llora tanto que no puede ni hablar.
- Shhhhshhhh… -la abrazo y aplasta su carita en mi pecho. Acaricio lentamente su cabeza- estoy bien patito, sólo ha sido un susto, shhhhshhhh, sólo ha sido un susto… -susurro.
Me agacho de nuevo para despegarla de mí y parto todo su cabello en dos mitades.
- ¿Me enseñas como te haces esas trenzas? -la animo.
Niega con su cabecita y se tira sobre mí para abrazarme más fuerte. La recibo como puedo intentando no caer de culo.
- ¿Por qué?
- Haz… házmelas tú… -murmura con los ojitos cerrados.
- Yo te las hago -susurro, apoyando la mejilla izquierda en su frente. El contraste de temperatura es alarmante.
- Prim, ¿me acompañas a mi habitación? Necesito ponerme algo antes de que me convierta en un cubito de hielo -asiente, mientras suelta una risita, acompañada de más lágrimas y que hunda de nuevo la cabeza en mi pecho.
Como no tengo otro remedio, la levanto y la llevo al bracito hasta mi cuarto.

***


Como le he prometido a Prim, después de tranquilizarla y mecerla un rato hasta que no lloraba y su respiración era normal, después de cenar las dos nos haremos dos trenzas en mi cama, y seguro que también acabamos durmiendo juntas.
Mientras tanto, he conseguido convencerla de que pase un poco de tiempo con papá. Por una vez que pueden pasar tiempo juntos, no los voy a separar. Yo también quiero estar con él, pero yo he vivido más, y creo que, no digo que no le quiera, pero creo que es imposible que alguien quiera más a mi padre que yo. Quiero que su relación se refuerce.
Mi sinsajo silba nuestro saludo y me giro para dedicarle algo de tiempo.
Abro la portezuela de su jaula y sale volando en cuanto me aparto, revolotea por mi habitación hasta aterrizar sobre el cabezal de la cama. Buena elección, creo que su favorita.
Me tumbo boca abajo sobre la misma, hincando los codos para levantar la cabeza y hago la elección, creo que muy acertada para mí en estos momentos.
- And another one bites the dust
But why can I not conquer love?
And I might’ve got to be with one
Why not to fight this war without weapons?
And I want it and I want everything
But there was so many red flags
Now another one bites the dust
And let’s be clear, I trust no one

You did not break me
I’m still fighting for this

Well I’ve got a thick skin and an elastic heart
But your blade it might be too sharp
I’m like a rubber band until you pull too hard
But I may snap when I move close
But you won’t see me move no more
Cause I’ve got an elastic heart
I’ve got an elastic heart
Yeah, I’ve got an elastic heart

And now I step through the night
Let’s be clear, won’t close my eyes
And I know that I can’t survive
I walked through fire to save my life
And I want it, I want my life so bad
I’m doing everything I can
Then another one bites the dust
It’s hard to lose a chosen one

You did not break me
I’m still fighting for this

Well I’ve got a thick skin and an elastic heart
But your blade it might be too sharp
I’m like a rubber band until you pull too hard
But I may snap when I move close
But you won’t see me move no more
Cause I’ve got an elastic heart

Well I’ve got a thick skin and an elastic heart
But your blade it might be too sharp
I’m like a rubber band until you pull too hard
But I may snap when I move close
But you won’t see me move no more
Cause I’ve got an elastic heart

Cause I've got a...
But you won’t see me move no more
Cause I’ve got an elastic heart

I’ve got an elastic heart

Hace una educada pausa, y empieza a silbar.

Mañana será otro día. Mañana todo irá mejor. Mañana me moriré de vergüenza al presentarme allí de nuevo. Seré el cachorrito abandonado, loco y que encima muerde, del grupo.
Después de todo, puede que mañana sea peor; yo resistiré igual.



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 Comentad a ver si me animáis un poquito :J

viernes, 15 de noviembre de 2013

Capítulo 4: Un almuerzo intenso

Que bien el capítulo 4!!!!!! Este capítulo desencadenará más cosas intensas, más negativas que positivas. Y algo que encanta, es que en el próximo capítulo Katniss sale a cazar ^^.
Que os guste!!!!!!!


Capítulo 4: Un almuerzo intenso

Gale inspecciona a Peeta, para luego mirarme a mí, entrecerrando los ojos. Me doy cuenta de que en realidad nos mira a nosotros. Mientras tanto Peeta le ignora, supongo que pensando que es un chico raro que mira a la gente con fijación, así, muy normal. Sigue sonriéndome y yo,  rodeada por sus brazos, estoy en el quinto cielo, así que le correspondo, hasta que aparece Gale y me baja de golpe.
- ¡Katniss! -grita Madge, que asoma su cabeza detrás de Gale. Creo que hablaban juntos, o al menos se hacían compañía. Se corta al ver mi situación, e intenta echarme un cable. Aparta a Gale de golpe y se detiene a nuestro lado. Peeta y yo deshacemos nuestro abrazo, incómodos- Me he encontrado a Delly, gracias a Dios, y nos ha dicho que habías ido a Secretaría con Peeta -menciona a Peeta como si lo conociera de toda la vida. Raro; alarmas encendidas.
- Me has dado un susto -aparece Delly detrás de Gale como Madge- de muerte, Katniss -dice Gale.
- Nos -corrige Madge, divertida.
- Peeta, ¿tienes mi horario? -cacaraquea mientras tanto Delly, con una sonrisa, apartando a Gale antes de ponerse al lado de Peeta. Pobrecillo.
- Lo siento -me disculpo, mirando a Gale a los ojos-. Sé que no ha estado bien -Peeta le da el horario a Delly, que frunce el ceño mientras lo examina-. ¿Podría el excelentísimo perdonarme? -resalto, inclinándome hacia delante.
- Puede -dice Gale, encogiéndose de hombros. Me cruzo de brazos, exhalo fuertemente, y golpeo el suelo rítmicamente con el pie derecho ante su ‘no’ disfrazado-. Bueeeeno, vale -cede-, pero ven aquí -abre sus brazos. No dudo en lanzarme a ellos, pero me muerdo el labio en cuento doy el primer paso. Noto la mirada de Peeta en el cogote, una mirada seguro no muy agradable. Pero bueno, ¿a él que más le da? ¿Eso significa qué le importo? Eso me lo ha demostrado, pero también está la otra parte, la parte en que no me recuerda. Aunque, ¿qué más da que no recuerde eso? A lo mejor salva jovencitas en apuros todos los días. Es idea me pone celosa, así que lo dejaremos en un caso aislado de alzheimer no degenerativo. Y, quizás, y sólo quizás, esa mirada no exista y me lo esté inventando todo, porque al fin y al cabo, no tengo ojos en la espalda.
Me separo de Gale y me vuelvo hacia Peeta. No frunce el ceño ni entrecierra los ojos, pero ha perdido esa alegría que ilumina su rostro.
- Gale, ¿conoces a Peeta? -pregunto. Me parece una presentación necesaria, y me considero amiga de ambos bandos, opuestos al parecer, aunque no entiendo todavía el por qué.
Las hormonas flotan en el aire cuando se dan un medio abrazo, medio golpe en la espalda.
- Un ‘encantado de conocerte’ también habría valido -suspiro. Los dos ríen un poco, mirándome a mí. Siento un escalofrío (por una extraña razón, Gale y Peeta no coexisten bien en mis pensamientos) y me ruborizo levemente. Katniss Evereen, la chica en llamas.
- Ellos son así -dice Madge. Las tres chicas empezamos a reír, mientras ellos se quedan serios y rígidos.
Me dirijo a entablar conversación con los chicos, cuando dos manos me cogen, una por cada codo.
- Y, ¿qué tal con Peeta? -me pregunta Delly, en el codo derecho.
-Cuenta, cuéntalo todo -dice Madge agitada, en el codo izquierdo.
- ¿Qué queréis que os cuente? -digo, lo suficientemente bajo como para que se acerquen cuando hablo.
- Pues, qué tal te llevas con él… -dice Delly.
- Hasta qué punto estás loca por sus huesos… -dice Madge. Le pego un codazo y me giro rápidamente, como cuando estoy en el bosque y un depredador mayor que yo anda cerca. Peeta no ha escuchado nada. Mantiene una helada conversación con Gale, y, en cuanto le miro, me mira a la vez, y me regala una de sus cálidas sonrisas, antes de que los dos apartemos, como hacemos desde hace años, la mirada, avergonzados.
- Oohhh, por la cara que has puesto… -continúa Madge, pero la amenazo de nuevo con el codo y se calla.
- Sois muy… -dice Delly- monos -acaba, con una sonrisa enternecedora.
- ¿Por? -digo, haciéndome la tonta. La única bobalicona aquí soy yo, no Peeta. Él no está loco por mis huesos; yo sí por los suyos, aunque me duela y cueste reconocerlo.
- Vamos… -dice Delly, poniendo una cara obvia. Está nerviosa, muy nerviosa.
- Él no… -empiezo, pero no acabo. Casi se me escapa.
- Oh, el sí -afirma Madge.
Miro estupefacta a Delly. Ella es una fuente más fiable de información, más cercana a Peeta, más inocente, más buena…
- Mis labios están sellados -dice, tristona.
- ¿Por qué él te obligó? -dice Madge, sin esperar respuesta- ¡Es obvio lo que siente! -exclama. Se está exasperando. Le lanzo una mirada asesina para que baje el volumen y se controle, porque a pesar del follón, unos pocos se han girado gracias a esa gran exclamación- No hace falta que aquí, Delly la Santa lo confirme -abro los ojos como platos. Delly la Santa es un apodo, secreto. Bueno, todo el mundo la llama así, sí, con verdadero cariño, pero sigo sin querer que se entere gracias a mí.
- Oh, que apodo más mono -dice Delly, sonriendo de verdad-. Aunque prefiero mi nombre a secas; no soy creyente -dice tan tranquila, como si fuera lo más normal del mundo. Puede que hasta lo haya dicho en serio. Es Delly.
- Claro -digo yo, con voz ahogada.
Vuelvo a mirar a Peeta, que observa con detenimiento como, con el paso de los años, crecerán hierbajos entre las baldosas.
- Deberíamos volver -incito.
- Pero luego me cuentas todo, ¿vale? -dicen a la vez. La cabeza me va a explotar.
- Sí, pero vamos antes de que a esos dos se les reblandezca más el cerebro por no usarlo -la Katniss cabreada, no sé si real o no, está aporreando la puerta.

***


Me aplastan contra la puerta, y le pego un merecido pisotón a cualquiera que tenga detrás. Que educación tiene la gente, aunque con mi carácter yo también me quedo bien a gusto.
Un hombre gordo, de aspecto robusto y dedos gruesos, con el pelo castaño anaranjado y de ojos castaños muy oscuros, emerge por la puerta y hace señas para que entre, para que entremos, aunque todo el mundo me esté empujando ya. Sería imposible frenar.
La masa humana, o clase de segundo de bachiller, me empuja adentro, como si por entrar antes acabara el último curso más deprisa.
- Muy bien, sentaos todos, soy Plutarch Heavensbee y seré vuestra tutor -dice el hombre del tirón. Me recuerda a un melocotón.
Localizo un sitio en la tercera fila, y me dirijo hacia él. Arrastro la silla y me siento mientras Plutarch escribe su nombre completo con mayúsculas en la pizarra.
Los asientos son individuales, y van acompañados de una mesa enana. Todo, absolutamente todo, es verde. Desde el momento en que pasé el primer curso, odio el verde lima. Pero lo raro, es que adoro el verde bosque, el que pinta todos los árboles y cubre el suelo húmedo de los valles y colinas. El que adorna la pradera que hay cerca del pueblo. En realidad, Naples, es una ciudad, pero es tan pequeña que prefiero decir que es un pueblo. Suena más acogedor. Además, no sé si se gana el título de ciudad realmente.
Madge se sienta delante de mí, Delly a mi izquierda, Peeta a la derecha y Gale al lado izquierdo de Delly, junto a la ventana. Parecen mi pelotón. No tomo a mal que Gale no se me siente detrás, lo agradezco porque así no parece que tengo guardaespaldas en vez de amigos. Él odia estar encerrado, y ama la libertad tanto como yo. La ventana abierta es la única vía de escape a la libertad que hay en clase, así que él no duda en ocupar ese sitio.
- De acuerdo -empieza Plutarch, cuando casi todos los alumnos se han sentado ya-, este curso tendréis que esforzaros… -desconecto. Durante la larga hora en la que nos habla del curso, yo me dedico rascar mis uñas, mordérmelas en casos extremos, y mirar a Peeta. Sólo de reojo, unas dos o tres veces. Porque tengo miedo a que todos se den cuenta, a que el profesor se dé cuenta; lo extraño es que no a que Peeta se dé cuenta. No pienso esconderme. A ver, no voy a subirme sobre la mesa lima y gritar a los cuatro vientos que estoy enamorada de Peeta Mellark, ni tampoco me declararé mañana, ni pasado, ni la próxima semana, ni la otra… pero no voy a dejar que no confíe en mí, o que no note que me gusta, como amigo quiero decir. No quiero ser la típica amiga que va detrás de amigo que sólo quiere quedarse como amigo, y que sabe que tú no. Eso lo estropea todo.
- Deberéis esforzaros para que os vaya bien la selectividad… -continúa Plutarch en el minuto cincuenta y siete, justo cuando Peeta me mira.
Noto como sus dos trocitos de cielo me examinan, y veo de reojo que curva una sonrisa, se rasca la nuca y centra su atención en tirarse nerviosamente de las mangas, pero sin dejar de sonreír como un bobo (cosa que hace que yo sonría como una boba). Luego echa la cabeza hacia atrás y mira el techo, como si tuviera todas las respuestas.
Suelto una risita y me muerdo el labio, sonriendo. Vale, la Katniss romanticona ha vuelto. Empiezo a juguetear con la punta de mi trenza. Está claro que sigo con la sonrisa bobalicona.
Lo que me hace este chico, esto… esto no es normal. Me ha pegado fuerte. ¿Por qué tiene un efecto tan grande en mí? Es que -levanto la cabeza y abro mucho los ojos- me importa, pero me importa demasiado. No me lo puedo permitir. Pero, es que es inevitable. ¿Cómo puedo controlar a mí corazón, a mis sentimientos? Simplemente no puedo, no se puede.
Así que empiezo a morderme el interior de las mejillas, hasta que hago una mueca y sangran.
- Eh, el discurso no es tan malo -me susurra Peeta, burlón. ¡Me susurra Peeta!
Me vuelvo hasta encontrármelo sonriendo, inclinado sobre su mesa hacia mí, hincando el codo.
Fuerzo una sonrisa, qué al segundo se vuelve natural.
- Ya -susurro. Sólo me sale eso. Tengo la boca pastosa y me tiembla la barbilla.
- No estudiéis sólo el día previo al examen… -sigue Plutarch.
- ¿Estás bien? -dice, con un matiz de preocupación.
- ¿No me has preguntado eso ya muchas veces hoy? -susurro. Aprieto los dientes- Lo siento -digo, avergonzada. No me atrevo a mirarle.
- ¿Algún día me lo contarás? -dice, en mí oído.
Giro la cabeza, sobresaltada, y lo encuentro, de nuevo, a cinco centímetros de distancia. Sonrío y corto la distancia, poco a poco por su cuello, hasta estar al lado de su oreja.
- Algún día -susurro, de la forma más agradable que se me ocurre.
Es cierto, algún día tendré que admitir lo que siento por él. Pero no el mismo día en que le he conocido, eso seguro.
Le aprieto el antebrazo un poquito y veo como se le erizan todos y cada uno de los pelos. Me regala media sonrisa, bobalicona (cosa que me encanta), y, cómo ya he asegurado que pasa y me pasará, me la pega. Así que yo también tengo esa sonrisa bobalicona.
- Algo, espero, despierte vuestro grato interés -dice Plutarch, con voz desinteresadamente reprochante-, es el “Baile de bienvenida”. Es el tema de siempre, pero parece ser que os interesa más que la apertura del curso… -en este mismo instante, cincuenta alumnos resoplan a la vez- Bien, entendido -suspira él-. Se celebrará a finales de esta misma semana, y como ya sabréis, la indumentaria será de etiqueta. No es obligatorio, pero está implícito. El director es… -se corta, frunciendo los labios- Esto… -se rasca la cabeza, haciendo memoria- chicas con vestido, chicos con traje, y… bueno, si es en parejas o no, es cosa vuestra. Las entradas están a la venta en Secretaria -¡qué suerte poder ver a Effie de nuevo! ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho mal?-. Buena suerte con las parejas y -suena el timbre-. Bueno, parece que eso es todo.
Arrastro la silla y me levanto en un movimiento reflejo. Todos me imitan, pero se apresuran a salir por la puerta antes de que yo vuelva a la realidad.
El “Baile de bienvenida”. Definitivamente no iré. Sin pareja, cosa que no tendré, no estoy dispuesta a ir. Es patético, humillante… y que, bueno, en realidad, lo paso mejor leyendo un libro, escuchando música, incluso haciendo rabiar a Buttercup y jugar al “Gato loco”, qué bailar con adolescentes hormonados, contacto físico excesivo y, por supuesto, alcohol de contrabando en el ponche.
- ¿Tienes pareja para el baile? -dice Delly. Glorioso habría sido que lo hubiese dicho Peeta.
- Eh, no -contesto, saliendo de mi atontamiento- ¿Por?
- Tranquila, no era por ver si tenía posibilidades -me guiña un ojo, y las dos empezamos a reír.
Madge se acerca, removida.
- Dios, que dilema, eh, ufff -dice apresuradamente-, tengo que comprar un vestido, comprar las entradas, elegir pareja…
- Como si eso fuera a ser un problema para ti -digo. Es cierto: es guapa, tiene dinero y tiene carácter; no le costará nada en absoluto.
Echamos a andar hacia la cafetería, y Peeta se coloca a mi lado.
- Pues sí, porque los mejores están cogidos, y de los que quedan, tú tienes al mejor rubio y… -le regalo un codazo antes de que diga “moreno”. Peeta suelta una risa nerviosa. Él es el rubio, y el camina mi lado y… yo acabo de aprender a relacionar conceptos. Vuelve Katniss, la chica en llamas- ¡Au! -se queja.
- Mantén la boca cerrada -le digo-. Yo no tengo a nadie -añado para mí.
Peeta cierra los puños fuertemente y yo me deprimo un poco más.

***


Me hundo, hasta el punto en el que cuando llegamos a la cafetería, no tengo hambre. Nos sentamos en una mesa y todo el mundo tiene una bandeja delante menos yo.
- ¿Seguro que no quieres nada? -insiste Gale.
- No, gracias -vuelvo a repetirle.
- Pero si eres tú la que le dijo…
- Que si no como ahora, puede que no vuelva a ver la comida luego. Sí, sí, lo sé, pero sigo sin tener hambre -me arrepiento por ser tan brusca, pero es parte de mi naturaleza, y aunque sé que a Gale no le afecta, porque la suya es aún peor, suavizo un poco las cosas-. Gracias, pero de verdad no me entra -pongo una mano en su brazo y paso las puntas de los dedos. Este gesto también es natural, muy natural; no sé si debe preocuparme.
Gale… es Gale. Es muy especial para mí, ha estado ahí desde el principio, desde mi segundo principio, cuando me mudé a Naples.
Yo vivía, en realidad, toda mi pequeña familia vivía en Pensilvania, un lugar al este de los Estados Unidos, donde siempre hacía sol y estar bajo cero era como un mito. Vivir allí era… agradable. Era una ciudad bonita, donde caminabas por la calle y no conocías a toda la familia de todos y cada uno de los viandantes. La brisa era templada, el sol siempre resplandecía y las nubes eran blancas y parecían esponjosas, como si alguien las hubiera colocado allí con sumo cuidado. Había muchos parques con estanques, patos, parejas de picnic (en manga corta, sin anoraks), y todas esas cosas típicas y bonitas que hacen a una sonreír de camino al colegio, o al estudio de ballet. Pero las cosas se torcieron, y el dinero empezó a faltar, hasta el punto en el que el ballet se fue al traste y yo no dirigía una palabra a mis padres. Después, todo fue a peor, y con una Prim de cuatro años, nos mudamos a Naples, una pequeña ciudad al norte de los Estados Unidos, prácticamente a los pies de los Apalaches. Era una mala pero que muy mala perspectiva para mí mudarme a la otra punta del país con nueve años. Ese era el destino de papá; las minas de carbón de los Apalaches. Pero yo tenía otros planes; yo quería bailar, yo quería seguir viendo a mi amiga la Muda. Era y es una chica pelirroja, de piel clara y ojos redondos. La dejé atrás, con mi anterior vida. A la pobre la llamaban la Muda porque, básicamente era muda, peo es un apodo muy cruel. Me daba pena, así que poco a poco me hice su amiga. Nunca me dijo su nombre, quiero decir, describió o escribió, pero la consideré mi amiga, igual que ella a mí la suya.
Llegué aquí, y el sol ya no brillaba, no podía exponer mi piel, y nadie me dirigía la palabra, pero no como la Muda, sino de forma en que me hacían el vacío. El ballet no volvió por falta de fondos, y nuestra casa, que era normalita, fue sustituida por una cabaña maltrecha alzada a los pies de la frontera con el bosque. Eso era lo único que con el tiempo, se convirtió en algo bueno de este lugar. El bosque era mi guarida, llena de ruidos salvajes y elegantes, donde se respiraba la paz e ese aire helado, la soledad, la vida y la frescura. Mi padre introdujo el arco en mi rutia, y yo sustituí las ganas de hacer un relevé por apuntar a una ardilla que, después de mucho practicar, conseguí derribar. Al cabo de un tiempo me convertí en un depredador más, y, como el dinero siguió escaseando y mis padres no daban abasto, las presas que cazaba las llevaba a casa y servían de cena. Mi madre se quejó al principio pero luego se dio cuenta de qué era carne fresca, en realidad muy buena, que utilizaríamos sí o sí. Ahora soy más que mortal con el arco.
Luego mi padre me llevó al lago, y poco después yo encontré la pradera; me empezó a gustar el sitio.
- ¿Mal día? -me pregunta Gale.
- Algo así -respondo, apartando desinteresadamente la mano. La dejo caer sobre mi rodilla.
- Necesito ir de compras, para elegir el vestido del baile -dice Madge mientras muerde un trozo de pizza.
- Ohh, no, por favor… -susurro. Gale empieza a sonreír, y yo le fulmino con la mirada.
- Katniss, tienes que acompañarme -declara Madge.
- Oh, no -le espeto.
- Oh, si -me espeta. ¿Por qué demonios esta chica es tan difícil?
- No necesito ningún vestido -digo.
- ¿Piensas ir con vaqueros al baile? -dice ella sarcástica, arqueando las cejas. En realidad, ya sabe mi respuesta, como todos los años. Alguna vez ha conseguido arrastrarme, pero la mayoría gano yo.
- Simplemente no pienso ir -gruño. Delly arquea las cejas.
- Claro que vas -dice Madge. Vuelve a morder su pizza, y cuando el queso se convierte en un tobogán interminable entre sus dientes y la masa, mis tripas empiezan a rugir.
- Voy a por algo de comer -pellizco fuertemente a Gale antes de que suelte la primera carcajada. Creo que Peeta le susurra algo a Delly, aunque no estoy segura.
Me levanto sin esperar respuestas y me dirijo a la cola, con mis fuertes pasos resonando, como si quisiera hacer un boquete en el suelo con cada paso.
- ¡Katniss! ¡Espera! -grita Delly.
Me vuelvo, y la veo corriendo hacia mí. He avanzado más rápido de lo que creía y ya he cruzado media cafetería.
Me quedo plantada ahí en medio, esperando. Odio esto, porque media cafetería me mira, no sé porque. Debe ser que tengo monos en la cara.
- Gracias por esperar -dice Delly a dos pasos, sonriendo. Con ella no puedo ser borde.
- No es nada -empezamos a caminar de nuevo- ¿me has seguido gracias a la senda de destrucción?
- Oh sí, he podido ver la sala de calderas por cada agujero que has hecho -empieza a reír, y aunque no crea que tiene mucha gracia, la imito. Es menos de lo que merece.
Llegamos a las bandejas. La cola avanza bastante fluida, así que directamente cojo una y doy los primeros pasos, para quedar frente a la fruta, colocada sobre hielo.
- No es que quiera ser borde, ni cotilla, ni meterme donde no me llaman, pero… ¿Por qué no vas al baile? -dice Delly, mientras alarga la mano para coger una reluciente manzana roja.
- Tranquila, no pasa nada. Es que… bueno, no tengo con quién ir -paso de la fruta hoy. Paramos frente a cientos de pastelitos de colores, chocolate caliente y galletitas amontonadas.
- ¿Es sólo eso? Nada… ¿nada más? -dice.
- ¿Qué creías? -se encoge de hombros. Elijo una tierna magdalena de limón glaseada con un aspecto delicioso; se me hace la boca agua- No, no tengo ningún trauma ni nada por el estilo con los bailes. Es que -paramos frente a las bebidas. Decenas de botellas frescas con cristalina agua embotellada, refrescos coloridos y burbujeantes, y zumos fluidos y dichosos- simplemente creo que si voy, es para ir con alguien, ilusionada. No para malgastar mi tiempo bailando sola -Delly coge una botella de agua con gas-, con un incómodo vestido que ni siquiera le va a alegrar la vista a alguien que me importe, y aguantando la continua burla de Glimmer, Clove, y todas las estúpidas animadoras repipis que bailen con unos enormes cabeza-huecas y se regodeen por ello -cojo aire, aprieto una botella de agua fresca y busco unas monedas en mi bolsillo trasero.
- Invito yo -dice Delly, depositando un billete de cinco en el mostrador.
- Gracias -digo. Caminamos de regreso a la mesa con las bandejas.
- No hay de qué. Entonces, ¿estás segura de que no tienes ningún trauma? -suelto una carcajada, pero esta vez de verdad.
- Eso creo, aunque aún está por aclarar -respondo, sonriente.
- Y, de verdad, ¿qué piensas sobre Peeta? -deja caer.
- ¿Cómo que qué pienso sobre Peeta?
- Eso -dice bajito, colorada.
- La verdad, me cae muy bien; y no soy de las que hacen amigos todos los días. En realidad, ninguno -suelta una risita-. Es genial -acabo. «Katniss, ¡¿sólo se te ocurría ‘genial’?! Eso ya no lo usa ni Prim» Al menos, no has dicho que te parece… ahhh. Eso, me parece realmente ahhh. «Estúpida enamorada»- ¿Por?
- No, nada.
- Delly…
- Es sólo por saberlo, ya sabes, os he presentado yo, y a él le caes muy bien, y no quería meter la pata con vosotros, y… -está muy nerviosa.
- Delly, respira -le digo, parando. Inspiro e inspiro exageradamente para que me imite, y así hace.
Retomamos la marcha, a cinco metros de la mesa.
- ¿Qué…? -trago saliva- ¿Qué querías decir con que no querías meter la pata con nosotros?
Llegamos a la mesa y por esas se salva.
- Katniss, -dice Gale serio- ¿seguro que podrás con todo eso? -levanta una ceja, señalando a mi solitaria magdalena.
- Ja, ja, ja -le espeto mientras me siento-. Creo que podré con ella -y acto seguido le doy un mordisco. Mmmmmm, Dios, que bien sienta un poco de azúcar. Me siento mejor, contenta incluso, aunque el no haber cruzado una palabra con Peeta en todo el almuerzo me pesa.
- Entonces, Katniss, ¿qué tarde te viene bien ir a Capitol’s? -deja caer Madge. Capitol’s es una tienda muy pija, extravagante, popular y, por qué no decirlo, extremadamente cara. Necesitaría pedir un préstamo para comprar tan solo medio tacón.
- ¿Ninguna? -digo yo, casi suplicando. Bebo un poco de agua.
Cuando me inclino veo a Peeta de reojo, que está un poco chafado. Mira su chocolate fijamente, mientras lo remueve con un trozo de panecillo.
- Creo que mañana tengo la tarde libre -dice ella.
- Madge, sabes que no puedo permitírmelo -digo bajando a una octava, mirando lo que queda de magdalena. El glaseado reluce bajo los fluorescentes.
- Yo… -empieza. «Puedo comprártelo» seguiría diciendo.
- No quiero caridad, no quiero ser la aprovechada, ni nadie de quién os tengáis que compadecer -digo brusca.
Peeta, Madge, Delly y Gale. Todos, me miran a mí, mientras me muerdo otra vez el interior de las mejillas, reabriendo las heridas. Mi mirada se posa sobre ese glaseado hipnotizador, reteniendo las lágrimas.
- Está bien -dice Madge con voz ahogada-. Pues simplemente acompáñame -es un truco muy viejo.


Me levanto de golpe y salgo de allí como alma que lleva el diablo, directa al rincón dónde Peeta me ha consolado antes, porque es lo único que realmente tengo de él. A llorar.



*********************

Esta es la dulce y buenaza de Delly ^^



Sé que es una actriz famosa, cosa que no me gusta porque prefiero que vosotros mismos imaginéis los personajes. Hey!!!! Ánimo con el concurso!!!! Chic@s, por favor, participad y mandad una imagen. Para el próximo capítulo espero conseguir la foto de Madge Undersee, y aún no he encontrado ninguna que coincida, así que cruzo los dedos y espero las vuestras ^^. Gracias ;))



viernes, 8 de noviembre de 2013

Capítulo 3: Eso opina mi corazón

El capítulo 3 ^^!!!!!! Está cargadito de, como ya dije, no sé expresar de otra manera, sentimiento. Aiiiii... es muy bonito, eso lo aseguro ;) Espero que os llegue al corazón ♥
Ups, casi se me olvida ^^. He decidido que al final de cada capítulo pondré la foto de un personaje, hasta que claro, no queden más por revelar :D. Siempre esperaré, si miráis en Concursos, la imagen de Katniss, o cualquier personaje de la historia. Gracias ;))


Capítulo 3: Eso opina mi corazón

Silencio incómodo. Tacones aproximándose. Katniss calmándose.
¿Por qué demonios Effie Trinket ha tenido que decir que era la novia de Peeta, su chica? Con lo bien que va nuestra relación, era lo que faltaba.
- Muy bien, aquí tenéis -dice Effie, asomando tres hojas por el mostrador-. Y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte.
Vale, ahora puedo confirmar que esta mujer está como una cabra.
Peeta las recoge y, tras echar un vistazo rápido, extiende una hacia mí. La cojo y, sin aguantar, la miro.
- ¿Todo bien? -pregunta Effie.
- Ehhh… -empiezo, pero me retracto. No será muy divertido ni fácil, nada fácil, pero Matemáticas avanzadas=más nota. Todo sea por esa beca
- ¿Algún problema? -la voz de Effie realmente me irrita.
- ¿Ballet? -suelto. ¿Existe esa clase? Oh, gracias, a quien quiera que haya ahí arriba. Supongo que el departamento de educación.
- Sí -dice Effie- es un nuevo programa. Sustituirá a Educación Física -bueno, parece que al menos sabe hacer su trabajo. Hace unos segundos, lo dudaba mucho-. Se adapta a vosotros. Deduzco que anteriormente habrás bailado ballet -inclina la cabeza, esperando mi respuesta.
Agrandaré su ego.
- Sí -como suponía, sonríe satisfecha.
Claro que sí, Effie Trinket tenía que tocar todos y cada uno de los aspectos de la poco y pésima relación que tengo con Peeta. ¿Amor?, ¿ballet? ¡Amor y ballet! No sabía que eran los temas más solicitados por los chicos adolescentes en un pequeño y frío pueblo de montaña. Ah, claro, ¡qué no lo son! Effie tiene un talento especial, sí, ¡pero para sacarme de mis casillas!
Me armo de valor y miro de reojo a Peeta. No sé lo que veo, ¿dolor?, ¿nostalgia?, incluso me atrevo a decir ¿puro aburrimiento? No soy buena con estas cosas.
- Bien -prosigue Effie-, pues, como salida, ¿no crees que podrías conseguir una beca? -no espera una respuesta- Esa es la meta; un plan B -vale, adiós a su faceta profesional. Hola a su faceta cotilla-. La mayoría de chicos practicarán béisbol, básquet o fútbol americano. Las chicas prefieren algo menos… -arruga la nariz- sudoroso y maloliente -ahora es Peeta el que arruga la nariz. Él es el capitán del equipo de lucha libre, y huele realmente bien. Bueno, lo último lo digo yo. Y la verdad, cuando salgo, mis puntas pueden tener restos de sangre (proveniente de mis dedos, machacados), y yo no huelo bien, para nada. No soy lo que se dice una musa, siquiera una chica que tiene un olor neutro.
A Peeta debe de haberle molestado muchísimo; me ha molestado hasta a mí. Frunce el ceño, y su frente se arruga. Yo le imito, porque si esta es su forma de decir “Cállate, me molesta”, no es la que usa conmigo. Y eso es otra encrucijada.
- Como el ballet, español, contemporáneo… -prosigue Effie- cosas más delicadas, de mujeres -aprieto tanto los dientes que temo, en cualquier momento se puedan partir.
Si ella acarreara tantas responsabilidades como yo, y fuera la mitad de inteligente que una rata galga, quizás, y sólo quizás, dejaría de soltar comentarios megalómanos e insultantes directos al corazón, como la punta de una flecha mojada en veneno, para gente que no es un dios, o asquerosamente rica, o que no combina el color de sus labios con el de sus uñas, o que… simplemente deja vivir al resto. Y dejaría de creer que ella es una maldita divina perfecta ¡Si viviera un solo día lo que vivo yo!
- Entonces, ningún problema -dice, sintiendo como no lo deja salir interrogante.
- No -sentencio. No me molesto siquiera en enmascarar el enfado de mi voz. Lo merece.
- Ninguno -dice Peeta, imitando, lo que probablemente sea lo más parecido a ‘tono amable’ que tiene en su repertorio. Sigue teniendo más autocontrol que yo.
Nos mira, con cara de espanto, y yo lanzo una mirada, que podría matar. Peeta tira de la manga de mi abrigo y mi expresión se dulcifica, aunque…
- Adiós -…mi voz sigue destilando odio.
Salimos, y nuestros pasos resuenan en la habitación (más los de Peeta que los míos), hasta que el barullo del pasillo principal los eclipsa.
Caminamos, y esta vez conseguimos avanzar uno al lado del otro, y no en fila india.
De normal, cuando la gente chafa los cordones de los zapatos, son los suyos, no los de la chica pensativa que camina en dirección contraria. Pero, claro, no sería yo si no me pasara. Que sería mi vida si no me pasara todo lo posible, aunque remoto. Aburrida… ¡no! Sería normal, pero como ya he dicho, no sería la mía.
Así que, una chica pisa los cordones de mis botas. Yo pierdo el equilibrio y caigo de culo. La chica pasa de largo, y me quedo sola en caída libre. Que amable por su parte. Yo al menos me habría quedado para disculparme, en vez de escabullirme, o ignorar su completa existencia.
Paso de mirar la capucha del que tenía delante, a mirar el pálido techo, con humedades incluidas, en menos de un segundo. Luego, sus ojos azules.
Ese rostro pálido, con sus pestañas interminables, sus facciones perfectas, y sus mechones de pelo rubio enmarcándolo, son todo lo que alcanzo a ver, antes de notar que el suelo no me golpea, y solo los talones rozan suavemente el suelo, mientras mi cuerpo se suspende en el aire, pendiendo de sus brazos; de él. Su pecho sube y baja lentamente, pero sus ojos bailan nerviosos, a veinte centímetros de los míos, que, por milagro divino, relucen pero no tiemblan. Solo miran los suyos, envolviéndonos en una burbuja, y excluyendo al resto del mundo fuera, sin merecer una pizca de mi atención, porque se la lleva él.
Nuestros cuerpos están relajados, y nos miramos a los ojos (imposible no mirar sus ojos azules), expandiendo nuestra burbuja; hasta que explota.
Sus brazos se tensan, aunque su rostro sigue igual de relajado y no aparta la mirada. Me sube a una altura en la que yo misma podría estabilizarme y ponerme en pie, pero no me rindo fácilmente. Paso mis brazos alrededor del su cuello sin pensar, mientras sus ojos se agrandan, y rezo para que pueda volver atrás y no cometer semejante estupidez.
«Vamos a ver, Katniss, ¡¿en qué puñetas pensabas?! Te odia. ¡¿Por qué demonios lo has hecho?! No lo sabes. Lo peor, estúpida, es que, como no tienes que dar tu vida por tu familia, para que a Prim no le falte de nada, ni tu madre caiga en depresión, coges y te enamoras. Pero eso no es lo mejor, lo mejor es que el chico, te odia. Sí, tú, una chica que solo tiene corazón para Prim, papá y mamá, y cierra sus puertas a todo el mundo restante, con, resumiendo, una patata podrida en vez de sentimientos y corazón, ama a Peeta Mellark, el chico que cree que eres un ser desagradecido o cobarde, en el mejor de los casos.»
«Pero todo eso no es raro, porque eres tú. Si hay una posibilidad remota, y las consecuencias son nefastas, te tiene que pasar a ti. Sino, no pasa.»
Aprieto el cuello de su chaqueta con las puntas de los dedos, antes de apartar repentinamente los brazos sin estabilizarme antes. Hago amago de caerme, pero mi lado cazador sale y me estabilizo utilizando mi entrenamiento.
- Gracias -murmuro, reprimiendo las lágrimas. Me vuelvo, dándole la espalda, porque las comisuras de mis labios bailan, arriba y abajo. Perfecto, como me vea creerá que soy una desagradecida, cobarde… y llorica. Ojalá llorara por la posibilidad de haber caído, como una niña pequeña. Bueno, llorar por amor, un amor que yo ignoraba, y enmascaraba con curiosidad y deseo de soltar un simple ‘gracias’, también me hace parecer una niña inmadura. Debería haberme acostumbrado ya a no tener suerte, a no ser feliz, a no ser querida, y punto. Su corazón no es mío, aunque el mío sea, en su totalidad, suyo. Maldita seas Katniss.
- ¿Katniss? -dice Peeta por encima del alboroto, agarrando la parte superior de mi brazo derecho- ¿Estás bien? -tira de él para girarme. Si yo me encontrara con una chica llorosa de sopetón, también enarcaría las cejas y apretaría los labios; pero no la abrazaría, como hace él en este preciso instante.
Empiezo a soltarlo todo sobre su hombro, mientras nos conduce a los baños, o cualquier parte alejada del montón de alumnos que empieza mirarme. ¿Por qué me ayuda? ¿Por qué me abraza? ¿Por qué me odia? ¿Por qué siento que en realidad no lo hace (odiarme, despreciarme, y escupirme en sus mejores sueños)? ¿Por qué mi instinto lo apoya? ¿Por qué mi cabeza es la única que rebate esa posibilidad? Necesito creer en algo, saber algo, o al menos sospechar algo.
Pero lo dicho; lo que no me pase a mí, lo malo, para ser exactos, no pasa.
Nos detiene en un pasillo apartado, solamente con nosotros y el eco del vocerío que arman los alumnos.
Despego la cara de su camiseta, y abro los ojos.
- No tengo explicación -farfullo, secándome las lágrimas, mientras doy un paso, alejándome de él.
- No te creo -dice, sin dejarme ir. Pasa su brazo por mi cintura. Sonreiría, si él no tuviera esa expresión de querer atravesar mi cerebro para saber lo que pienso.
- No te conozco -susurro, levantando la mirada. Mi flequillo casi roza su frente, y mis ojos se fijan en los suyos.
- Deja que eso cambie -susurra. Su aliento acaricia mi barbilla y cuello, provocándome un cálido cosquilleo.
- No tienes por qué hacerlo -susurro, insistiendo. Me duele admitirlo, pero de alguna forma tengo que hacerle saber que le recuerdo, que recuerdo lo que hizo como si fuera ayer, y que se lo agradezco. Que nunca lo he olvidado.
- Lo sé -dice serio. Su brazo se tensa, y veo como aprieta la mandíbula-, pero no me importa -sus ojos se fijan en los míos, inexorables. Brillan, y me recuerdan a mi lago.
- Entonces ¿por qué lo haces? -hago  una pausa, tragando saliva. Ahí va:- ¿por qué lo hiciste? -levanto la mirada, y nuestro aliento se entremezcla.
Estoy a la insospechada distancia de cinco centímetros de chocar su frente con la mía, mientras mi flequillo le hace cosquillas en la frente y la punta de mi trenza acaricia su hombro izquierdo cada vez que cojo aire, que son bastantes, ya que mi pulso está disparado, como mis nervios.
- ¿Hice qué?
Me aparto, dando un corto pero suficiente paso atrás. Me deshago de su abrazo, lágrimas amenazando de nuevo por salir. Esto duele demasiado. Ni se acuerda. Yo soy insignificante. Esa niña rubita, menuda y miedica, llorosa detrás de su abrigo, que siquiera rellenaba por completo. Era insignificante, no es extraño que no se acuerde. Pero doler, duele igual.
- Nada -digo con un hilo de voz.
Me enderezo e intento sacar la Katniss que de verdad soy, la solitaria, la mansa, la perfeccionista, la letal… la Katniss, en definitiva, que se cuida solita, y que no llora en el hombro de los chicos, porque aprendió estos hacen más daño que cualquier cosa en el mundo. En realidad, una vez leí que, en una encuesta, la mayoría de votantes habían calificado romper con su primer amor como la cosa más dolorosa, seguida de la pérdida de un familiar. Después, se supone que romper con tu pareja se hace más llevadero, y no acabarás llorando en un rincón de tu habitación; la Katniss real no lo haría, ni lo hará.
- A mí esto no me parece nada -dice Peeta, dando un cuidadoso paso hacia mí, como si fuera un animal rabioso que echara espuma por la boca y no hubiera comido en semanas. La penosa comparación hace que me den ganas de sonreír, ya que con las lágrimas pintando mi cara (hinchada y roja) de lápiz negro, y mi aspecto general, a parte de mi gran comportamiento amigable-fantástico, no debo diferenciarme tanto de ese animal salvaje. Prefiero pensar que sigo siendo el sinsajo.
- ¿Qué he dicho? -dice Peeta, con una sonrisa en la cara. Eso me alienta y me convence para que al fin saque una pequeñita yo también.
- ¿Por? -digo, más recuperada.
- Estás sonriendo -dice, poniendo una mano sobre mi mejilla derecha.
Me paralizo. Su palma es caliente y suave, y rezo por qué ojalá nunca se vaya… y que ojalá nunca me hubiera tocado. A parte de mi repulsión al contacto físico con gente a la que no conozco, ya que realmente no le conozco, cosa que me entristece un poco más, si es posible, es qué, ¿cómo voy a alejarme de él, si me hace esto? Esto, qué mi corazón supere su límite, un corazón fuertemente adiestrado que se controla con maestría en una partida de caza. Esto, qué note la sangre bombear en mis oídos. Esto, qué, demonios, solo pueda pensar en él, en lo supremamente maravilloso que es él. Esto, qué sonría cuando sus labios curven una sonrisa, cómo cuando Prim llora cuando lo hago yo, sin tan siquiera saber el motivo.
Diantres, ¡¿Cómo?!
Parece que capta mi estado gólem-de-hielo-catatónico y lo relaciona sabiamente al roce de su mano. La mira como si él no hubiese decidido ponerla ahí, como si fuera la primera vez que se mira la mano en meses, en su entera vida diría yo. La aparta suavemente, dejando unos dos pasos entre nosotros. Estoy a puntito de pensar que a mí me parecen dos quilómetros, pero entonces sale la Katniss real, coge a la que no lo es en volandas, la ata a una silla, y tira esta por las escaleras de un torreón, sonriendo por el hecho, y pensando en cuando podrá salir unas horas de caza.
- Hormonas -suelto. «Katniss, te aplaudo» me digo. En el fondo de mi cerebro alguien me dice que no me tendrían que haber dejado pasar de curso, y otro que merezco el nobel a la inteligencia suprema, claro está, los únicos nominados éramos el zarrapastroso gato de Prim, Buttercup, y yo. Menos mal que decidieron darme el premio. Parpadeo nerviosamente y me retiran el trofeo.
- Katniss, no te dediques a las cartas, porque perderás hasta la camisa -me dice Peeta, sonriendo burlón.
- Cree lo que quieras, o si no, son problemas míos -refunfuño, picada.
- Muy bien, lo pillo -dice, poniendo cara de inocente, estirando sus brazos hasta ponerlos como protección; suelto una risita tonta, pues parece ser que la Katniss que no es real, repito, no es real, se ha liberado de algún modo, hasta que la real le da un hincapié y vuelve a rodar escaleras abajo. Suspiro y pongo el semblante serio, aunque quede algún resquicio de felicidad en mis labios, ligeramente curvados-. Entonces -sonríe, y me estremezco. Estoy segura al cien por cien de qué la única palabra que ocupa su cerebro es Vendetta- la próxima vez ven hasta aquí para calmarte tú solita, consuélate tú sola…
- Duerme tranquilo, te aseguro que lo haré -digo sacudiéndome, poniendo la mochila recta sobre la espalda-. Pero no habrá próxima vez -ahí está la Katniss real, la Katniss que tengo que mostrar. Definitivamente la otra no ha sobrevivido a su última paliza, al menos, en los próximos cinco minutos. Estoy segura de que tiene siete vidas, pero sueño y me obligo a pensar «No. No volverá» aunque sé que me miento.
«Katniss, te aplaudo» pienso, pero esta vez de verdad.
- Eso espero -dice. Coloca un mechón suelto de mi trenza tras mi oreja de forma natural, automática diría yo, y empezamos a caminar. Lo raro es qué no se me han subido los colores. De normal, estaría roja, como las brasas de carbón que quemamos en casa, o las llamas. Katniss, la chica en llamas. De normal sería así, pero con él, lo encuentro natural. Ese gesto, está bien, lo anhelo, y deseo con toda mi alma que lo repita, que ojalá lo repitiese cada maltrecho día y cada dorada mañana, pero me resulta cómodo y satisfactorio, como bañarme en las heladas aguas de mi sagrado, adorado, y bendito lago.
Todo está en silencio. Bueno, el alboroto por parte de los alumnos de siempre se muestra presente, pero yo me encuentro en una burbuja, y nos abarco a los dos. Solo oigo nuestros pasos resonar en el pasillo, y crear un eco relajante. Algo extraño e irreal, pero fantástico.
Hasta que los altavoces la hacen estallar y me golpea en la cara.
- Buenos días -dice la suave, potente y mortal, en resumen, estremecedora y profesionalmente controlada, voz del director Coronalius Snow-. Espero que hayan pasado un buen verano, y que sobrevivan este nuevo curso, y, especialmente, para los alumnos del último curso: ganen la batalla final. El primer anuncio lo dedicaré a nuestro amado “Baile de bienvenida”. Por favor, vengan arreglados caballeros, y elegantes señoritas. Sin más dilación -subimos las escaleras del primer piso para llegar a clase-, ¡Damas y caballeros, que empiece el septuagésimo cuarto curso escolar, en la historia de este centro! Que la suerte este siempre, siempre de vuestra parte -esa qué es, ¿la nueva escalofriante frase de moda?-. Aprueben los exámenes, y que nadie les pase por encima -se escucha una tos, algo asquerosamente líquido borbotar y, tras un pequeño pitido por parte de los altavoces, el silencio llena el instituto. Levanto la mirada, miro a Peeta, que me miraba a mí, y arqueo las cejas a modo de pregunta. Menea la cabeza a modo de respuesta. Me rindo y seguimos caminando, hasta que choco contra la gran espalda de alguien. Deja vù.
Peeta me coge por los hombros, se me pega a la espalda e inclina la cabeza. Me sonríe por encima del hombro. Le devuelvo la sonrisa, le saco la lengua y tiro de sus brazos. Mientras nos abrazamos y reímos, me tira de la trenza y nos tambaleamos en precario peligro, a la vez (adoro la parte en que me abraza), el chico con el que había chocado se gira.

Gale.



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Esta es, nuestra queridísima, Effie Trinket ^^






domingo, 3 de noviembre de 2013

Capítulo 2: Hace años, aquel día lluvioso

Siento el retraso, pero no es culpa mía, ha sido la batería del portátil... pero ya está solucionado, y por fin puedo publicar el segundo capítulo ^^. Aviso, de qué el tercero será... bufff... una explosión de sentimientos, por así decirlo, y este, el primer hola entre Katniss y Peeta. Aiiii que emoción... ;))


Capítulo 2: Hace años, un día lluvioso

Levanto la mirada y trago la bilis. Me arde la garganta, y la cabeza me da vueltas por culpa de esos ojos azules, pero sonrío al ver a Gale. Y tanto que se puede cambiar en dos meses.

Gale ya era guapo antes, de hecho varias chicas van detrás de él y se nota que lo desean, pero ahora… Su pelo castaño es precioso, perfecto, brillante, y ese nuevo corte no le queda nada mal. Es alto, aunque se podría ver desde el suelo el destello de sus ojos oliva. Además, tiene bastante músculo, pero para nada en exceso, más bien está delgado y en forma; como yo.

Corro a sus brazos. «Como he hecho con Madge», me repito «No es nada especial». Espero que él también piense así.
Llego y me aprieta, mientras reímos. Me eleva y empieza a dar vueltas, mientras yo me mareo y pataleo en el aire. Huele a naranjas y cuero, como siempre. Me resulta tan familiar y agradable… no lo soltaría nunca.
- Te he echado de menos -dice entre risas.
- Y yo -digo, con mi voz ahogada por su chaqueta.
Me deja en el suelo, pero no antes de que vea un destello rubio y azul sobre su hombro. Tarde. Gale empieza a hablarme, pero yo solo le sonrío a la nada y lo busco con la mirada. Busco esos ojos azules que me hipnotizan, como ahora mismo, y con razón.
- ¿Eh? A que sí -dice Gale. No atiendo.
No lo encuentro, por mucho que busco no… si pudiera zafarme de este brazo que… este brazo es de Gale, un Gale con el ceño fruncido.
- ¿Qué? -digo inocente, con un hilo de voz.
- Ya veo como me has echado de menos…
- ¡Sí te he echado de menos! -replico. Ahora soy yo la que frunzo el ceño.
- ¡Vale ya chicos! -dice Madge. Se pasa una mano por la frente y suspira- Es el primer día, y ya estáis discutiendo como hermanos.
- Somos como hermanos -digo yo rápida. Esa ha sido buena.
- No tanto -dice Gale. ¿Qué? ¿Cómo?
- Claro que sí -por favor, di que sí… No contesta, sólo menea la cabeza ¿eso qué significa?
Localizo un destello azul detrás de un abrigo negro, el abrigo de Delly Cartwright. Es rechoncha, y rubia, aunque sus ojos no son azules sino de un color entre el marrón y el naranja. Esa chica es un cielo. Un cielo, que puede ser mi excusa.
- Voy un momento a saludar, ahora vuelvo -digo rápidamente.
No les da tiempo a replicar, porque yo ya estoy luchando contra la marea de alumnos abrigados hasta los topes que ocupan, como la gran masa uniforme que son, toda la calle.
- Paso… lo siento… cuidado… -voy diciendo a cualquiera que empuje para conseguir pasar.
Llego hasta Delly.
- Hola Delly -digo, antes de que se gire y vea que hablaba con alguien. «Muy bien, Katniss, muy educada». Entonces lo veo.
- ¡Ahh, hola Katniss! -dice, súper alegre, mientras yo me quedo como una estatua. Me da un fuerte abrazo-. Uy, que mal educada soy, este es Peeta, Peeta Mellark -dice con una sonrisa, abriendo un pasillo entre nosotros dos con su mano, señalándole. Esos ojos azules me miran. Su rostro vuelve a estar tenso ¿Es por qué no le di las gracias por aquello? Debería haberlo hecho, pero nunca era el momento adecuado, o no me lo parecía. Siempre estaba con alguno de sus amigos, o… ¡simplemente no era el momento! ¿Por eso me lanza a veces miradas furtivas en el patio? Cuando nuestros ojos se encuentran, los dos apartamos la mirada segundos después, avergonzados.
Pero ahora no aparta la mirada. Solo me tiende la mano. Yo la miro, como si fuera a morderme. ¿Por qué? No lo sé. Me he imaginado este momento cientos de veces. Ahora me parece otro sueño más, que se esfumará, y en un segundo abriré los ojos, tumbada en mi cama, con Atlas sonando a través de los auriculares. Estaré de nuevo en casa. Pero de momento, sigue ahí, tan cerca como aquella vez…
Parpadeo y la estrecho, con una sonrisa, como si no lo conociera; como si no pensara todas las noches en el porqué de lo que hizo.
Su mano es cálida y consistente, como las hogazas de pan que hornea para su padre. Su familia tiene una panadería-pastelería en una calle del centro del pueblo, en la plaza.
Me mira a los ojos y me aprieta la mano, como para darme ánimos, aunque quizá no sea más que un espasmo nervioso. ¿Por qué debería darme ánimos? ¿Sería una muestra de afecto?
- Katniss Everdeen -digo con un hilo de voz. No, no quiero que le pase lo que pasó con Gale. Me presenté de una forma tan tímida y susurrante, que entendió Catnip, como la menta de gato, en vez de Katniss, como la saeta de agua. Mi madre es farmacéutica (también enfermera), y conoce todas y cada una de las plantas que crecen por aquí, y más allá. Por eso mi nombre y el de Prim, Prímula, la florecilla que crece alegre; tengo una maceta en mi ventana.
- Encantado, Katniss -dice, con una sonrisa. Pues sí se sabe mi nombre.
Abren las puertas del instituto.
- ¿Nos acompañas? -dice Delly con brillo en sus ojos. Ella es muy simpática, afable, buena, dulce, pero… ¿tanto me quiere?
Echo una mirada atrás y puedo ver que Gale y Madge hablan animadamente, así que creo que no me echarán de menos media hora.
Peeta sonríe. Bueno, al menos no demuestra su desprecio hacia mí con esa expresión de tensión, como cada vez que me ve. Me muestra su estupenda sonrisa, con esos blancos y perfectos dientes, asomando sobre sus finos labios. Es de hombros anchos, por llevar las bandejas cargadas de pan en el horno, y eso también hace que sea bastante musculoso. Su pelo es tan rubio como el de mi madre, Prim, Madge y Delly; incluso más.
En esta zona hay dos tipos de personas según el físico; la gente rubia, de ojos azules y pálida, o, la gente de piel aceitunada, con ojos grises y cabello castaño oscuro. Prim es de las primeras, y yo, color miel de cabello, piel clara y ojos grises… una mezcla entre mi padre y mi madre; algo anormal aquí. Soy única, como el sinsajo; mestiza.
- Claro -digo, alentada por la nueva sonrisa de Peeta.
Caminamos entre la gente, yo detrás de Peeta, pegada a su espalda por culpa del espacio reducido. O eso intento pensar. La verdad, es que Delly tampoco me deja mucho margen, así que me toca tener la nariz a dos centímetros de su espalda. Huele… a pan recién hecho y algo… no sé qué es ese algo, pero es de él. Su aroma.
- Vale -dice Peeta, girando-, yo tengo que ir a Secretaría, por el horario.
- Pues, de paso, podrías cogerme uno a mí. Si quieres -dice Delly. Esta Delly, siempre tan buena…
Ya sabía que van a la misma clase. Van al mismo curso que yo, y puede que compartamos alguna que otra clase suelta, pero no a todas, como ellos.
- Yo también tengo que ir a secretaria a por el mío -pienso en voz alta.
- Pues -dice Peeta en voz baja-, podemos ir juntos -¡Dios! Si no le gusto, si siente un tremendo rencor hacia mí, si me odia… ¡Que no diga de ir juntos! O, al menos, que disimule lo mala persona que le parezco en el tono de voz. Y lo que realmente me duele, es que a mí sí me gustaría ir con él.
- Sí -añado yo, con el mismo entusiasmo que él.
- Perfecto -dice Delly, con una de sus tremendas sonrisas-. Luego nos vemos Katniss -y me da un beso y un abrazo. Después se despide de Peeta y empieza a alejarse por el lado oeste de la marea humana.
Empezamos a caminar, sin dirigirnos la palabra. Mi brazo roza el suyo, y reprimo las ganas de dar otro pasito para que nuestras caderas se toquen también.
Ahora me siento mal. Vale, me salvó aquella vez...
La lluvia cae con más fuerza, haciendo que hunda mis bailarinas en el barro al correr. El chico más grande me agarra por el brazo, y sus dedos se hunden en mi piel, seguramente dejando marcas de recuerdo para después.
- Vamos, ¿por qué no quieres pasarlo bien conmigo? -su aliento es agrio. Me estampa contra la pared de un edificio bastante descuidado, y suelto un grito por el impacto.
- Suéltame -digo con voz de hierro, tirando inútilmente de mi brazo.
En realidad siento miedo, a parte del obvio asco hacia su persona. Lo que más miedo me da aún, son las pocas posibilidades que tengo de salir de aquí bien parada. Yo, una niña de once años, vestida con su mallot de ballet bajo su abrigo (acabo de salir de clase de ballet, y voy hacia casa), contra dos niños de trece, bastante grandes. Tampoco sé lo que ven en mí, no tengo pinta de querer divertirme con ellos un rato.
- Venga, bailarina, ¿te queda bien ese vestido? -dice el otro, deshaciendo el nudo del cinturón de la gabardina negra.
- ¡Para! -grito yo con voz aguda, dándole un manotazo a su antebrazo. De nuevo, inútilmente.
- Veamos… -dice el primero, abriendo poco a poco el abrigo, con las puntas de los dedos, delicadamente, no como hasta ahora.
Cierro los ojos, aprieto los dientes, y suelto un grito ahogado cuando noto su piel tocando la falda del vestido, y mi muslo izquierdo poco después.
Su mano se aparta, como si algo lo arrancara de mi lado, y oigo pasos desacompasados sobre el barro, chapoteando bajo las suelas de los zapatos.
Abro los ojos en un instante.
El más grande de los dos le pega un puñetazo al chico rubio, que la devuelve con fuerza. Me suena, creo… sí, lo he visto; le conozco. Peeta Mellark. Siempre consigue una buena clasificación en los combates de lucha libre del colegio, por detrás de su hermano, en el segundo puesto. Creo que su padre tiene un horno o algo así, en la plaza.
Siguen peleando unos minutos, que se me hacen eternos, mientras animo mentalmente al chico rubio. Mi salvador.
El chico más pequeño de los otros dos se va, abandonando a su suerte al más grande. Normal, no creerá que vale la pena llevarse un solo golpe por mí, una chica pequeña y delgaducha. Además, Peeta los da en puntos estratégicos, con una fuerza que no es comparable a la mía, y poco tiene que envidiar a la de un chico dos o tres años mayor.
- Vale -dice el otro, respirando forzosamente, e interponiendo sus manos entre los dos-, vale, toda tuya -escupe, y la sangre que derrama su labio se mezcla con el barro y el agua de lluvia-. No merece la pena -acaba, lazándome una mirada cargada de odio, y arrastrando sus pies, que se hunden en el lodo. Si ya lo decía yo.
Me quedo en el sitio, helada.
Mil pensamientos revolotean en mi cabeza, pero solo uno se hace notar. Peeta Mellark, me ha salvado.
Peeta se acerca, mientras dirijo mi mirada por el barro, nerviosa, hasta que encuentro un extraño diente de león, que no encaja entre lodo y malas hierbas.
Levanto la mirada y veo sus ojos azules. Después me fijo en el moratón que le adorna la mandíbula, resaltando el resto de su pálida piel, y en lo rojos que tiene los nudillos; sangre. Sus hombros están hundidos, calados por el agua. En realidad, yo también estoy empapada.
El pelo se me pega a la cara, mi boca está entreabierta, y tener el abrigo abierto no ayuda a retener el poco calor que me quedaba.
Peeta llega hasta mí. Vuelvo a anudar el cinturón de la gabardina negra, y lo miro con mis ojos grises.
- ¿Estás bien? -dice su cálida voz. A pesar de todo, me recorre una sensación de bienestar y calor al escucharla, y mirar sus ojos… no puedo compararlo con nada más.
- Gra… gra… -lo digo tan bajito, que ni yo misma me escucho; ni siquiera he movido los labios.
- Mejor ve a casa -añade, al ver que no respondo.
Asiento y, tras echarle una mirada significativa, que le transmite todo lo que siento y no he podido decirle, empiezo a caminar; él también.

… pero no tiene derecho a comportarse así conmigo porque sea tímida. Por eso mi corazón está partido en dos. Este chico me inspira ternura, confianza, cariño, calidez… pero luego su comportamiento tipo témpano de hielo, no me hace sentir muy cómoda que digamos. También me reconcome culpa. Quiero ser su amiga, o algo parecido, al menos conocerle, y… ¿y si esto es culpa mía? Seguro. Fui yo la que no pudo pronunciar un simple ‘Gracias’. ¿Tanto costaba? En mi defensa, estaba muerta de miedo, hambre y frío. Eso tiene que influir ¿no?
- Vas a segundo de bachiller, ¿no? -dice Peeta, mientras abre la puerta de Secretaria.
- Ssí -por Dios, Katniss, relájate-, con Gale Hawthorne y Madge Undersee -añado, aclarando mi voz.
Peeta abre la boca para decir algo, con el rostro tenso de nuevo (que raro ¿no?), pero una señora, delgada,subida a unos tacones de diez centímetros, muy maquillada y con una chapita en la que pone “Effie Trinket”, se apoya al otro lado de la ventanilla de Secretaria e interrumpe.
- ¿Queríais algo? -dice con su chillona voz.
- Eh, sí -dice Peeta, al ver que yo no contestaba y le miraba a él. Mientras tanto, me muero de vergüenza-. Venimos a por los horarios.
- ¿No vais al mismo curso?
- Sí -digo yo, para no parecer un avox-, pero no a la misma clase.
- Ya sabía yo que teníais la misma edad -arquea una ceja-, tengo mucho ojo -la ceja vuelve a su sitio-. Debe ser difícil no estar en la misma clase juntos. Pero bueno, ahora el sistema ha cambiado, y os gustará. Depende de la selección que hicisteis el año pasado, este año, todo el curso irá junto, pero no tendrá las mismas clases -no he escuchado nada, sigo dándole vueltas al ‘Debe ser difícil no estar en la misma clase juntos’-. Por ejemplo, podéis ir a clase de lengua con otros chicos que también la hayan elegido, mientras los demás van a Física o Matemáticas.
- ¿Perdón?
- Ya he dicho que tengo mucho ojo ¿no? -como seguimos sin entenderlo, mira a Peeta y dice- Sin tu chica -y guiña un ojo.
Me ruborizo hasta límites insospechados, mientras intento descifrar la expresión de Peeta.
-Lo siento, se ha equivocado -dice en voz baja.
- Sí -digo yo, fría.
- Bueno, todavía es pronto para decirlo. Ya he dicho que tengo buen ojo. Emmm -empieza a tamborilear con sus veinte recargadas uñas de colores el mostrador de mármol-, voy a por los horarios. ¿Nombres?
- Katniss Everdeen.
-Muy bien, Katniss Everdeen, en -empieza a teclear bajo el mostrador, en lo que supongo, será un ordenador-… el curso de segundo de bachiller.
- Sí -digo, de una forma inaudible.
- Y…
- Peeta Mellark, y también Delly Cartwright.
Repite el proceso.
- De acuerdo, ahora mismo se imprimen. El horario es algo muy importante, siempre hay que ser puntual -dice, de una forma muy seria.
Oigo el pitido de la impresora, se retira y la pierdo de vista.
Su chica. No creo que eso pase, sobre todo por el simple hecho de que Peeta Mellark me quiere matar, o lo haría si pudiera.