sábado, 15 de marzo de 2014

Capítulo 11: Un deseo peligroso

He acabado el capííííítuloooo 11!!! Aleluya!!!! Me ha costado después de tanto examen, pero creo que es muy... especial; profundo. También creo que transmite otro tipo de sensaciones, distintas, y compensa que sea un pelín más corto, aunque no mucho más ¿eh? ^^. Votad en la nueva encuesta de la izquierda para que pueda seguir escribiendo chic@s!! La pregunta es: ¿Con quién queréis que acabe Katniss? ¿Sois #teamGale, o #teamPeeta? Espero los resultados para poder decidirme, porqué yo misma no sé a quién elegir, y juro que siempre he sido #teamPeeta, pero... aixx, no sé, seguramente gane él, pero... aún me podéis hacer cambiar de parecer si la idea no os agrada. ¡Ya me contáis en los comentarios wapos@s! 
PD: ¡Katniss está tan confundida como yo!



Capítulo 11: Un deseo peligroso


- ¡Entrenador! -exclamo desde la entrada del gimnasio.
- ¿Qué… ¡Everdeen! Dichosos sean los ojos. ¿Qué haces aquí Katniss? -exclama él con una gran sonrisa.
- Llevo unos años aquí -digo, también con una sonrisa-. ¿Y usted?
- Varios traslados. He acabado aquí. El anterior entrenador, Seneca Crane, falleció. Discúlpame un momento… ¡Mellark!
- Buenos días entrenador -dice una dulce voz a mis espaldas.
- ¿Qué haces aquí? Tendrías que estar ya en el vestuario.
- Culpa mía -salto.
- ¿Sí? -pregunta Boggs, arqueando una ceja.
- No -dice Peeta, apoyando sus manos sobre mis hombros y pegándose  mi espalda-. Es culpa mía.
- No le haga caso -digo-. Le he entretenido.
- No me has…
- ¡De acuerdo! -estalla Boggs. Nunca ha sido un hombre delicado- Mellark, a los vestuarios. No hay consecuencias gracias a Katniss, pero no se volverá a repetir -se gira y me mira, tornando la ira en amablidad-. Querida, ha sido un placer volver a verte.
- Lo mismo digo.
Peeta tira de mí por los hombros hasta que me gira y sujeta por la cintura mientras caminamos hacia los vestuarios.
- Cabezota -susurra.
- De nada.
Ríe y cerca su rostro al mío. Le imito, porque sinceramente echo de menos sus besos y considero que no es sano reprimirse tanto. Me besa cariñosamente. Necesitamos parar en medio del pasillo para continuar degustando los labios del otro gustosamente. Paso mis manos alrededor de su cuello y él aprieta mi cuerpo contra el suyo colocando sus manos en mi espalda baja. El beso coge fuerza y se vuelve inesperadamente intenso. Me llena. Necesito más. Necesito sentir a Peeta. Necesito transmitirle todo lo que siento. Que le quiero, sin usar palabras.
- ¡Eh, parejita! -grita Haymitch.
Odio más a Haymitch.
Separo mis labios de los de Peeta. Seguramente los tendré rojos e hinchados, lo que me hace colorar. Me muerdo el labio inferior, aun rodeando a Peeta por el cuello, y me permito mirar a Haymitch.
- Necesito a la chica. ¡Ya!
- Voooy -digo.
- Te veo luego -susurra Peeta, tímido.
- Hasta ahora -susurro yo.
Nos damos un último beso (tan cariñoso que Haymitch carraspea) y me dirijo al vestuario de mujeres.  


***


El viento es más frío que hace unos días, y quizá mis dedos se hayan entumecido un poco, pero sigo dependiendo de que me golpee cada tarde para poder vivir. Aún es temprano cuando llego al tronco caído, pero Gale ya me espera con los dos carcajes colgados a la espalda. Mira hacia el horizonte, ignorándome, y me pregunto por qué. Estoy segura de que me ha oído llegar, por muy silenciosa que sea; su oído es como el de un lince. En realidad, estaba en otra parte, sin pensar dónde ponía un pie u otro. Pensaba en Peeta, y en cómo me hace sentir. Mi corazón se desboca cuando está cerca, y eso, puede resultar placentero y peligroso. Por el momento, no me preocupa. Hoy nos he visto coordinados, repartiendo los besos y el contacto justo como para dejarme satisfecha sin hacerme ruborizar. Es algo... puede que no mágico; porqué la magia no existe, y lo nuestro sí. Creo que lo necesito más a cada minuto que pasa.
- Dicen que el tiempo empeorará -le digo a Gale, sin mirarlo. El cielo está precioso, teñido de tonos pálidos y a la vez fuertes, como el bronceado caramelo, el adobe ligero, el azul costa brava o el amarillo intenso. Algunas nubes grises tapan las montañas. Noto un pinchazo al imaginar que mi padre está allí, tras la pineda, la tierra húmeda y las toneladas de roca.
- ¿Puede ponerse peor? -contesta, pasándome mi arco y mi carcaj. Su mirada es profunda, y parece alicaído.
Acepto el arma, frunciéndole el ceño y exigiendo una explicación con la mirada, pero él se limita a dar media vuelta y avanzar. Me cuelgo el carcaj, cojo bien el arco y le sigo. No entiendo que puede pasarle. Esta mañana ya ha desaparecido, pero no le había dado importancia. ¿Habrá pasado algo grave? Creo que confía en mi lo suficiente como para habérmelo contado si ese fuera el caso. ¿Entonces? Y si… ¿le pasa algo conmigo? No puede ser. No he hecho nada que pueda enfadarle, a mí parecer.
Una ardilla corretea por las copas de los árboles sobre nuestras cabezas, pero no le presto atención. Gale parece no haberla oído ni visto, o al menos la ignora tan bien como yo. Esa, es una ardilla con suerte. Cualquier otro día, ya tendría una fecha atravesándole el iris. Pero hoy no. Hoy es diferente; pienso averiguar por qué.
Los músculos de su espalda se tensan cuando agarro su mano, pero no para. Tiro de él, y responde zafándose de mí agarre. Nunca me había rechazado, ignorado o hecho sentirme así. Él era el único que no me había hecho sentir como un desecho.
Me quedo allí plantada, y suelto lo primero que se ocurre, intentando no demostrar mis sentimientos. Pronuncio, con indiferencia:
- Participaré en una obra de ballet -sigo andando, ya que él no se gira-. El padre de Madge la ha financiado. Haymitch quiere que yo se lo agradezca, pero yo creo que es él el que debería arreglarse e ir a cenar a su casa. Se lo he dicho, y me ha respondido que le daba igual, y aun así… le tolero. Me cae bien ese hombre. Y le odio, te juro que le odio, pero… -le doy un puntapié a una rama y bajo el arco; parece que esto es sólo una excursión, no un día de caza- no sé. Es una relación amor odio paternalista.
Me callo. No suelto más que bobadas. Bobadas que, al parecer, no le importan. ¡¿Por qué se comporta así conmigo?! Siempre es tan… tan Gale. Tan fuerte, decidido, amable y, sobretodo, comprensivo. Las muestras de cariño nunca me han faltado por su parte, esto es totalmente nuevo. Creía que me quería tanto como yo le quiero a él. Pero ahora, Gale está herido, como los animales que cazamos. Pocas veces le he visto herido, y ninguna he sido yo la mano ejecutora. Pero hoy, todo es distinto.
- Gale -digo, acelerando para seguirle el ritmo.
Empieza a correr justo cuando el viento comienza a aullar. La trenza me golpea en la cara cuando me obligo a acelerar tanto como él.
- ¡Gale!
El paisaje se ha tornado más oscuro, y el atardecer está llegando a su fin, dando paso a la noche. A la noche del Baile de Bienvenida. Una raya negra se dibuja en el horizonte, demasiado fina como para apreciarla a simple vista. Parece que Gale quiere seguirle la pista a esa raya, sin parar de correr.
Acelero más y le golpeo en la espalda con los dos puños, como si fuera una niña pequeña y enrabietada.
- ¡Maldita sea, Gale! -le grito a su nuca.
Pateo los pies de un árbol cercano, cosa que parece llamar su atención. Hago una mueca ante el dolor del pie, pero me reprimo y no grito. Tiro el arco, me descuelgo el carcaj y me dejo caer en el suelo, jadeando por el cansancio y la rabia.
- ¿Estás bien? -dice, acuclillándose delante de mí. Niego con la cabeza entre las rodillas.
- ¿Y… tú? -pregunto entre jadeos.
Noto tres de sus dedos, largos y ásperos, pero a la vez delicados y expertos, levantándome el mentón. Mi rostro encara al suyo. Miro el color oliva de sus ojos, tan familiar, tan brillante… de Gale; nuestro, como si el color fuera un secreto que sólo hubiese compartido conmigo. Me mareo un poco al recorrer cada centímetro de su rostro con la mirada y pensar automáticamente, que me parece increíblemente bello. Su pulgar me acaricia la mejilla derecha, y dibuja pequeños semicírculos, como un parabrisas; media sonrisa de satisfacción se alza, y él reacciona del mismo modo, aunque su mirada sigue siendo distinta. Sin apartar la mía, aparto un mechón pelo invisible de su frente, y cierra los ojos. Mi dedo índice tiembla al repasar el contorno de su rostro, desde la raíz de su cabello hasta el final de su perfil. Después se traslada y repasa sus espesas cejas, sus párpados, desde su entrecejo hasta la punta de su nariz, y de ahí pega un salto para aterrizar en la comisura de sus labios. Los repaso lentamente. Son carnosos, aunque finos. Están secos, pero no me importa, y vuelvo a repasarlos. Me acerco más para observarlo de cerca, y me siento sobre él, enrollando las piernas alrededor de su tronco. Una de mis manos acaricia, temblorosa y helada con las yemas de los dedos, su nuca. Los pelos más cortos cosquillean entre mis dedos cuando los introduzco más allá, en su cabello. Los mechones castaños son suaves y se adaptan perfectamente a la presión de la mano, mimando mi piel con suaves caricias. Noto como nuestras respiraciones son lentas, y poso la mano libre dónde su supone, está su corazón. Me pego un poco más a él, necesitándole, y aprieto mis piernas entorno a su cintura. Entonces, su mano derecha viaja a la parte baja de mi espalda, y alguno de sus dedos, frío, repasa lentamente el borde de mi cazadora, tocando mi piel, que se pone de gallina. Creo que dejo escapar un jadeo, formando una pequeña nube.
- ¿Katniss? -susurra.
- ¿Hmmm…?
Él abre los ojos y me mira. Sus pupilas están más dilatadas de lo normal, y veo deseo en ellos. También veo que en su reflejo, los míos tienen un aspecto idéntico.
- Quiero besarte -vuelve a susurrar.
- Y yo -murmuro.
Entonces apoyo mis manos en sus hombros, y empujo lentamente su cuerpo hacia atrás, sin ejercer mucha presión. Gale se tumba sobre las hojas caídas y amarillentas del suelo, llevándome con él. Quedo a horcajadas sobre su cuerpo, y siento como mi pulso se acelera. Un rayo de luz naranja ilumina su rostro, embelleciéndolo todavía más. Entonces junto nuestros cuerpos, posicionando una de mis piernas entre las suyas, para encajar mejor, aunque su cuerpo es considerablemente más grande.
Mi nariz roza la suya, y mis manos aprietan su cazadora, aunque no parece importarle. Me siento como un animal. Y, al parecer, él también, porqué jadea a dos centímetros de mis labios. Mis deseos se hacen insoportables, pero la Katniss responsable, me grita desde dentro «¡Basta! ¿Estás loca?». Pero yo sólo sé, que estoy excitada sin tan siquiera haberlo besado.
- Gale… -murmuro, y mis labios rozan los suyos al pronunciar cada letra.
- Katniss… por… favor… -jadea él, rozando sus labios contra los míos de la misma forma.
Me pide permiso. Pero no puedo dárselo.
Giro sobre su cuerpo y me quedo tumbada sobre el sotobosque, mirando el cielo, visible tras las copas de los árboles. Pego un salto y me levanto. Echo a correr hacia casa, dejándolo allí.
Soy idiota, lo sé.

Madge ya está en casa cuando llego, y seguro que me maldice por llegar llena de barro, despeinada, con suciedad bajo las uñas, y los ojos rojos; no dice nada porqué también es capaz de ver las lágrimas.

lunes, 17 de febrero de 2014

Capítulo 10: Una declaración de amor

Sé que es para matarme, y lo admito. No he abandonado el blog, y juro por un gatito tullido (awwwww...) que no lo haré hasta que acabe la historia. BLOGGER HASTA EL FINAL!!!! Ahora eso sí, he de admitir que mis reservas de capítulos, han volado :"( 
Pero no pasa nada, que estoy volviendo a escribir!! ¿Sabéis los montones de exámenes que tengo? ¡Mis padres no se conforman con que apruebe... quieren más de un 8, como mínimo! :O Eso, es una tortura. Total, que tengo que compaginar estudios con leer con escribir con tener vida social (poca poca, os prefiero a vosotr@s. Es broma (pero os amo ;) ) !!! No soy una loca de los gatos) con cubrir la necesidades básicas necesarias para sobrevivir *cojo aire* con escribir en mi otro blog con contestar coments con crear reseñas con enterarme de las noticias con ocuparme de Wattpad y Facebook... ¿¡Quién aguanta TODOOOOO ESOOO!? Yo, chic@s, yo. Si es que, soy un ángel... *Ojos del gato con botas* ¿Me perdonáis?  

Os quiere MENTALMENTE DESORIENTADA, MK ;))

PD: ¿Se puede hacer posdata en una introducción de entrada? (he aquí el toque "Mentalmente Desorientad" de la entrada. Necesito tatuarme en el brazo mi horario...)

PD2: ¡El capítulo es súper románticooooooo! ¡Sólo aviso! ¿Lo pilláis por el título? Aunque, tengo cosas pensadas, y no son buenas, no señor... ¡Por favor, que son Los Juegos del Hambre!




Capítulo 10: Una declaración de amor

Me incorporo lentamente en el sofá, un poco cortada. A la mierda la ilusión. Soy “su hermana pequeña”. Si fuera mi padre todavía podría excusarme con el síndrome de Electra. Puede que si se lo propongo me adopte. Entonces, ¿Qué chico lleva a su hermanita al baile y la soba en el coche? Sí, si eso no es sobarme, que baje Dios y lo vea.
- Creo… creo que iré a ver cómo está Prim -musito, frotándome los ojos de la forma más artificial. No soy una gran actriz.
- Eh -se aclara la garganta, un tanto perplejo por mi repentina necesidad de espacio-, claro, yo ya me tengo que ir.
Le acompaño a la puerta y me despido apoyada en el marco de la puerta, angustiada. Me giro, decidida a cerrar la puerta, a dejarlo atrás y comprobar que Prim está bien. Pero no puedo, no puedo dejarlo atrás. Somos como imanes, y no me puedo separar de él por mucho que quiera.
Doy un paso sobre la escarcha, y noto como la nieve cosquillea y adormece dolorosamente los dedos de mis pies, descalzos. El frío acaricia mis piernas suavemente, hasta invadir por completo mi sistema y arrasar con cualquier grado positivo de mi cuerpo.
«Muy bien Katniss, ¡no te preocupes de llevar zapatos! ¡Es antiguo!» Me importa un comino. Doy otro paso, otro y otro hasta no sentir nada de tobillos para abajo y tener los dedos de las manos adormecidos y pesados, como la punta de la nariz y los labios. Empiezo a correr hasta él, y una rabiosa ráfaga me golpea de lleno, ondeando mi pelo dorado. La oscuridad se ha apoderado del paisaje pero, aun así, Peeta puede distinguir a esa chica que avanza corriendo por la nieve hacia él.
- ¡Katniss! ¿Estás loca? ¿Qué…
- No importa -le interrumpo. Me abraza para darme calor y me mete en el Jeep sin más discusión.
- Sólo quería… -digo, cómoda en el asiento del copiloto, con la calefacción a tope- sé que pude sonar raro, pero… quería saber por qué quieres ir conmigo al baile.
- ¿Qué por qué quiero ir contigo al baile? -repite, pálido.
Debo parecer una loca.
- Es que no lo entiendo -musito.
- ¿Qué no lo entiendes? -dice, todavía más pálido- Quiero ir contigo porque…, porque…
- Ves, ni siquiera tú lo entiendes.
- No es fácil decirlo -musita-. Podría…
- Si… -le animo.
- Podría perderte -suelta al fin.
- No vas a perderme -digo, cogiéndole una mano. La mía está helada y la suya arde.
- ¿Por qué quieres ir tú conmigo al baile?
- Yo he preguntado primero -susurro. Parece que Peeta se debate mentalmente a si mismo, así que pregunto. No puedo perder mucho más que a él, y si no lo hago puede que en realidad nunca tenga la oportunidad de que sea mío- ¿Me…, me ves cómo a una hermana?
- No -responde,más pálido. Su mano está más fría. Suelta la mía y aprieta el volante, tenso.         
- Entonces, ¿por qué has dicho que tú me ves a mi cómo yo a Prim?
- Yo… tú necesitas a Prim. Yo te necesito a ti -cojo aire ansiosamente, intentando disimular sin éxito, y vuelo a cogerle de la mano, despegándola del volante. Me mira.
Levanto la mirada justo para ver cómo él baja la suya. No sé qué decir. Me tiembla involuntariamente la mano, que está más helada que antes si es posible. Puede que la nieve sea más cálida.
- Sé qué puede que no… -comienza, apenado.
- Yo te necesito -declaro, antes de darme cuenta de que lo he hecho.
Paseo los dedos por la palma de su mano y cierra los ojos, apoyándose contra el asiento, relajado.
- Nunca, desde tu primer día de clase en Naples, he dejado de pensar en ti -susurra.
Continuo con el paseo, pero los dedos empiezan a temblarme levemente. No sabía eso, ni siquiera lo sospechaba. Sí, de vez en cuando pillaba una mirada fugaz en el patio, pero nunca le di importancia. Quizás que me salvara fuera una razón obvia, pero yo no soy de esas que pillan las cosas al vuelo, ni de lejos. Supongo que cualquier buen ciudadano lo habría hecho, Superman, el Superminero y su cuadrilla, o alguien por el estilo.
- ¿Por qué nunca has hablado conmigo, entonces?
- Cobarde, miedo al rechazo. Puede que las dos cosas.
- Miedo al rechazo por mi parte.
Abre los ojos y levanta la cabeza. Vuelve a atrapar mi mano entre la suya, cálida de nuevo. Me pide una explicación con la mirada. Supongo que no es exactamente una ‘frase con sentido’, así de primeras. O quizá tenga demasiado sentido.
- Me salvaste y… nunca has salido de mi cabeza, por mucho que lo intente o te hayas alejado. Me resulta imposible.
- Katniss, yo… siento lo mismo cada día, y cuándo, cómo ahora, estoy contigo, te toco, me hablas, me miras, yo… me resulta asfixiante.
Abro los ojos como platos y le suelto la mano, intentando dejar espacio, aunque puede que cuando ahora le hable y le mire, se ahogue.
- ¿Te resulto asfixiante? -susurro, dolida. Rezo porque sea un malentendido, porque si no…
- No -exclama él-. Sólo el no poder estar de la forma que me gustaría contigo, cómo antes en el coche -me sonrojo un poco, aunque él lo diga sin vacilar-, o irme a casa y contar las horas que quedan para volver a verte, porque se me hace insoportable. Te lo he dicho, te necesito, necesito estar contigo. Y sé que yo te necesito más a ti que tú a mí, y lo entiendo.
Me lanzo sin pensarlo, simplemente, cómo él ha dicho, lo necesito. Le beso, dulce y suavemente. Pego tanto nuestros labios que puede que nunca se separen, aunque no me importaría lo más mínimo. Me acerca todo lo que puede a él y yo no me resisto. De hecho, me apoyo sobre su pecho, que late con fuerza. No me puedo creer que esté haciendo esto, y que encima me haya lanzado yo. Todo lo que hay a nuestro alrededor desaparece: el frío, el calor, los nervios… sólo queda el placer y su dulce sabor. En realidad es mi primer beso, y nunca he sentido algo semejante. No hay palabras que puedan describirlo.
- No sabes lo que has dicho -murmuro, con los ojos cerrados contra sus labios.
Los abro y me regala la sonrisa más dulce que existe, y me siento orgullosa por haber hecho brillar a esos dos ojos azules tan claros.
Aprieto los labios, le miro las rodillas y me rio un poco, nerviosa. Esto me está pasando a mí. Sigo sin creérmelo.
- Eh -dice. Levanto la mirada y me recoge la barbilla- Eres lo mejor que me ha pasado nunca.
- Sigues sin saber lo que dices -digo sonriente.
- Claro que sí… -dice, y me acerca hasta que nos volvemos a encontrar.
Me besa lentamente, disfrutando cada momento, sin prisa alguna.
- Te… -«quiero», diría. No, no puedo precipitarme. Eso podría echarlo para atrás, ser demasiado- te veo mañana.
Me atraganto un poco, aunque dejo escapar las palabras con decisión.
- Te veo mañana -dice. Me separo para abrir la puerta pero, justo antes de salir, le regalo un pequeño beso que él aprovecha hasta el final.

***



Floto sobre el colchón, y me siento ansiosa por ir a clase, por primera vez en la historia. La colcha me calienta los helados pies y me duermo, sonriendo cómo una boba al soñar con Peeta.

***


Me levanto con un aire alegre y enérgico, sonriendo por todo. Hasta que entro en la habitación de Prim y la veo hecha un ovillo en su cama, pálida y con dos puntos en la parte posterior de la cabeza. Resbaló correteando por el jardín helado y, después de una llovizna, el golpe que se dio contra la fina placa de hielo y la tierra no fue nada agradable. Nada lo amortiguó.
- Eh -digo, sentándome en el borde de su cama-, ¿qué tal, patito?
Se arrebuja bajo la colcha y abre sus ojitos tras hacer una mueca de dolor.
- Buenos días -susurra, con voz débil.
- Al menos hoy te quedarás en casa, calentita en la cama.
- Sí…
Le beso en la frente y salgo pegando botes de alegría tras sonreírle con esperanza. Esperanza de que no tenga dolor de cabeza lo que queda de semana.

***


- ¡Hola!
- Hola -saludo alegre a Madge.
Me coge del brazo de una forma alarmantemente contenta, así que sabe algo o se lo imagina. Ambas son correctas. Sin embargo, no dice nada en todo el camino, sólo sonríe y me arrastra con su inamovible gancho de acero (también llamado brazo izquierdo) decidida hasta el instituto. Por otra parte a mí se me borra la sonrisa. Aquí se cuece algo, y ya he asumido que lo sabe todo, lo que es malo, muy pero que muy malo.  Si Madge trama algo no me quedo tranquila porque siempre la arma. Me da incluso miedo o, porque mentir, me da pavor.
- ¿Pasa algo? -pregunto. Alguien dijo una vez que la espera se hace peor que el sufrimiento.
- ¿A ti te ha pasado algo? -contraataca- Vamos, es una sorpresa agradable.
- Lo sabía. Y corrijo: tus sorpresas nunca son agradables.
- ¡Qué dices! -exclama, haciéndose la dolida de forma exageradamente mal.
- Lo que oyes. Sólo son agradables para ti.
- Bueno, esta no, pero si quieres qué…
-No, está bien, déjalo así…
No quiero desilusionarla y, además, lo hecho hecho está. No creo que pueda llegar y desmontar lo que sea que haya hecho en unos minutos mientras yo me tapo los ojos en la entrada. Prefiero afrontar los problemas. O puede que no se tan malo, y que por una vez me guste. Es raro, pero no imposible. Lo que no quiero es que se gaste dinero, porque aunque le sobre, y mucho, no debe malgastarlo en mí. No soy una razón por la que gastar dinero y punto.
Una gran cazadora marrón aparece doblando la esquina y yo me adelanto para abrazarla por detrás.
- ¡Hey Gale!
- ¡Hey Catnip! -dice sonriente y sorprendido. Ataque sorpresa.
- ¡Hey a los dos! -grita Madge separándonos. Se coloca en medio.
Seguimos caminando tranquilamente hasta que Madge susurra:
- Eso ha sido una sorpresa desagradable…
- ¡¿Qué?! -susurro yo.
- …y la que se va a llevar él.
- ¿Por qué? ¿Qué… ¿Por qué dices eso? No, no entiendo…
- Porque no le va a gustar que, bueno…
- ¡Chicas! -grita Gale.
- ¿Eh? -suspiramos al unísono.
- Lo siento -dice Madge.
- Y yo -añado. Me mira, escéptico-, de verdad.
- Sois…
- ¿Quieres venir esta tarde al bosque? -sugiero, antes de qué diga algo de lo que todos nos podamos arrepentir después.
La verdad es que Madge me incita a cuchichear delante de él demasiadas veces, y sé que también a veces se me sube el santo al cielo cuando me quedo mirando a Peeta y Gale sigue hablando… y sé que todo está mal. Por eso le quiero compensar. La verdad es que nuestra relación se está enfriando, y eso no me gusta nada. La mayor parte de culpa la tengo yo, por supuesto, por estar distraída con Peeta en vez de cuidar de Gale, el chico que siempre ha estado a mí lado. Le debo una tarde en el bosque y más, pero aunque quiera eso no puedo dárselo.
- Podemos dar un paseo y…
- Claro -dice.
- Genial -susurro.
Esperaba pasar la tarde con Peeta, pero a Gale se lo debo, y con Peeta tengo muchísimo más tiempo, espero.
Peeta. Sonrío al pensar en él y en que seguramente estará ya en el instituto, esperándome. Es tan… no puedo esperar más. Le necesito, de verdad lo necesito, y es la primera vez que me doy cuenta de que es cierto. De qué no podría vivir sin él a mí lado, sería cómo dejar ir a una parte de mí, una que me aporta más felicidad que todas las demás juntas. Aprieto el paso, obligando a Madge y Gale a hacer lo mismo. Madge tiene el ceño fruncido, aunque cuando le miro me sonríe mostrando toda su dentadura. Supongo que no será nada serio, el color de sus calcetines no pegará con su estado de ánimo actual, aunque con esas señales a saber cuál es.
Veo el destello de su pelo rubio antes que sus ojos azules, pero lo reconozco con la misma facilidad y maestría. Está en la puerta del instituto de espaldas, hablando animadamente con Delly, que sí me ve y sonríe, saludándome con la mano. Le devuelvo el saludo a la vez que Peeta se gira y esboza una agradable y enorme sonrisa en su preciado rostro. Avanzo más deprisa dejando a Gale y Madge atrás y en cuanto los alcanzo Peeta me coge de la mano y nos pegamos.
- Hola -digo, bajo.
- Hola -dice.
Le miro y me acerco tímidamente, poco a poco, hasta que él no puede más y me besa con delicadeza, como si yo fuera a explotar si me aprieta demasiado.
Me pone un mechón de pelo tras la oreja y apoyo la cabeza en su pecho, mientras me percato de que Delly nos miraba, expectante, y me sonrojo.
- ¿Listos para el Baile de Bienvenida? -dice Madge por detrás- ¿Para qué pregunto si basta con veros? -se encoge de hombros, agarra a Delly de forma idéntica a cómo me garraba antes a mí y la conduce adentro con una sonrisa. En realidad las dos sonríen.
- No quiero entrar -me quejo.
- ¿Por qué? -pregunta Peeta, apretándome un poco más contra él.
- Por esto -murmuro.
Sonríe tristón y acaricia mi pelo entre sus dedos.
- Ahora me entiendes.
- ¿Y antes no?
- Sí, pero yo te…te echaba más de menos -dice. Por un segundo he tenido el corazón en un puño; por un segundo creí que me iba a decir “te quiero”.

***


Caminamos por el hall del instituto. Ni loca voy a soltar a Peeta, y parece que él tampoco está por la labor, así que aguanto las miradas curiosas y camino cogida a su mano. Como si la necesitase para vivir. Como si lo necesitase. De verdad creo que lo necesito, porque este rayo (de esos que chamuscan árboles inocentes y ositos amorosos) de alegría, de amor, de afecto… esta montaña de sentimientos positivos me empujan hacia delante por primera vez desde hace mucho tiempo. Peeta me proporciona eso, la esperanza de que todo puede ir bien, por grandes que sean nuestras pérdidas. Gale… Gale arde como yo. Pero Gale arde en furia, en necesidad, en rencor, en… una maldad técnica. No es malo, pero odia el sistema, odia como sus hermanos pasan hambre, como su madre se deja la piel para, al final, no llegar a alimentarlos a todos correctamente. Gale contiene ese tipo de fuego, y yo ya tengo suficiente por mí misma. Además, lo que siento por Peeta es amor. Lo que siento por Gale… es amor fraternal, mi hermano, mi compañero de caza, mi amigo. No mi novio.
- ¿Dónde está Gale? -pregunto.
- Ni idea -susurra Madge.
- Bueno, os veo luego -dice Delly.
- Claro -decimos los tres a la vez.
La veo alejarse hacia la clase de química con una sonrisa enorme en la cara.
- ¡Katniss! -grita Maysilee.
Me giro sin soltar la mano de Peeta y le regalo mi mejor sonrisa a esa pintoresca chica. Estoy… eufórica, por una vez en mi vida. Qué raro.
- Hola Maysilee -digo, mientras se acerca corriendo.
- Hola -dice, recuperando el aliento.
- Bueno, yo también me tengo que ir -dice Madge-. No quiero ver cómo a la profesora de Literatura se le hincha la cara cuando llegue tarde -hace una mueca de repulsión que me parece divertida-. Encantada de conocerte… ¿Maysilee?
- Sí -afirma esta, asintiendo-. Igualmente.
- Y Katniss -dice Madge, de repente-, que te guste la sorpresa.
Se aleja corriendo mientras arqueo las cejas y me recorre un escalofrío.
Los tres caminamos hacia el gimnasio, como haremos toooodas las mañanas.
- Espero que Haymitch esté de buen humor hoy -suspira Maysilee.
- No lo creo -digo.
- ¿Ese hombre nunca está de buen humor? -piensa en voz alta.
- Rio cuando nos presentaste el otro día -dice Peeta.
- Si, ehh… tramaría algo -digo-. Nunca está de buen humor. Nunca.
- Bueno, Boggs tampoco es un santo.
- ¿Boggs? -dice Maysilee.
- Nuestro entrenador. Corrijo: nuestro duro entrenador.
- ¿Boggs? -digo yo.
- Sí, Boggs -dice Peeta, sonriendo.
- ¡¿Boggs?! -digo, eufórica.
- ¿Qué pasa con…
- ¡Entrenaba en Pensilvania!
- ¿En serio? -dice, enarcando las cejas.
- ¡Dios, alguien de casa!
Salgo corriendo hacia el vestuario con una sonrisa pintada en la cara.

Necesito verlo antes de que empiecen las clases, necesito verlo antes de que empiecen las clases…

jueves, 23 de enero de 2014

Capítulo 9: ¿Quieres venir conmigo al baile, Katniss?

Huoola chic@s!!! Hoy estoy feliz (gracias a Vanilla por tus coments ^^) y por eso adelanto este capítulo. Genial, ¿no? Eso sí, la reserva de capítulos se está acabando, pero bueno... alegría!!!! Venga, que hoy he sacado una buena nota y... estoy MENTALMENTE DESORIENTADA. Con eso no hacen falta más aclaraciones, ¿verdad? ;))


Capítulo 9: ¿Quieres venir conmigo al baile, Katniss?

Me giro rápidamente, apretando el borde de la mesa con las manos hasta decir basta, como si así comprobara que esto es real.
«Te necesito, tengo pesadillas con que no vuelvas, porque estoy segura de que no lo vas a hacer»
Pero no, no puedo decirle a Peeta eso después de el  «Supongo que ya no te debo nada, así que no hace falta que te acerques a mí» ¡Que no hace falta que te acerques a mí! Estúpida hipócrita con sentimientos. Claro que necesito que se acerque a mí, que esté conmigo, todos y cada uno de mis días. Porque necesito sentirle, saber que está ahí, por mucho que mintiera. Sólo espero que tuviera una buena razón.
Le miro con ojos como platos, totalmente hundido. Ojeras (como yo, por lo de gritar a viva voz en pesadillas toda la noche y tal), labios cortados (como yo, por culpa de los nervios. Además, sentir dolor me ata a la realidad), ojos inyectados en sangre (como yo, por llorar). Puede que se le haya muerto alguien.
¿Y ahora qué hago? ¿Me disculpo? ¿Espero a que lo haga él? ¿Me lanzo a sus brazos? ¿Rompo a llorar? ¿Pierdo del todo la cabeza? ¿La pierdo por él? Demasiado protocolo. Me duele la cabeza, mucho. La noto palpitar. ¿Las cabezas explotan?
- Esto no tiene sentido -susurra, arrodillándose junto a mí-. Soy yo el que debe sentirse así, no tú, Katniss -parece que también sabe observar. Soy yo la que lo ha perdido a él, y está así. Eso sí que no tiene sentido.
«Pero yo no puedo evitarlo -pienso-, yo sí que te amo ti»
Sólo le miro a los ojos e intento recordarlos tal y como son, para que mis pesadillas sean más realistas.
- De verdad -se aclara la garanta y baja una octava-, ¿de verdad querías ir al baile conmigo?
No me inmuto. Por fuera, claro. Por dentro se desata una alarma que me deja sin aliento y noto como el pánico me hace cosquillas en el estómago, acompañando al gran agujero del pecho. ¡¿Estaba escuchando?! ¡¿Ha escuchado todo, todo?! Por Dios.
«Sé fuerte y dilo, dilo porque no vas a tener oportunidad mejor. Quizás no tengas otra oportunidad»
Asiento lentamente con la cabeza, tragando saliva para ver si la bola que tengo en la garganta baja de algún modo.
Sonríe a pesar de sus llorosos ojos y su demacrado aspecto. ¿Es por mí? A pesar del mío, me alegro de que él sonría, aunque no sepa porque, porque sólo me importa que sea feliz. Ahora entiendo a Prim.
- Háblame, por favor -susurra.
«Katniss, ¿te ha comido la lengua Buttercup? Allá vamos. Tú no eres cobarde.» 
- No-no-no quiero que-que… -susurro. Por mucho que trague, la bola no desaparece y no me permite hablar. Vaya valiente.
Aprieto los puños contra mi impotencia. Odio perder el control. Sé que puedo recuperarlo, puedo hacerlo, soy valiente, yo puedo… pero no antes que él.
- No estaré cerca de ti si no quieres -declara, de la forma más triste que he visto hacer a una persona. Roto. No queda ni rastro de la anterior sonrisa.
Ahora es cuando noto cómo el alma se me parte en dos y ese agujero gana hasta no dejar nada de mí. Me desgarra el alma.
- ¡No!  -grito con voz ahogada. Me dirijo a abrazar a Peeta, tal cual como está arrodillado, cuando vuelvo a pensar y lo cambio por ponerme de pie, nerviosa. Empiezo a respirar muy deprisa. Respirar deprisa me pone más nerviosa (huele a Peeta) y recurro a morderme el interior de las mejillas, como siempre. Tengo que controlarme, parezco una loca. Quizás lo esté. ¿Estoy loca? El deprimente estado en el que vivo podría empujarme a ello, pero sería perder. Creo que una depresión no me la quita nadie, pero no llego a estar loca.
 Me inclino sobre la mesa y le clavo las diez llamas. 
Veo por el rabillo del ojo como Peeta también se pone de pie.
No puedo aguantarlo más, por mucho que muerda, apriete o provoque dolor, nada puede hacer que esto se disipe. Pero debo reprimirme, así que aprieto los dientes.
- No hice bien. Debí haberte llevado a casa, haberte acompañado, comprobado que estabas bien -le miro. Esto no puede ser cierto- Me comporté mal contigo y… y pensé qué si no hablaba de ello, quizás creyeras que fue otro quién lo hizo. Qué ese no era yo.
Me abalanzo sobre él, porque no lo aguanto más. Le rodeo el cuello con los brazos antes de qué me diga que no, y aprieto mi cuerpo contra el suyo todo lo que puedo. Sentirle tan cerca, tan cálido, me devuelve la vida que me ha quitado estos días de absentismo. Me hace volver a sonreír.
- Eres un estúpido -digo contra el ángulo de su cuello.
Me rodea con sus brazos y entierra su nariz en mi pelo. Respira profundamente. Niega con la cabeza y se separa lo justo para poder mirarme a los ojos sin bizquear.
- Debí haberte ayudado -insiste. Me mira con sus hermosos y azules ojos mojados.
- ¡Lo hiciste! -insisto yo también- Eres el único que realmente lo hace, que lo hizo. Esos dos podrían haberme…
Me recorre un escalofrío que no me deja hablar más, así que me aproximo a la fuente de calor más próxima justo cuando ella se aproxima a mí, y cuando las manos de Peeta acarician mi espalda, todo lo demás se va.
- Jamás -susurra a mí oído- te harán daño.
Se inclina un poco hacia atrás y aparta un mechón caído de mi moño. Nos acercamos un poco, pegamos de nuevo nuestros cuerpos, apoyo mis manos en su pecho, me rodea por la cintura. Esta vez el corazón no se me va a salir del pecho. Todo esto es natural, aunque lo sienta como una bendición caída del cielo. Cada vez que su rostro está más cerca yo acerco el mío un poco más, hasta que acabamos pegando nuestras frentes. Noto su corazón palpitar fuertemente, golpeando mi pecho como si llamara a la puerta. Paramos, juntos, para disfrutar de la proximidad del otro. Acaricia mis brazos, dibujando figuras curvilíneas sobre mi piel, mientras yo me dejo llevar y atrapo entre mis dedos unos mechones rubios cerca de su nuca. La piel se le pone de gallina y sonríe, sin dejar de dibujar fantasmas en mi brazo.
- ¿Eres tú el chico? -dice una voz aguda de forma hostil.
Flavius aparece por un lateral y nos separamos de forma automática. Tengo que dejarle ir. Esto, esto no está pasando. ¡Todo era perfecto! Bueno, al menos lo he recuperado. Sí, lo he recuperado y ahora… en realidad él no es mío y yo no soy suya. Puede que yo sí sea suya en cierta manera, pero ahora mismo podría besar a Flavius y no tener que dar explicaciones. Ufff, prefiero no hacerlo.
Peeta está perplejo.
Flavius, desesperado, dibuja un círculo en el aire con la muñeca derecha y suspira, apoyando la otra en su cadera. Eso ha tenido que llevarle años de entrenamiento.
- El que le ha roto el corazón.
Se me revuelve el estómago. Peeta me mira, buscando una respuesta.
- ¿No? -pruebo. Que bien lo hago- No, no -me recompongo con cada letra y hago como si no fuera nada-, nadie me ha roto el corazón Flavius -digo de forma simpática.
Arquea las depiladas cejas. Le lanzo una mirada furibunda y, así de primeras, parece ofendido. Parece que le vale y vuelve a su puesto junto al tocador.
- ¿Me perdonas? -dice Peeta.
- No puedo culparte por ser estúpido -contesto, encogiendo los hombros.
No sé porque, puede que sea por la falta de cariño o el no haberle tocado en días, pero me acerco y vuelvo a abrazarlo con todas mis fuerzas.
- No vuelvas a hacerlo, ¿vale? -le susurro.
- Siempre me quedaré contigo.
- Eso me gusta más.
Poso un beso sobre su ardiente mejilla (¿cómo lo hará para ser siempre tan cálido?) y me entrego de nuevo a Flavius.
Nunca creí que una sesión de belleza pudiera dejarme mejor.



***


- Gracias por todo Cinna.
Le abrazo y recojo la pesada bolsa amarilla que contiene mi vestido. Está cerrada de forma hermética, para que el temporal no maltrate mi vestido. Cinna es un genio.
Madge y yo salimos a la calle. Una corriente de aire helado nos azota y me obliga a cerrar los ojos. Noto varios copos de nieve estrellarse contra mi nariz, frente y mejillas. Damos unos pasos sobre el helado pavimento, y ya no queda calor en mi cuerpo. El tiempo ha empeorado.
- ¡Katniss! -¿es quién creo que es?- ¡Madge!
Una figura avanza hacia nosotras, en contra del viento.
- ¡Peeta! -grito. Avanzo deprisa hacia él, hasta que nos encontramos, como si sintiera esto normal. Como si yo realmente fuera una adolescente normal con una vida normal- ¿Pasa algo?
- ¿Quieres que os lleve?
- ¡Por favor! -grita Madge.
- Gracias -digo. Me contesta con su tierna sonrisa.
Caminamos unos minutos calle abajo hasta que Peeta para frente a un Jeep negro.
Madge me guiña un ojo y se sienta detrás, alegando que ella bajará antes que yo. Me toca sentarme junto a Peeta, aunque no veo que tiene eso de romántico ante los ojos de Madge.


***


- Aquí es -dice Madge. El coche frena hasta parar- Katniss, recuerda, no laves el vestido, no lo arrugues, no hagas nada que pueda estropearlo.
- No señora -digo.
- Gracias Peeta.
- No hay de qué -contesta él.
Madge cierra la puerta del coche, pero se acerca a mi ventanilla una última vez.
- Ah, y no hagas nada, nada de nada, con los zapatos.
Suspiro.
- No soy un bebé.
- Sólo quiero que estés perfecta.
- ¿Por qué?
Me doy cuenta de que tengo a Peeta detrás y decido que es mejor cortar la conversación.
- Nos vemos mañana -me adelanto. 
Subo la ventanilla y Peeta arranca el coche, dejando atrás la enorme casa de Madge. 
- Y ahora Counting Stars, de One Republic -dice la radio-. Lately I’ve been, I’ve been losing sleep…
- Dreaming about the things that we could be
But baby, I’ve been, I’ve been praying hard
Said no more counting dollars
We’ll be counting star, yeah we’ll be counting stars…
- No sabía que cantabas -dice Peeta.
Me callo de golpe, y me pongo roja. 
- No delante de alguien más -susurro.
- No he oído a nadie cantar mejor.
- Gracias.
La carretera se traga el resto de la conversación.



***


- A la derecha -digo. 
Peeta gira el volante a la derecha y, cuando vemos una casa pequeña, confieso que es la mía.
El coche para frente a la puerta.
- Entonces… ¿irás al baile con Gale? -pregunta Peeta, apagando el motor.
Me sorprendo. ¿Por qué iba a ir al baile con Gale? Lo quiero, lo quiero muchísimo, pero es como mi hermano, aunque a veces me haga sentir como si no lo fuera. Ni un grano de arena comprado con lo que siento por Peeta. Gale es mi amigo, nada más.
- No.
Se remueve hasta sentarse sobre el asiento del conductor de una forma en la que puede mirarme de frente.
- Y… ¿quieres ir?
- Depende -susurro.
- ¿De qué?
- De… ¿irás tú?
- Depende -susurra.
- Bien, pues… hasta mañana -me rindo, porque no sé a dónde quiere llegar y quizás me sonsaque algo si me quedo mucho más. Abro la puerta del coche y una ráfaga de aire me da una fría bienvenida.
- Espera -exclama. 
Vuelvo a girarme hacia él, cerrando la puerta. Le miro expectante.
- ¿No quieres saber de qué depende? -dice, bajo.
- Claro -digo, con un hilo de voz.
Unos copos de nieve resbalan por el morro del coche con suavidad, intensificando el silencio. 
- De si tú también vas.
Se me acelera el pulso y noto como la ilusión prende dentro de mí como una mecha.
- Iré -digo, sonriendo tímidamente. Él también sonríe, pero poco después vuelve su expresión tensa y limpia.
- Falta algo más.
- ¿El qué?
Malditos copos de nieve. ¿De verdad algo intensifica más el silencio que los copos de nieve?
- Si vas conmigo -susurra.
Ahora el corazón si martillea locamente mi pecho. ¡Ir con él! ¡Pues claro que quiero! Es un sueño hecho realidad. Mil pensamientos se agrupan en mi cabeza y la desordenan, junto con la adrenalina corriendo por mis venas e intensificando la sensación.
- Entonces, sí que irás -digo vergonzosa,  hablándole al cambio de marchas, arañando involuntariamente el oscuro salpicadero del Jeep.
Me inclino sobre su asiento y beso suavemente, sin prisa, su mejilla. Cuando separo mis labios de su piel gira la cabeza para que su nariz roce la mía y nuestros suspiros se pierdan en la boca del otro. No sé cómo lo hacemos para que yo acabe sentada sobre sus piernas. Supongo que ansiamos tanto la proximidad del otro que actuamos de manera automática. 
Enmarco su rostro entre mis manos, mientras las suyas me rodean la espalda y sus caricias alaban mi piel. Y no aparto mis ojos de los suyos, ni él los suyos de los míos. Porque él es mío y yo soy suya. Porque puede que siempre haya sido así, aunque no me diera cuenta.
Como me encanta hacer, enredo sus rubios mechones entre mis dedos, y sus puntas me acarician la palma de la mano provocando un dulce cosquilleo. ¿Hay algo más perfecto que este chico? Me inclino suavemente sobre él, apoyando la otra mano sobre su pecho. Peeta acorta el trecho que nos separa hasta que inspiramos el aire que el otro expira.
Oigo un chillido infantil que me enfría más que la áspera corriente de invierno. Un chillido de Prim.
Aprieto la camiseta de Peeta y me tenso. Puede que me rompa en mil pedazos de una sacudida.
- ¡Prim! -grito.
Salgo del coche como una bala, por instinto, y corro hacia el jardín trasero de nuestra casa ignorando cómo Peeta me llama desde el coche y, poco después, cómo me sigue, gritando mi nombre. 
La adrenalina intensifica mi velocidad y lo único que capto es el latido de la sangre en mis oídos.
Encuentro a Prim tendida sobre la nieve cuajada que cubre el césped. Unas gotitas de color granate intenso adornan la nieve, dibujando una macabra aureola sobre la cabeza de Prim. Está salpicada de sangre fresca.
- ¡Prim! -grito. Me he quedado paralizada ante la escena, pero me obligo a correr hasta, prácticamente, lanzarme sobre ella. La nieve hiela dolorosamente mis rodillas.
- Prim, Prim -es lo único que me sale-. Vamos Prim, despierta -le doy palmaditas, pero no reacciona-. ¡Prim!
Empiezo a llorar desconsoladamente. Es Prim. Es su vida. Tengo que concentrarme. La cojo en brazos y la levanto como puedo, pero llega Peeta y la coge como si no fuera más que una mueca de trapo.
Le adelanto, corriendo como una loca, e intento meter llave en la cerradura de la puerta principal, por mucho que me tiemble el pulso. Finalmente la llave encaja y, tras un sonoro chirrido, empujo de una patada la puerta y le  despejo el camino a Peeta. Entra en casa y carga con ella hasta su habitación. La deja sobre su cama con delicadeza y Buttercup salta sobre la colcha y maulla. 
Le pego un manotazo y lo tiro de aquí. No necesito un plus de gato estúpido que me estrese.
- ¡Mamá! -grito. No hay tiempo de buscarla habitación por habitación y explicarle todo hasta que venga. La almohada de Prim se tiñe cada vez más de rojo. Un simple grito bastará. Rápido, urgente y conciso.



***


- Tranquila… -me susurra la dulce voz de Peeta al oído.
Cierro los ojos con más fuerza y aprieto más la cabeza contra su pecho, como si quisiera hacer un agujero.
- Yo no estaba ahí -susurro.
Me dejo arrastrar por las garras del sueño poco a poco, aunque la idea de estar sobre Peeta en el sofá de mi casa me mantiene consciente.
- No puedes protegerla de todo -me dice, acariciándome tras la oreja, recorriendo todo mi cuello.
- Tengo que hacerlo -murmuro-. Prim es, es…
Suspiro. No encuentro palabras para definirla. Es lo único que tengo, que amo, que adoro, y que me corresponde. Aunque puede que ahora tenga a otra persona más. Ella es mi pajarito, mi patito, mi prímula. Una gota de agua que puede evaporarse sin más; por eso debo enfriarla cada día. Ella es una parte de mí, la que llora cuando yo lloro sin tan siquiera saber el motivo, y ríe de la misma forma. La que quiere aprenderlo todo de mí, la que de mayor será la mejor médica que exista, porque ella lo conseguirá. Amo a Prim.
- Como tú para mí -dice. 
¿Me ve como a una hermana pequeña? 
Abro los ojos de repente y me despego de su cálido pecho, de nuevo desconcertada.

miércoles, 22 de enero de 2014

Concurso Los juegos del hambre: las cenizas; AYUDADME!!!

Huoola chic@s!!! Me ayudais a ganar el concurso??? Me haría muchísima ilusión ganarlo, y así ganar una portada para mi historia (la que se encuentra en este blog) . Sólo tenéis que votar en la encuesta que hay en la parte derecha del blog de Vanilla y clicar sobre la primera opción: 



MUCHAS GRACIAS A TOD@S POR LEER LA ENTRADA Y COLABORAR ^^

sábado, 18 de enero de 2014

Capítulo 8: Capitol's

Hola chic@s!! Buen finde!!! Aquí está el octavo capítulo ^^. Espero que os guste mucho. Bueno, aviso que hoy hay maratón de capítulos en mi otro blog (arriba la dirección en páginas) ;)). No me enrollo mucho hoy, BESOS !!!




Capítulo 8: Capitol's


Dos días. Tan sólo cuarenta y ocho horas. Pues han sido mi peor penitencia. Las disculpas han sido malas, pero pasables. El no saber nada de Peeta me ha provocado retortijones, pesadillas y lloros descontrolados. La pérdida.
- Entonces, ¿vas con Marvel? -le pregunto a Madge.
- No, que va. Es demasiado superficial. Creo que me gusta… Darius.
- Es divertido -apunto.
- Divertido y tierno -corrige ella.
- Adjudicado -declaro.
La verdad es que ir de compras sólo hace que me entre más bajón, pero Madge quería ir y yo necesitaba su compañía un rato.
Giramos la nevada esquina y veo un cartel plateado, con diminutos diamantes incrustados y letras elegantes en el que pone Capitol’s.
- Supongo que sobreviviré -bromeo.
- Confío en ti -dice ella.
Río de forma falsa. Ojalá Peeta hubiera confiado en mí. ¿Por qué? ¿Qué he hecho? «No Katniss. No puedes volver a castigarte con estas preguntas sin respuesta»
Avanzamos calle abajo hasta que cruzamos la puerta del establecimiento barra castillo de princesas locas. Al menos dentro no nieva. Supongo que como aquí los vestidos no son precisamente abrigados, tendrán que poner alta la calefacción.
- Buenos días -nos dice una chica con un vestido verde. Está muy maquillada, y lleva sombra de ojos rosa a juego con su pintalabios y tacones-. Soy Octavia, estaré por aquí para lo que necesiten.
- Gracias -contesto.
Me escabullo entre vestidos y más vestidos, mientras a lo lejos oigo decir a Madge:
- En realidad, buscaba un vestido para…
- ¿Puedo ayudarte en algo?
Me giro y encuentro a un joven. Viste una camisa y pantalones negros y, a pesar de trabajar en  esta tienda, la única concesión a las modificaciones de aspecto parece ser un delineador de ojos dorado aplicado con generosidad.
- Soy Cinna -añade, al ver que no respondo.
- Katniss -escupo por fin-. Estaba buscando algún vestido para el baile de bienvenida -digo, no sé porque, ya que no podré pagarlo y es, en resumidas cuentas, una pérdida de tiempo.
Se me queda mirando fijamente unos segundos, que para mí son bastante incómodos. Debe tener rayos-X para ver a través del abrigo, cosa que me asusta.
- Creo que tengo algo perfecto para ti -dictamina al fin.
Suspiro de alivio.

***


- Ohh, ¡precioso! -exclama Flavius al otro lado de la cortina del probador.
Se ha unido al club “Adorar a Madge Es lo Mejor” cuando ha oído a Octavia hacer lo mismo y se ha acercado para mirar. Ahora los dos atienden a Madge. Por otra parte, Cinna me atiende a mí. No me vitorea ni grita, simplemente me felicita y sonríe como una persona normal cuando le agrada como me queda el vestido, de vez en cuando comenta técnicamente no sé qué del diseño del vestido y no sé cuántos del color, y me recomienda el maquillaje, zapatos y peinado que debería llevar con él. Venia, una mujer estirada con un vestido idéntico al de Octavia pero en turquesa y con sombra de ojos y tacones naranja, también me ayuda, aunque de una manera más parecida a la de Octavia y Flavius. Creo que se comporta de una forma más civilizada porque Cinna está delante, sino, también gritaría.
Noto como el forro del vestido me envuelve y que, para ser un vestido, es pesado. Toco todas y cada una de las gemas en forma de lágrima que adornan la tela roja, simulando llamas arder. Elegantes llamas, todo sea dicho. Brillo allá dónde mire, y me parece realmente precioso. Es incluso cómico, Katniss Everdeen, la chica en llamas, con un vestido repleto de ellas. Creo que empiezo a entender cuando una chica que está de bajón va de compras para animarse. Comprarme el vestido para el baile me animaría bastante, aunque jamás compensaría el perder a Peeta. Ojalá pudiera comprármelo.
Encajo los dos tacones de color beis muy suave en mis pies y salgo tímidamente del probador.
Todos se quedan callados durante un rato, mirándome fijamente.
- Magnífico -dice Cinna al final.
- Gracias -susurro.
Me meto dentro del probador antes de que la gente encuentre de nuevo su voz y me halague. Con uno es más que suficiente. De verdad amo este vestido pero no podría pagarlo ni en diez años a plazos.
- Oh ¡hola Peeta! -oigo decir a Madge.
Sus sonoros pasos se acercan, mientras yo contengo la respiración. ¡¿Hola Peeta?! ¡¿Qué hace Peeta aquí?! Se supone que Capitol’s es tanto para chicas, como para chicos, ya que hay una sección de camisas, corbatas, cinturones y trajes en la planta de arriba, pero no veo a Peeta aquí. ¡Pero si antes de ayer rompí la poca relación que tenía con él! De conocidos, a nada. Un gran salto.
- Hola Madge, ¿qué tal? -dice, con una voz ronca y cansada. ¿Ese era él?
- Bien, eligiendo un vestido para el baile con Katniss -dice con su alegre voz. Ya está, ya tenía que abrir la boca y decir, «con Katniss». ¡Genial Madge!
- ¿E-está Katniss aquí?
- Sí, está en el probador ¡Ay! Se acaba de probar un vestido precioso, a ver si no se lo ha cambiado todavía -dice. Maldición, claro que no me he cambiado todavía. Puedo sobrevivir a base de ardillas y raíces, no ducharme en un mes, ser la cabeza de una familia de cuatro; pero no puedo escuchar y quitarme un vestido  la vez. Después de todo, quizás no sea lista. Perdón, es verdad, que eso había quedado claro desde un principio.
Oigo como sus rápidos pasos se acercan sin que Peeta pueda objetar nada. A mí sólo me da tiempo a quitarme un tacón.
- Katniss, sal un momento, por favor, que te quiero ver otra vez el vestido  rojo -ah, encima ni me avisa de que Peeta está al otro lado de la cortina. Que buena amiga tengo.
- Pero Madge… -empiezo a replicar, antes de que ella asome su cabeza al probador.
- Estás vestida, sal -susurra.
- No -susurro.
- ¿Por qué?
- No quiero salir.
Suspira y se retira. Me coloco de nuevo el tacón, para tener la cadera a la misma altura, y empiezo a bajarme la cremallera lateral.  La cortina se corre de golpe y me expone, cuando llevo unos diez centímetros.
¿Adivináis? ¡Katniss Everdeen, la chica en llamas!
- ¡Madge! -grito, sin atreverme a mirar a Peeta, mientras me subo la cremallera de golpe- ¡Que haces! -le grito, sílaba por sílaba.
- Venga, que no era nada.
- Serás…
- ¿A qué está preciosa? -pregunta, mirando a Peeta.
Él sólo asiente mirando al suelo.
Mis ojos vuelven a humedecerse, pero no sin antes desatar mi ira.
-Vete al infierno -le digo a Madge, con voz de niña.
Camino lentamente, gracias al peso del vestido y los tacones, largándome de aquí cuanto antes cargada con mi ropa y buscado a Cinna.
- ¿Pero ahora que he hecho? -la oigo decir desde lejos. No obtiene respuesta.
¡Por qué a mí! No podía tener una amiga normal, no, tenía que ser… Madge. Y encima Peeta me encuentra así vestida. Esto ya es el colmo.
Entro en otro probador y me cambio. Adiós vestido, adiós tacones, adiós Katniss elegante e incluso guapa. 

***


- Cinna, gracias por todo, el vestido y los zapatos son perfectos… -«pero es un presupuesto demasiado alto para mí», diría.
Pero esperar, es que Madge tiene que meter las narices en todo.
- Nos los quedamos -dice, mirándome, no sé, ¿tiernamente? ¿alegremente? A saber lo que desayuna esta chica para quedarse así -, y ese también -añade, señalando uno blanco pulido que cuelga elegantemente de una silla con purpurina dorada.
- Buena elección -dice, guiñándome un ojo. Le sonrío un poco como respuesta-. Octavia, por favor, acompáñalas a la caja, yo me encargo de los vestidos.
No me quejo, no digo nada. Porque sería inútil, frustrante y cansado. Cosas que yo no me puedo permitir con Peeta en el piso de arriba. No necesito que me compre el vestido. No necesito que me compre los zapatos. No necesito que se gaste una millonada en mí. Pero Madge no lo entiende, y lo peor, es que se lo puede permitir y le resbala.
Sólo me cruzo de brazos y espero a que cada uno cumpla con su parte, mientras que yo no tengo ninguna, a no ser que deprimirme por pensar en Peeta cuente.
Supongo que Cinna tardará un rato en empaquetar los vestidos para que no se estropeen por la nieve que cae fuera, Madge se ha entretenido con el maquillaje y Octavia le aconseja gustosamente sobre el tema, así que acabarán doliéndome los pies de esperar aquí plantada; lo más lógico es moverlos.
Visualizo las escaleras y subo escalón a escalón hasta que acabo en la planta de hombres, sin sentido alguno de haberlo decidido de antemano.
- ¡Oh Katniss! -exclama alguien detrás de una montaña de camisas multicolores.
Uff, sólo era Flavius.
¿Y qué habría pasado si hubiese sido Peeta? ¿Me habría echado a llorar? ¿A sus brazos?
Miro a los lados unos segundos, para ver si hay alguien (vale, Peeta) cerca. Con lo que chilla puede haberle oído cualquiera (vale, de nuevo peeta). Pero parece que no hay moros en la costa y me relajo, aunque sólo un poco.
- ¿Te has comprado el vestido llameado? ¿O el rosa palabra de honor con el chal? Te aseguro que si pudiera yo luciría el plateado con lentejuelas -pregunta y dice atropelladamente de forma alegre, juntando las manos delante de su cuerpo y moviéndolas de forma molesta.
- El llameado -respondo sonriente. Supongo mantener una aburrida conversación con Flavius sobre ropa, maquillaje y demás cosas de chicas hará que mi situación con Peeta parezca un cuento de hadas. Eso es bueno, ¿no?
- ¡Ese es estupendo! Estarás bellísima -se tira hacia atrás y arruga la nariz mientras me escanea-, con algunos arreglos.
- ¿Qué arreglos? -digo de forma un poco hostil. Creo que eso lo acobarda un poco.
- Ven, -dice mientras me empuja por los hombros- ven, ven. Sí no tengo prisa -¿eso no lo tendría que decir yo? ¿Me lo tengo que tomar a mal?
Me dejo llevar por esa mosca con purpurina llamada Flavius hasta un tocador plateado. Supongo que como estamos en la planta masculina reducen la cantidad de purpurina y lentejuelas del decorado. Pero eso sí, sin eliminarlo del todo. ¡Claro, sino qué sería de la estética de la tienda!
Flavius trae un pequeño taburete rosa metalizado de detrás del mostrador y me sienta a la fuerza.
- Entonces -dice, mientras toquetea mi pelo hasta deshacer la trenza-, ¿quién es el afortunado que te acompañará al baile?
Bum. Directo al corazón. Mis labios quieren decir Peeta, y mi cabeza quiere… mi cabeza quiere apagarse y antes arrancar el botón de encendido. « ¿Qué quién es el afortunado?» Buena pregunta. Si alguien tiene alguna idea, que me lo diga. ¿A Buttercup le quedaría bien un esmoquin?
Simplemente me callo. Miro como mis uñas están rotas y sucias y trabajo en ellas, luchando por no llorar, cosa que nunca se me ha dado bien.
Creo que Flavius me mira a través del espejo, incluso con cara de preocupación.
«No llores, Katniss, no llores» Ahora que tengo una razón para odiarlo, ¿por qué no funciona? ¿Por qué anoche desperté gritando su nombre, odiándolo por no estar ahí conmigo para consolarme, y hoy mi corazón vuelve a ser blando? Eso es, soy una blanda. Pero es que todo me aplasta y me ahoga, aunque, en cierto modo, ¿eso no debería endurecerme? ¿Reforzar lo que ya era? ¡No! «No llores, Katniss, no llores» ¡no, maldita sea, no!
- Los hombres no tienen corazón -dice con su voz de pito, resignado. ¿Él no es un hombre? No me atrevo a preguntar.
Levanto la mirada y sonrío a su reflejo, justo antes de romper a llorar silenciosamente, como si me hubieran quitado el sonido.
Mi pelo queda recogido en un precioso moño que intercala pequeñas trenzas.
- Gracias -susurro-.  Supongo que de todas formas yo no iría al baile con nadie que no fuera él, así que no tiene sentido culpar a todos los hombres de la faz de la tierra.
- Pero sienta mejor -dice.
Me permito reír entre lágrimas. Coge mis manos y las examina.
- ¡Podrías haberme dejado algo con lo que trabajar! -dice horrorizado.
- Lo siento -susurro.
Abre un cajón del tocador y saca una lima. Empieza a intentar que mis uñas parezcan uñas de nuevo. Pues buena suerte. Por cierto, ¿esto quién lo paga?
Saca unos botecitos de esmalte, un alfiler, y empieza a pintar.
- Le dije que me dejara en paz -rompo a llorar de nuevo-. « Supongo que ya no te debo nada, así que no hace falta que te acerques a mí» -lloriqueo, imitándome con voz grave. Lloro más- Es culpa mía.
- No, cariño, algo habría hecho -dice, comprensivo. ¿Por qué le cuento esto? Da igual, ya está dicho. Mejor acabo la historia y me desahogo un poco. Además, creo que a Flavius le gusta escuchar.
- Sí, daño -y salvarme. Me hizo daño, cierto, pero también me salvó y me trata de una forma... ¡Que contradictorio es todo! Necesito hacer una bola con la blusa, metérmela en la boca y gritar hasta que no me quede voz. O matar algo con el arco. Creo que lo de la blusa es imposible aquí, ya que me tomarían por loca (aunque quizá lo esté), y deshabitaría el bosque entero antes que desahogarme del todo.
- Voy a por una base, que no puedes salir así de roja a la calle.
Y se va. Bueno, quizás no tenga sentimientos, o cerebro, una de dos. O por un oído le entra y por el otro le sale.
Me quedo obedientemente sentada en el taburete, mirando como una llamita adorna cada una de las diez uñas. Pues sí que parecen uñas. Y también es verdad que tengo la cara roja. Como un tomate. Y los ojos. Así parezco una granada elegante.

- Katniss, estás preciosa -dice bajito Peeta.

viernes, 3 de enero de 2014

Capítulo 7: Adiós, Peeta Mellark

Suena el estridente primer timbre, y Haymitch se asoma al pasillo, esperando a sus nuevos alumnos para meterles prisa y que entren rápidamente a los vestuarios.
- … te veo luego -cambia Peeta. Me besa en la frente y se va.
Yo me quedo helada en el sitio.
Rozo con la punta de los dedos el lugar exacto donde sus labios han rozado mi piel, y sonrío inconscientemente.
Me recompongo cuando oigo algunos pasos venir por el pasillo.
Una chica bella, muy bella. Rubia, con ondulaciones hasta el pecho, piel fina, ojos azules claro y cuerpo, en general, delgado. Es de aquí, está claro que es de aquí, pero su belleza es parecida a la de… Madge, aunque esta chica tenga el pelo ondulado y denote más. Me mira disimuladamente, pero pasa de largo y entra en los vestuarios de mujeres.
Al cabo de unos segundos una tromba de alumnos pasa también, y yo entro en el estudio para resguardarme.
Haymitch me mira sin tapujos el rato que tardo en llegar hasta el estudio y entrar.
- Buenos días de nuevo, preciosa.
Le gruño como respuesta. Creo que esta, nuestra relación, es así. Puede que no sea cariñosa ni amable, pero sé que me permite ser así y yo le permito ser así porque nos aceptamos y, aunque me cueste decirlo, nos parecemos. Creo que le estoy empezando a coger cariño, un cariño violento y desagradable, pero en algún rincón dentro de mi más profundo, profundo, profundo ser, es cariño de verdad.
Se gira y le grita a alguien que “mueva literalmente su culo más deprisa hasta los vestuarios”. Genial. Me coloco junto a la barra y, cansada de esperar y escuchar a Haymitch desvariar y gritar a todo lo que se mueva en ese pasillo (cosa que le divierte), me siento en el suelo y empiezo a estirar.
La chica rubia entra al cabo de unos segundos y se sienta a mí lado. También empieza a estirar.
- Soy Katniss -escupo amablemente. Debo aprender a hacer amigos ya, urgentemente. Además, esta chica, no sé porque, me parece una buena persona por la que empezar.
Levanta la cabeza y me mira con los ojos abiertos, como si estuviera extraña de que hablara con ella en vez de con la pared, o incluso Haymitch.
- Maysilee Donner -dice, y finalmente saca una sonrisa. Creo que le cuesta tanto como a mí, pero no me voy a dar por vencida tan fácilmente. No creo que yo le caiga mal fatal.
- ¿Bailas desde hace mucho? -pregunto.
- Mis dieciséis años -contesta.
Cambiamos de postura sonriendo.

***


Me paso el jersey por la cabeza y recojo todas mis cosas del vestuario.  Haymitch nos ha dejado salir diez minutos antes porque habíamos acabado y, bueno, porque «¡Quizás si descansáis bien mováis mejor vuestros culos mañana!». De nuevo, genial.
Me despido con una sonrisa de Maysilee.
- Espera, yo también estoy -dice, saliendo a toda prisa.
Caminamos en silencio, aunque uno cómodo, no tenso. Una de las cosas buenas de Maysilee, es que no te agobia. Recorremos todo el pasillo, pero me paro en la puerta de lucha libre un segundo.
Peeta está alrededor de un corrillo, hablando riendo y, de vez en cuando, pegándose (en  broma) mutuamente con otros chicos. Sonríe y disfruta, de verdad, y es él mismo. Entonces yo sonrío como una tonta retrasada.
- ¿Voy yendo a clase? -dice Maysilee.
- Oh -me giro-, sí, perdón. Lo siento, es que… -mejor me callo. Maysilee ríe un poco, porque parece haberse dado cuenta-. Sí, por supuesto. ¿Cuál tienes?
Pregunta tonta. Las dos sacamos el horario de nuestras mochilas, después e rebuscar cinco minutos de reloj. ¿Cómo va a saberse el horario el primer día de clase? Tonta, tonta, tonta.
Los chicos arman más barullo de lo normal (que ya es decir). Veo de reojo cómo se acercan para dirigirse a las duchas.
- Biología.
- Biología.
- Perfecto -dice. Las dos sonreímos-. Te veo allí. ¿Tercera fila del laboratorio?
Los chicos empiezan a salir, y no huele precisamente a gloria. Maysilee arruga la nariz.
- Encantada -contesto.
- Adiós -dice, y se escabulle, tapándose la nariz, antes de que pueda contestar siquiera.
- Mellark, mañana no te me resistirás -oigo a mis espaldas.
Me giro y veo a un chico musculoso, de pelo cobrizo, ojos como el mar y sonrisa juguetona, venir hacia mí. Puede que sea algún tipo de semidiós griego barra guapísimo, pero yo sólo tengo ojos para el ángel rubio que le acompaña.
- En tus sueños Odair -contesta Peeta.
Cuando levanta la mirada y me encuentra aquí, de pie, creo que sí que parezco esa lapa acosadora. En vez de eso, sonríe todavía más y acelera el paso.
- ¡Peeta, que no es una carrera! -le dice el otro chico. Estalla a reír, mientras Peeta arde conmigo y rebaja el ritmo.
¡Katniss Everdeen y Peeta Mellark, los chicos en llamas! Otra vez, genial.
- Hola -digo tímida, gracias al comentario del supuesto semidiós.
- Hola -dice, en el mismo plan.
Semidiós Odair le pega un golpe en la espalda.
- ¿Katniss? -dice.
Asiento, un tanto perpleja.
- ¿Nos conocemos? -pregunto, insegura. Creo que recordaría a este chico si lo hubiera visto antes, pero por preguntar, no pierdo nada.
- No tengo el placer -dice-. Sólo sé que eres la chica con la que Peeta me ha comido la oreja toda la hora -suelta.
De nuevo, ¡Aquí está, Katniss Everdeen, la chica en llamas!
- Genial Finnick, gracias -le susurra Peeta.
- No hay de qué, para eso estamos. Bueno, voy a ducharme. Encantado de nuevo, Katniss.
- Lo mismo digo -contesto, intentando que parezca que no me ha afectado nada de lo que ha dicho.
Se aleja, más contento de lo que ha llegado, mientras Peeta y yo guardamos silencio.  A ver quién es el listo que rompe el silencio con algo que no sea incómodo.
De hecho, yo no soy lista.
- ¿Qué clase tienes ahora? -pregunto. «Bien, Katniss, bien. Ni frío ni caliente»
- Ehhh… Biología -contesta.
- ¿Es una broma? Yo también -bueno, parece que hoy todo el mundo ama Biología.
- Genial -dice. «Frío, frio, Katniss»
- Bueno, no te entretengo más -«Muy bien, tú sigue metiendo la pata»-. Quiero decir-empiezo, gesticulando torpemente-, ahora, para que te duches, no en clase -los nervios nunca han sido buenos-, o sea, a ver, que no es que piense que te he entretenido en clase, es sólo qué…
- ¿Apesto? -dice sonriendo.
- Sí -suspiro-. Quiero decir ¡no! No, no, claro que no, sólo… mejor te dejo tranquilo -me rindo.
- Tranquila, Finnick crea el mismo efecto en todas -dice.
- ¿Crees que ha sido Finnick? -pregunto incrédula. Luego lo pienso mejor y me muerdo la lengua mientras se me encienden las orejas.
- ¿Quién iba a ser sino? -pregunta sonriendo. Lo que me temía.
- Ve a ducharte -le digo riendo, dándole un puñetazo flojo en el brazo por la pregunta.
- Vale, vale… -y cuando creo que se va…- ¿Tan encantador soy? -me susurra en el oído. Mi piel se pone de gallina mientras me recorre un escalofrío, y tengo que recurrir a morderme de nuevo el interior de las mejillas.
- Parece que tanto como yo -contesto. Jaque mate.
Le regalo un inesperado beso (tanto para él como para mí) en la mejilla y me largo, de nuevo ardiendo en llamas.


***


Me siento al lado de Maysilee, como ella había dicho, en la tercera fila.
- Hola -digo.
- Hola -pongo mis cosas sobre la mesa y ella mira al frente mientras pregunta, así que el contacto visual es inexistente-. Oye, -se aclara la garganta-, ¿a quién esperabas?
Me quedo un momento quieta, pero luego saco el último trasto de la mochila y por fin me permito sentarme en el taburete y abrir la boca.
La clase está dividida en mesas por parejas. Cada mesa tiene un enchufe, un microscopio, un pequeño grifo con agua no potable y dos pequeños taburetes de plástico y metal delante. Incluso se han permitido el lujo de instalar una incubadora (que nadie usa desde hace años, por pena a los huevos) y, a parte de la pizarra normal de tiza, una pizarra eléctrica que se puede conectar a un ordenador y así ver aburridos documentales o párrafos de teoría pertenecientes al libro de texto normal, pero más grandes y pixelados. Es táctil y, por supuesto, todo lo que hay en la sala es de ese horroroso color verde lima.
- Esperaba a Peeta Mellark.
Que justamente entra por la puerta en ese instante. Recién duchado, sin sudor, ni nada maloliente, está mejor todavía.
- Hablando del rey de Roma… -le susurro a Maysilee.
- ¿Ese es Peeta? -me susurra a la vez.
- Sí -susurro.
- Es que soy nueva, y no conozco a nadie. Bueno, ¿conoces a Madge Undersee? -asiento-, pues en realidad somos primas, aunque no hablemos mucho -dice. ¿En serio?
Peeta pasa por mi lado y me saluda. Le devuelvo el saludo y veo como se sienta detrás.
- Tranquila, yo te conozco a ti y a cuatro más, y llevo unos siete años aquí.
Las dos soltamos una risita y me pongo manos a la obra, porque me cae bien esta chica.
- Ah, este es Peeta -digo, señalándole con la mano-.  Y esta es Maysilee -le digo a Peeta.
- Encantado -dice Peeta con una sonrisa.
- Lo mismo digo -contesta Maysilee.
Aparece inesperadamente por un costado de mi campo de visión Finnick, que se apresura a sentarse al lado de Peeta, detrás de Maysilee. En serio, ¿por qué todo el mundo ama Biología?
- ¡Muy bien, gírense todos y presten atención! -vocifera la profesora.
Oigo el ruidito de la tiza al estrellarse contra la pizarra.

***


- ¿Vienes? -me pregunta Peeta.
Sigo parada en el pasillo, decidiendo si me compensa entrar en la cafetería y ver a Madge, Gale y Delly, aunque crea que esta última es inofensiva.
- ¿Voy? -digo.
Se acerca y es ahora él el que me aprieta los hombros para consolarme.
- Vienes -afirma.
- No me apetece que me regañen como si tuviera tres años-digo.
- ¿Por qué iban a hacerlo?
- Ayer me comporté… me agobiaron y escapé, en vez de enfrentarme a ellos -(más bien a Madge).
- De acuerdo… sabes que yo no lo haré -dice. Esbozo una triste sonrisa.
- Lo sé.
Me suelta repentinamente, asustándome.
- Lo tengo, ahora vuelvo, espera aquí -dice, y echa a correr hacia la cafetería.
- Vale -me da tiempo a susurrarle al aire.

Vuelve al cabo de unos cinco minutos, no más. Carga con su mochila, tal y como se ha ido. Supongo que querría hablar con algún amigo de algo, aunque no le veo el sentido, porque no pienso arrastrarle a mi soledad.
- Vamos -dice, justo cuando llega a mi lado de nuevo.
- ¿A dónde? -digo, mientras me coge de la mano y enlaza nuestros dedos.
Estoy cansada de anunciar la llegada de la majestuosa e inolvidable Katniss Everdeen, ¡La chica en llamas!
- Ahora verás, es una sorpresa.


***


Caminamos de la mano unos diez minutos, y creo que sé a dónde nos dirigimos. Creo que lo sé porque yo también adoro la pradera, y podría describir el camino con los ojos cerrados. Adoro cómo el viento mece las hierbas altas que te rodean, y acaricia tu rostro hasta formar una sonrisa. Cómo, si sabes dónde buscar, encuentras todo tipo de moras, frutos e incluso fresas, en el bosque que la rodea. También hay buenas piezas de caza, muy abundantes, pero eso ya son cosas mías, de cazadora.
Al final dejamos el camino de tierra por el que avanzábamos y nos adentramos un poco en el bosque. Peeta sería un blanco fácil. Lo sé porque estoy segura de que ha espantado a todos los conejos en quince quilómetros a la redonda. Es un pelín torpe a lo que caminar por el bosque se refiere, aunque no es justo compararlo conmigo, una cazadora nata, y mucho menos con Gale, que resulta espeluznante cuando avanza por el bosque. Además es un tramposo excelente. Fabrica y planea trampas con una facilidad e ingenio indiscutibles. Tiene un talento especial para saber por dónde cruzará la presa el sendero, al igual que yo puedo derribar con un arco a mi enemigo en la oscuridad de un solo disparo. Somos así, llevamos la supervivencia en la sangre, no podemos hacer nada por remediarlo, ni queremos. Son dones útiles.
Y por fin llegamos a la pradera, coronada por cientos de florecillas, a pesar del imperdonable frío que acosa siempre estas tierras. Los dientes de león se alzan y menean diminutos, gracias al fresco viento proveniente de las montañas.
- Es perfecto -dice, inhalando el helado aire. Le imito. Siempre lo hago cuando voy al bosque, porque opino que es una de las sensaciones más placenteras que una puede vivir.
- Siempre ha sido perfecto -digo yo, mirando cómo a pocos quilómetros de aquí se alzan Los Apalaches, nevados, elegantes e imponentes. Allí trabaja mi padre, pero bajo tierra. Él adora esto tanto o más que yo, y no me lo puedo imaginar encerrado en esos túneles, golpeando una veta de carbón día tras día doce horas, junto a otros hombres poco agradables, porque allí nadie es amable. Literalmente, ninguna persona cuerda amaría a ninguno de los hombres que trabajan en la cuadrilla junto a mi padre. Puede que en otras vetas sea distinto, pero no en la de mi padre. Bravo.
Noto como el agujero de mi estómago vuelve  a abrirse, y le mando ánimos silenciosamente desde aquí.
Seguramente tendré la punta de la nariz colorada por el frío, pero no me importa. Supongo que confío en Peeta. Me tira de la mano, y me doy cuenta de que tenía los ojos cerrados. Damos cuatro pasos vagos y nos sentamos en un saliente rocoso, desde el que se ve todo el valle. Sí, perfecto es la palabra idónea para describirlo.
Cuando asiento el culo en tierra firme nos soltamos de la mano (mala suerte) y Peeta rebusca en su mochila, hasta que por fin saca dos manzanas. Así que por eso había entrado en la cafetería.
Me tiende una. Parece que hoy me alimentaré sólo a base de esta dulce fruta, ya que he desayunado lo mismo, y me parece buen tentempié para llevar al bosque esta tarde. Llena bien el estómago, no ocupa demasiado espacio en el zurrón, es ligera para cargar y también muy sana y nutritiva.
- No hacía falta -digo-. Pero gracias -añado, agarrándola.
- No podía raptarte y no darte algo de comer -dice antes de morder la suya.
Le sonrío mientras muerdo yo también.
- ¿Habías venido antes? -pregunta.
- No hay lugar que me resulte más familiar -contesto, mirando de nuevo sobre el saliente, las faldas de la montaña.
De repente me da por arrancar un diente de león que crecía cerca de mí. Lo observo detenidamente, tan amarillo, tan fresco y que me recuerda tanto a Peeta. Me giro para mirarlo, y veo que él me observaba a mí, con esa mirada suya nostálgica. No me miraba a mí, miraba el diente de león.
- ¿De verdad no lo recuerdas? -le acuso más que pregunto.
No responde, sólo evita mi mirada adrede.
- Ese diente de león desencajaba entre tanto lodo, ¿verdad? -digo, mirando al frente, al vacío; tal y cómo me siento yo.
Puede que él sea el diente de león, y yo el lodo.
Me levanto y tiro la manzana a ninguna parte. Ya me da igual. ¿Por qué me ha mentido? ¿Por qué me siento traicionada? Él nunca firmó ningún papel jurando fidelidad, pero como ya dije, doler, duele igual. Y también sabía qué el amor duele, y que los chicos son los culpables. ¿Por qué no podría amar simplemente a un perro, una garrapata o incluso, a Buttercup? «No, tú coges y te enamoras de un chico» Bueno, supongo que si me enamorara de Buttercup sería preocupante, y enamorarse de un humano es más normal, pero es que… Ya he pillado que está no es una historia feliz. Puede que tenga un final triste, uno agridulce, o incluso uno feliz, ¿por qué no? La historia puede ser complicada, pero al final todo puede salir bien, ¿no? Yo ya no sé qué creer. Quizás la vida es una gran mierda y punto. Sí, este valle es perfecto, y la vida es una gran mierda.
Empiezo a caminar en dirección opuesta a Peeta, en dirección de vuelta al instituto, porque sé que por mucho que Madge sea como es, me quiere y me apoyará, y tampoco dudo de Gale por nada en el mundo. Lo que pasa es que puede que Gale le arranque la cabeza a Peeta. No, a Gale le pega más dispararle dardos con alguna de sus trampas o cavar un hoyo en el suelo y cubrirlo de hojas para que Peeta caiga dentro de culo. Pero es que yo tampoco quiero eso. Por mucho que intente cambiar, no puedo dejar de, de… de amarlo.
- ¡Katniss! ¡Espera! -grita Peeta. Oigo cómo se levanta del sitio y camina hacia mí.
Sólo acelero más. En cuanto cruce la primera fila de árboles, habré escapado. Una ágil cazadora huyendo en el bosque, contra un chico que no podría ser más torpe si cojeara. Pero me alcanza. En campo abierto, me gana. Maldita sea. Me agarra por el brazo derecho. Yo pego un tirón y me revuelvo, pero su agarre de acero se recupera a los pocos segundos. Malditas bandejas de la panadería.
- ¡Déjame! -le grito. ¿Cuándo he empezado a llorar?
- Por favor, para, déjame expli…
- ¡Suéltame! -le interrumpo- ¿Por qué no me dejas en paz? -suplico. Sí, confirmo que estoy llorando desde hace un rato.
Se para.
- Katniss -dice en voz baja. Sólo puede decir eso. Esa mirada y expresión de tristeza me… me mata por dentro.
-¿Era esto lo que me tenías que decir? -menea la cabeza, negando. Vale, cambio de táctica- ¿Por qué? -consigo decir, con voz de niña pequeña- ¿Qué he hecho mal?
Me acerca más a él y me habla mirándome a los ojos. Los suyos también contienen lágrimas.
- Ya te dije qué…
- ¡No! -interrumpo, furiosa. ¿Hasta qué punto cree que soy tonta?- Algo tendré que haber hecho para qué…, para qué…
- ¡Tú no has hecho nada! -exclama.
Los dos nos callamos. No creía que él me pudiera gritar así, nunca. Si tuviera una urna cerca, la tiraría hasta romperla en mil pedazos.
-¡Gracias! -grazno- Ya está, gracias, por lo que hiciste -pego un tirón con el brazo y me suelto, ya que él está mirándome, de un forma tan triste y cansada, que no creo que tenga más ganas de luchar inútilmente-. Supongo que ya no te debo nada, así que no hace falta que te acerques a mí.
Me dirijo hacia el bosque para volver a clase, no sin antes ver cómo una lágrima caía por su mejilla.
Cansada, triste y hundida. Parecía que hoy iba a ser un buen día. Me equivocaba, como siempre.

Voy a echar muchísimo de menos a mí chico del pan.




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