domingo, 20 de abril de 2014

Capítulo 13: Miss you in a heartbeat

Hola chic@s!! ^^
Este capítulo no ha tardado mucho más de lo que se había previsto... ueeeeeeueeeueueuuueeee!!! Genial; de momento. Cuando lo leáis, de otra historia hablaremos. La verdad, no sabía cómo titularlo; no encontraba nada lo suficientemente triste y demoledor. Me he copiado en el título de una canción triste, lo confieso. Traducción: Perderte en una latido de corazón. Bueno, me contáis qué tal en cuanto lo acabéis. Me encantan vuestros comentarios!!! ;)) Un detallito... los que uséis Internet Explorer y no Chrome, podéis tener problemas técnicos a lo que apariencia estética del blog se refiere. Os recomiendo que uséis el otro navegador web, ya que la fuente de la letra es mucho más clara, como se suponía originalmente. No me enrollo más... BESIS!!!!


Capítulo 13: Miss you in a heartbeat

Peeta no se acerca. Por el contrario, se aleja. Tranquilamente, deja las bebidas que nos había conseguido en la mesa, y camina hacia la puerta que da al pasillo. Lo veo pellizcarse el puente de la nariz y pasar el dorso de la mano sobre su mejilla antes de que la puerta se cierre tras él.
No monta una escenita. Yo, por supuesto, sí.
- ¡No! -grito, antes de casi arrancar la puerta de cuajo y embestir a cualquiera que se encuentre en mí camino.
Los estudiantes me miran un momento extrañados o se quejan vagamente, pero después siguen bailando como si esa chica loca no corriera a través del gimnasio como si el mismo diablo le pisara los talones. Creo divisar a Maysilee como un puntito vestido con seda coral al fondo de la habitación, pero no es eso lo que me importa ahora mismo y no me paro a echar un vistazo dos veces.
Es como si mi vida pendiese de un hilo con tan sólo esa mirada, a través del cristal, del ruido, de la gente, del calor, de todo. Me ha roto el corazón, con sus ojos azules. Y no sé si, recuperándolo o no, podré perdonar Gale por ello algún día.
La puerta golpea violentamente la pared del pasillo cuando la abro. En el gimnasio, nadie se percata. En el pasillo, vacío, parece que haya derribado el Hancock.  Jadeo, pero no paro. Las luces,  algunas de ellas apagadas, tintinean por culpa de algún fallo eléctrico, y me pregunto si algo tendrá que ver con el temblor anterior del suelo. Teorías estúpidas de una chica estúpida.
Me decido por comenzar  la búsqueda de Peeta girando hacia la derecha. Subo las escaleras después de revisar el pasillo, y nada. Corro, revisando todas las clases con una rápida mirada, pero sólo se escucha el pulcro silencio de un instituto sin alumnos, mis tacones y su eco. Bajo, limpiando mis lágrimas bastamente con el dorso de la mano. «Lo vas a encontrar. No te ha dejado. Puedes recuperarlo». Además, yo no quería ese beso. Esta tarde, he sido débil, pero no esta noche. Y quiero a Peeta, y lo sé, y no necesito más que encontrarlo y decírselo. Dos simples palabras, que cambian todo. «Te amo». «Te quiero». Al final, son lo mismo. Me conformo con cualquiera de las dos posibilidades. Sólo me falta el chico de ojos azules.
Bajo de nuevo a la planta baja. Se puede oír las pullas y bravuconadas de los chicos en el vestuario masculino, bebiendo a chorro de un barril de cerveza que ellos mismos se han facilitado. Poco original. Al menos, no me siento tan sola en estos pasillos. ¡No, no estoy sola! ¡Peeta debe andar cerca! Y yo, voy a encontrarlo.
Recuerdo. Recuerdo mi conversación con Haymitch. Y otras cosas de Haymitch, menos agradables. Pero me centro en su risa, después de que yo denominara a Peeta como ‘amigo’, al presentarlos. ¿Rio por qué sabía que le quería? O… ¿puede que Peeta me quiera… me ame? Después de todo, nunca ha dicho la palabra con A. Espera; Haymitch… Peeta… Haymitch y Peeta. ¡Eso es! ¡Haymitch y Peeta! ¡El lugar donde hablé con Haymitch y Peeta me consoló! ¡Allí debe encontrarse! Es un lugar más apartado, pero cercano, y… entre estos pasillos.

***


Sus dos zapatos negros y encerados resplandecen justo cuando estaba decidida a cambiar de opinión y dar media vuelta. Si fuerzo la vista, veo sus mechones rubios al final del pasillo, como si el mismo sol amaneciera entre la oscuridad. Desde luego, a mí me ilumina.
De repente, me siento vieja y cansada. Me quito los tacones y los dejo bien colocados en el suelo. En cuanto mis pies tocan las frías baldosas, vacilo. Yo antes era segura. ¿Por qué no ahora? Porque… ¿y qué pasa si me deja? ¿Si me dice que no me ama? ¿Si ni siquiera me mira? ¿Y si me odia? No. Las preguntas han nublado mi juicio demasiadas veces. Ya estaba decidido. «Le quieres, se lo dices, y que él decida». Allá voy. Desde luego pensarlo así, parece fácil.
Camino hacia a él, silenciosa como un fantasma. Me hago un ovillo, sentada a su lado. Apoyo el mentón en las rodillas y comienzo.
Yo no le he besado -declaro. Empiezo con algo fácil.
Espero, pero no contesta nada. Al menos, no ha huido. Me sudan las manos, incluso retomo la cobarde idea de marcharme, hasta que suspira, levanta la cabeza y me mira a los ojos.
Tranquila -dice, con una sonrisa triste-. No me debes nada, Katniss.
¿Perdón? Eso, desde luego, me ha sorprendido.
Sí; te debo todo. ¿No lo entiendes? No quiero besar a Gale, o a cualquier otro. Yo sólo quiero besarte a ti, Peeta. Quiero estar contigo. De hecho, te quiero, cosa que no le había dicho a nadie. Te quiero Peeta Mellark, y tú has estado conmigo, y si eso no es suficiente como para deberte algo, no sé qué lo será.
Cojo aire y siento como los nervios me hacen temblar. Las luces del pasillo dejan de parpadear y se encienden.
- Pero… pero esta tarde me he dejado llevar -continúo, con voz rota. Las lágrimas salen, como siempre. No, como siempre no, porque ahora no las oculto; es lo último que me importa en este momento-.  ¡Casi le beso, Peeta! ¡Dios! Soy… -me cubro la cara con las manos- lo siento… lo siento mucho…
Se hace el silencio, entre mi llanto, los gritos de los chicos borrachos del vestuario y la música amortiguada del gimnasio.
Al cabo de unos segundos, Peeta se decide a hablar.
- Tú… ¿querías besarlo? -pregunta con voz ronca, con sus nudillos blancos.
- En ese momento… -hora de probar… qué tipo de persona soy- sí -reconozco.
Suspira, cansado. Tengo unas incontrolables ganas de llorar más, si cabe.
- Y… ¿me quieres?
Abro la boca, pero Haymitch se me adelanta.
- Creo que tendremos que esperar para saberlo.
Los dos lo miramos, sorprendidos. Espero a que diga algo arrogante, pero tan sólo veo asomarse a Effie por su espalda.
- Katniss, acompáñanos por favor -dice Haymitch, totalmente serio. Por primera vez; sí, serio.
- ¿Nada de preciosa? -pregunto, enarcando las cejas y limpiando mis lágrmias. Esto, es lo que provoca el estrés.
- Sabía que estabais hechos el uno para el otro -dice Effie, juntando sus manos como una niña pequeña ante una piruleta. Me pitan los oídos a causa de su voz aguda.
Los dos, Peeta y yo, nos levantamos, aunque no abandonamos nuestra posición.
- Effie -gruñe Haymitch-, no es el momento.
Ella solo frunce sus labios, pintados en morado claro, y no replica.
- De acuerdo, esto sí que es raro -digo.
- Katniss, es importante.
- ¿No podéis esperar?
- Da lo mismo -dice Peeta-. Necesito… pensar.
Le miro, y me devuelve la mirada. En sus ojos no encuentro nada que pueda darme un miedo extremo; puedo que después de todo, no me abandone.
- Vamos -murmuro, recogiendo mis tacones. Empiezo a avanzar por el pasillo, y Effie engancha nuestros brazos, como si fuera una de sus, seguramente, chillonas amigas íntimas. Me da un pequeño apretón y empieza a hablar sobre lo bonito que es el vestido, lo acertado del peinado y el esplendor del maquillaje. Debe haber pasado algo realmente grave.
- ¡Peeta! - oigo como le llama Haymitch. Me giro lo justo para ver que le dice algo más, un susurro corto, que lo hace palidecer inmediatamente. Effie me obliga a mirarla para charlar sobre banalidades, pero sospecho que no quiere hacer más que distraerme de la charla entre aquellos dos y la reacción de Peeta. Éste, por su parte, cambia de idea y camina tras nosotras, junto con Haymitch.
Y ahora, es cuando realmente me preocupo. ¿Qué habrá podido pasar? ¿Mi familia estará bien? No puede ser nada más. No me importa nada más. Casa, ahorros, propiedades… cosas que tenemos  o no, pero a buen recaudo. O quizás, yo sea una alarmista y haya algún fallo en mi matrícula, expediente o tecnicismo escolar. Pero entonces, ¿qué pinta Peeta en todo esto?
Bajamos a la planta baja, y el volumen de la música del baile sube crecientemente, hasta provocarme un ligero dolor de cabeza. Me froto la frente y ejerzo presión, con la esperanza de deshacerme del dolor, pero persiste. Aunque parece esfumarse cuando Peeta enlaza sus dedos con los míos. No me atrevo a mirarle, simplemente disfruto del pequeño contacto y me aferro a él como si mi vida dependiese de ello; de hecho, mi felicidad lo hace.
Giramos unas esquinas, caminamos unos minutos más y pronto sé que nos dirigimos hacia ‘el pasillo de los profesores’. Allí, se sitúan la oficina de Effie, conserjería, el despacho del director, la sala de profesores y otros lugares frecuentados por los profesores y demás personal del centro, como la enfermería y los archivos de expedientes. De ahí, que sea ‘el pasillo de los profesores’. Todas las luces se encuentran apagadas, pero me corrijo cuando el agarre de Effie se tensa cuanto más nos acercamos al despacho del mismísimo director Snow. Wow, que honor. Me atrevo a mirar a Peeta. Se muestra inexpresivo; si no lo conociese, diría que tranquilo. Pero una vocecilla me dice que no. No algo tan obvio como la tensión de Effie, cosa que no me asusta, sino otro tipo de tensión; la procesión que se lleva por dentro. Eso, sí me asusta.
Effie y Peeta me sueltan a la vez, de manera calcula y mecanizada. Me contengo de susurrar un tembloroso «¿Qué pasa?», más concretamente un «¿Qué pasa conmigo?». ¿Qué puede ser tan grave como para que Peeta, al que he hecho daño, mucho daño, me acompañe y muestre su apoyo, aunque de una forma más distante? ¿Cómo para que Effie no me insulte de la forma más absurda? ¿Cómo para que Haymitch no sea un borde de mucho cuidado?
Todo ello se va de mí cabeza cuando el director Coronalius Snow me mira con sus ojos de serpiente tras su escritorio. Me recorre un escalofrío, y me quedo parada en el umbral de la puerta, todo lo lejos que puedo estar de ese hombre. Peeta pasa sus manos por mis brazos y me besa en la nuca justo antes de empujarme a dar un paso, hasta que uno tras otro, nos sentamos frente al director.
- Señorita Everdeen, tengo algo que contarle. ¿Quiere un vaso de agua? -niego, aunque el agua me vendría bien. De acuerdo, necesito el agua; no es normal que no sea capaz de producir una gota de saliva.
- Por favor -murmuro, rectificando. Lentamente, se levanta y llena un vasito de plástico de un tanque de agua colocado a tras él, como el de cualquier oficina. Le clavo las uñas a la silla mientras intento disimular mi expectación y preocupación-. ¿Por qué me ha hecho llamar?
Con tranquilidad, deja el vasito sobre el escritorio. Lo recojo y bebo un trago, pequeño.
- No es algo fácil de decir, señorita Everdeen. Y, créame, lo siento mucho -mientras habla, me llega un nauseabundo olor a sangre, y agradable sería decir que leve. Por otro lado, el perfume de la rosa blanca prendida en su chaqueta me noquea. Bebo otro sorbo de agua, intentando despejarme. Me tiembla la mano cuando vuelvo a dejar el vasito en la mesa-. Una de las minas situadas en los Apalaches ha explosionado -niego repetidamente con la cabeza, las lágrimas bañando ya mis ojos. «No puede ser cierto… Él llegará hoy a casa, y estará bien» me digo. Sé, que puede ser una gran mentira piadosa hacia mí misma, pero aun así, me aferro a ello-. Todavía no se han detallado los motivos -prosigue-. El caso, es que, sí puedo confirmar que… muy a mí pesar, su padre, ha fallecido.
- No... -murmuro con voz aguda, encogiéndome en la silla. Nadie me toca, nadie dice nada. Y la verdad, es que lo prefiero así. Disculpas sin sentido por parte de gente que no lo conocía y consolaciones baratas no son, precisamente, lo que necesito ahora. Lloro sin control detrás de mis manos, como si así una cortina me ocultara la placentera mirada de Snow. Entre explosiones, imágenes de mi padre, recortes de canciones susurradas días de caza con él y secuencias de Prim y mi madre, desconsoladas, me vienen a la cabeza las palabras de Peeta «jamás -me susurró al oído- te harán daño». Y yo, como una tonta, le creí. La furia hierve dentro de mí, avivada por el dolor y la desesperación. Ansío con todo mi ser darle un último abrazo, y no podré. Escucharlo cantar la canción que quiere… quería, que yo le cantase a mis hijos; En lo más profundo del prado. Cosa que no haré; tener hijos, digo. No les condenaré al dolor que significa venir a este mundo.  Dolor, del que nadie me ha protegido, como me dijo- mentiroso -susurro entre jadeos y lloros. No hacia Snow. Eso, va para mi “falso protector”.
Bruscamente arrastro la silla hacia atrás y, de un salto, escapo del despacho y de todas esas miradas.

***


Golpeo las taquillas mientras corro sin rumbo por los pasillos. Sé que, aunque haya analizado la situación antes de actuar (cosa que me ha dado ventaja), Peeta corre detrás de mí. Haymitch ha dejado de hacerlo cuando, después de recorrer tres pasillos, le ha faltado el aire. Era de esperar. Y, por primera vez, me percato de lo que necesito un abrazo de este hombre, como si fuese una especie de consuelo barato.
¿Lo habrán hecho? ¿Mi hermana y mi madre estarán informadas? ¿Tendré que hacerlo yo? Lloro más solo ante la menor idea de llevar a cabo la tarea. Cosa que, en realidad, es responsabilidad mía. Debo concentrarme, y pensar en qué hacer, pero… sólo imágenes de sus gritos ahogándose bajo la nube de polvo y las rocas, sepultado o estallando en mil pedazos, sus ojos dejando de brillar, acuden a mí mente.
- Necesitas un taxi -me aconsejo, sin aliento.
Freno por culpa del vestido, ya que una de las lágrimas que forman las llamas se ha enganchado con el respiradero de una de las taquillas. Pego un tirón en el sitio, pero es inútil. Retrocedo para desengancharla como es debido y liberarme, previendo la situación. Espero que algún día aprenda a controlar mi ira; hoy, no es el día, y lo sé. Y eso, no es un final feliz, ya que Peeta es el que gira la esquina y se arrodilla junto a mí, y no otro que no me importe. Aunque ahora, sólo me importa mi padre… mi hermana y mi madre.
No puedo soltar la maldita gema de la taquilla, y me echo a llorar ante mi impotencia. De nuevo, sí.
- Katniss… -susurra Peeta, antes de abrazarme. Me echo a sus brazos y lloro, mojando con lágrimas saladas su cuello. Pero parece no importarle. Entonces, mi memoria hace ‘clic’, y le aparto de un empujón. Su mirada es… devastadora para mi corazón. Lo que pasa, es que mí corazón no es el que habla, sino yo.
 - ¡Vete! -grito, aunque parece más un aullido lastimero de algún animal- ¡Prometiste que no me harían daño!
- Por favor… -dice antes de que le corte, sus ojos también conteniendo lágrimas. Yo, derramo más por ello, aunque no vaya acorde con mi actual comportamiento.
- ¡No! ¡Vete! ¡No puedes pararlo! ¡Está muerto! -grito, furiosa entre lágrimas, después de que me claven un sedante. Espera. ¿Un maldito sedante en mi espalda, cómo en las malas películas americanas? Me siento demasiado furiosa como para que eso me detenga- ¡Mentiroso! Eres un mentiroso… eres… eres un… mentiroso… eres… eres… un… mentiroso… eress…
Las esquinas de mí visión se vuelven borrosas durante un instante. Después, me da igual morirme aquí, allí o más allá. Ojalá la jeringa fuera para eso. Sólo quiero hacerlo. Volver a ver su sonrisa, escuchar su voz, murmurar un ‘te quiero, papá’, y encontrarme en paz, como cualquier muerto dentro de un ataúd. Lo peor, es que seguramente no quede nada que enterrar.
Haymitch le gruñe algo a Peeta, que llora sobre mi vestido. Yo, me percato de que estoy tendida en el suelo. Unas manos intentan levantarme, pero frenan. Aprovecho para, con mis últimas fuerzas, acariciar suavemente la mejilla de Peeta, que levanta la vista ante el gesto. Creerá que soy un enigma indescifrable. Puede; ni yo misma lo sé. Él presiona un beso en mis dedos, que se mojan con sus lágrimas.
Mis párpados aletean cuando Haymitch gruñe por lo bajo.
- ¡Maldito abalorio!

jueves, 10 de abril de 2014

Capítulo 12: Hermoso caos

Ya está aquí el capítulo 12!!! Resumen del capítulo: genial y triste. Y el próximo, más triste aún, por cosas que, adelanto, no se suponen en este capítulo (entenderéis lo que os digo cuando lo leáis). Fijaros en los detallitos tontos, y crear suposiciones alocadas XD!!!
Anuncio que estoy en racha de escribir y el próximo capítulo, en serio, puede llegar la próxima semana, el viernes; como dice la encuesta.
¿El título? Raro. Oportuno. Veréis... que triste me pongo ya!! :(
Por cierto, ahora que lo pienso... ¿os gusta que haya música en el blog? Si no, la quito; a vuestro gusto.
Bueno, no me enrollo más que os he hecho esperar demasiado; ¡¡cómo para retrasarlo más ^^!!.


Capítulo 12: Hermoso caos

Todo, parece perfecto y acogedor. Mi madre espera, ansiosa, a que llegue Peeta para recogerme y hacernos una foto delante de la chimenea. Incluso ha prendido carbón para encenderla, y no la madera que a veces papá o yo talamos; crea una humareda horrorosa en el salón, pero arde. Después quería tomar una taza de té o café (que es todo lo que nos puede ofrecer) con nosotros y charlar para conocer un poco mejor a Peeta, hasta que llegaran las ocho y nos marcháramos al baile. Eso significa: 1) que esto es especial para ella, y 2) que yo lo he estropeado. Madge no hace más que repetir que no le diga nada a Peeta, que en realidad, no le he engañado, puesto los cuernos, ni nada parecido; dice que ha sido un lapsus con un amigo, un error, un roce sin importancia. Pero yo no puedo con esta carga.
¿El cariño que le tengo a Gale, se está convirtiendo en algo más? No sé qué me está pasando, pero sí sé que, por encima de todo, al que amo es a Peeta. ¿No? ¡Por supuesto! Con todo lo que he sufrido por él, y ahora hago esto. Sólo sentía que Gale estaba mal y yo no sabía por qué, y me daba la sensación de que era culpa mía, y eso me mataba, y… sí que ha sido un error. Yo no quería acabar de esa manera, pero… ahh. Gale no me lo ha puesto nada fácil. Y, em, por cierto, pensando en Gale… ¿Qué demonios significa que quiera besarme con tantas ganas? ¡Yo no puedo gustarle! ¡No debo gustarle!
Me empieza a doler de nuevo la cabeza (he estado llorando un buen rato, hasta que Madge ha conseguido calmarme, y eso me ha provocado una jaqueca terrible), y añico los ojos delante del espejo. Por segunda vez en mi vida, estoy hermosa gracias a taparme la cara con maquillaje.
- ¡Cuidado! -me susurra Madge, mientras intenta aplicarme un poco de rímel en las pestañas.
Acaba de retocar el maquillaje y sigue con el pelo, tal y como lo hizo Flavius en Capitol’s. Madge ha tapado y/o arreglado todos los estragos que yo me he causado en el bosque, algo maravilloso; ha sido un verdadero milagro. Como encontrarte a Jesús en un sándwich de queso o una patata frita.
- Voy a por el vestido -dice Madge, ya en la puerta.
Asiento, como si aún se encontrara aquí, y me encojo, subiendo los pies a la silla, y descansando el mentón sobre las rodillas. Me las abrazo y cierro los ojos. No lloro, porqué entonces, el trabajo de Madge no habría servido para nada. Peeta merece al menos que su pareja esté… decente, porqué yo no puedo superar más que eso. Puedo estar “decente”, pero no “guapa”. Luego me pregunto si Peeta me merece. Quiero decir… él, es mil veces mejor que yo. ¿No soy una especie de carga? La chica pobre, tonta, ingenua, tímida… débil. Puedo afirmar con seguridad que Peeta no es nada de eso. Entonces, ¿cómo puede quererme? Bueno, aún no ha dicho la palabra con “A”, así que supongo que esto no será tan importante como lo es para mí; es la única explicación, ya que él nunca parece temeroso débil; no le resultaría difícil decir “te amo” a una chica si de verdad lo sintiese. Así, confirmo que no es mí caso.
Sé que estoy divagando un buen rato, hasta que la puerta se abre y escucho el sonido de tela contra tela. Me duelen las piernas cuando me levanto de la silla.
- Venga, vamos a vestirnos -dice Madge, apresurada; lleva los dos vestidos en una mano y con la otra se quita los pantalones. Más que apresurada.
Me desvisto y me pongo el vestido. El forro sigue siendo lo más suave que he tocado jamás, la tela brilla y reluce,  y las gemas arden como el fuego, delicadas pero fuertes a la vez. Pero yo lo percibo todo de otra manera, como si viera una película, como si esta no fuera mi piel. No noto la suavidad del forro, no sonrío por el deslumbrante color de la tela ni me paro a admirar las llamas. Me siento… vacía. Sucia.
- Mírate -me dice Madge, sonriéndome desde la otra parte del baño-. Nunca pensé que podría convencerte, y… mírate. Estás preciosa.
Su pelo queda recogido en un moño despeinado, y como diadema ha conseguido hacerse una trenza de espiga desde la raíz, cosa que yo jamás conseguiría igualar. Su vestido es delicado y perfecto; de gasa blanca, hasta la mitad de sus muslos, con un vuelo combado. A su cintura se ciñe una cinta color blanco hueso que realza su figura, y a su cuello el estilo Halter del vestido. Calza unos zapatos de tacón color marfil, brillantes, a juego con sus perfectas uñas, copyright Flavius. Falta decir que el maquillaje sólo mejora lo que ya era perfecto.
- Tú sí que estás preciosa.
Hace un signo de modestia con la mano y me coge del brazo para arrastrarme hasta el comedor. En mitad del pasillo para bruscamente.
- Prométeme que no le dirás nada -murmura.
Bajo la mirada y me pellizco el brazo.
- No… no puedo prometerte eso. Debo ver a Prim.
- Katniss…
- Deberías venir, seguro que le encanta tu vestido.
Suspira.
- Sabes que siempre estaré ahí, ¿no? -murmura, mirándome a los ojos. Asiento, devolviéndole la mirada- Vamos a enseñarle a ese patito lo guapas que estamos -dice. La miro y sonrío tristemente-. ¡Venga! -exclama, tirando de mi mano.
Cuando entramos, Prim deja de acariciar a Buttercup. Éste, por su parte, me bufa. Hago un esfuerzo por no cogerle del pescuezo y lanzarlo por la ventana.
- ¿Qué tal, Prim? -dice Madge. Yo sólo me siento en el borde de la cama y  sujeto una de sus manitas entre las mías.
- Bien -contesta, débilmente-. Estáis muy guapas -me dirige una sonrisa.
- Bueno, seguro que tú lo estarás mil veces más -digo, dándole un pequeño apretón.
- Ya… porqué os tendré a vosotras para arreglarme, ¿no?
- Por supuesto -dice Madge-, aunque no te hagamos falta. Serás una mujercita.
Prim suelta una risita, y eso, me saca una sonrisa.

***


- Gracias -digo, guiñándole un ojo. Algunos podrían llamarme loca.
Me aclaro la garganta, y él espera paciente, como siempre.

Are you, are you
Coming to the tree
Where they strung up a man they say murdered three.
Strange things did happen here
No stranger would it seem
If we met up at midnight in the hanging tree.

Are you, are you
Coming to the tree
Where the dead man called out for his love to flee.
Strange things did happen here
No stranger would it seem
If we met up at midnight in the hanging tree.

Are you, are you
Coming to the tree
Where I told you to run so we'd both be free.
Strange things did happen here
No stranger would it seem
If we met up at midnight in the hanging tree.

Are you, are you
Coming to the tree
Wear a necklace of rope, side by side with me.
Strange things did happen here
No stranger would it seem
If we met up at midnight in the hanging tree.

Entonces, después de una educada pausa, mí sinsajo empieza a cantar. Yo le respeto y espero a preguntar hasta que acaba, cómo él.
- ¿Soy… mala? -le digo, mirando por la ventana de mi habitación. Las prímulas de la maceta, ya marchitan. Puede que todos nos sintamos tristes hoy.
He matado. Animales, pero he matado. Jamás he pensado, jamás, que eso me hiciera ser mala persona. Soy terca y tengo carácter, no soy muy sociable, y puede que no siempre me comporte como debería, pero tampoco me ha hecho pensar nunca que fuera mala persona. No planeo asaltar a viejecitas, no troceo los cómics en los que sale la cuadrilla de Supermineros, tampoco odio demostrar de vez en cuando que puedo llegar a ser tierna. Pero ahora, he hecho algo malo. Eso, por defecto, ¿me convierte en mala persona?
Lo único que mi sinsajo hace es mostrarme su afecto a través de un silbido, para después examinarme. Más de lo que ha hecho mucha gente por mí. Claro, Peeta no cuenta. Y justo el único que lo hace.
- ¡Katniss, sal! -el grito de mí madre ahuyenta al sinsajo, que se mete en su jaula. Debe prever que algo malo va a pasar esta noche. Yo también lo noto- ¡Los chicos ya están aquí!
Me aliso el vestido, respiro hondo, y tras dirigirme a la puerta, giro el picaporte y recibo a Peeta con una fantástica, enorme y falsa sonrisa por la que me gano un dulce beso y un montón de cumplidos.

 

***


Aprieto su mano cuando el coche para frente a la puerta del instituto. Los destellos de luz multicolor traspasan los cristales tintados de la limusina. Por lo visto, Peeta y Darius acordaron pagar a medias el alquiler para darnos una sorpresa a Madge y a mí. Sólo hace que me sienta más sucia, pero sonrío igual. He intentado imaginarme que no he hecho lo que he hecho, y cómo me sentiría si ese fuese el caso. La verdad, es que me siento especial y un tanto importante. Por primera vez ir sentada en unos asientos de cuero suaves al tacto, por descubrir que en una coche puede haber un mini bar, que existen los mini bares, por estar sentada en las rodilla de Peeta, a pesar de que hay sitio de sobra para ocho personas aquí detrás, por poder besar sus labios cuando se me antoje y que él quiera que lo haga.
Después siento arcadas por recordar mi salida de ‘caza’.
¿Estará Gale en el Baile de Bienvenida? Nunca ha sido de esos. ¿Vendrá a por mí? ¿Intentará arrebatarme de Peeta? Espero que no, porque nos dolería a los tres. Gale, rechazado. Peeta, engañado. Yo, sería yo. ¡Horrible!
- Sigue siendo demasiado -le digo.
- ¿Te parece demasiado ostentoso?
Rozo de nuevo el cuero del asiento con los dedos, como si de un pequeño y suave animal se tratase.
- Comer carne de la carnicería me parece ostentoso. Esto es…
- Un regalo -me  corta Darius-. De nosotros, para vosotras. No le des más vueltas, Katniss. Disfrútalo -dice, con una sonrisa.
- En realidad, mi padre tiene una limusina para acudir a los eventos oficiales -dice Madge.
- Oh… -es lo único que consigue susurrar Darius, desilusionado.
- ¡Pero me gusta más esta! -estalla Madge, alzando los brazos. Besa repentinamente a Darius y se echan a reír.
Son… únicos. Una pareja realmente explosiva, enérgica y… uh… peligrosa. No son como Peeta y yo. Nosotros… somos más tranquilos, dulces, tiernos. Ellos ríen, y todo el mundo escucha sus carcajadas; se gastan bromas, y todo el mundo escucha sus gritos; Darius corre, alza en brazos o brinca con Madge, y todo el mundo les presta atención. Peeta y yo reímos, y me siento completa; nosotros charlamos o nos gastamos bromas, y acabamos besándonos sin prisa y con cariño; nosotros paseamos de la mano, y me siento feliz y relajada. Sí, feliz. No tiene un adverbio negativo delante, ni es irónico. Sencillamente, con Peeta me siento feliz. De la manera en que los niños ríen plenamente en el parque. Felicidad-pura-y-embotellada-en-su-sonrisa.
Y mientras se me hincha el corazón, vuelvo a recordar mis actividades de la tarde. Le clavo al asiento las uñas.
- ¿Estás bien? -me susurra Peeta al oído. Me recorren una corriente caliente y otra fría; motivos enfrentados.
- Sí, sólo un poco nerviosa. Nunca he asistido a un baile -digo.
Mentira.
Fue hace tiempo, y no lo recuerdo con claridad. Yo era pequeña, y Prim un bebé; todavía vivíamos en Pensilvania. Mi madre pertenecía a un club, en el que las vecinas de la zona tomaban café y té por las tardes, vestían elegantemente como si fuera algo casual, charlaban sobre cosas agradables y  de vez en cuando se chismoseaba sobre alguien en particular del barrio. El caso, es que el club celebró un pequeño convite. Mi madre vistió un vestido azul satén. Recuerdo haber llamado ‘cosita suave’ al cuello de terciopelo de éste. Yo vestí un alegre vestido de cuadros rojos, y mi padre un pantalón plisado negro junto con una camisa blanca, haciéndole parecer más alto y joven. No recuerdo el nombre de la anfitriona, pero ahora puedo afirmar que sería la mujer más rica y vanidosa del club. Nuestra casa ya era grande de por sí, con sus dos pisos y elegantes acabados en blanco pulido y tonos pastel. Pues lo primero que me viene a la cabeza al recordar esta casa, son las columnas de estilo romano que enmarcaban la entrada principal, con dos puertas de roble y cristal tallado en flores, ahora puedo decir nenúfares. El césped me parecía más verde de lo habitual, y estaba húmedo. Brillaban las gotas de agua que el equipo de regadío automático con aspersores había esparcido por allí. Recuerdo andar sin zapatos hasta la entrada, provocando que mis padres y la anfitriona junto a su marido quita-y-pon rieran. La pista de baile era enorme y con suelos de mármol brillante, que iluminaba la sala más que cualquiera de las lámparas de araña que había allí colgadas. Supongo que funcionaba como sala de estar, pero quitaron los muebles con tal de ganar espacio, ya que la habitación precedía al comedor. Todos actuaba de manera cercana pero formal, eran educados y sofisticados. Incluso había música clásica flotando en el ambiente mientras probaba el estofado de cordero sobre arroz salvaje y pasas. Repetí. Tres veces. Era una pequeña glotona sonriente. Esa casa dejaba en ridículo a la mía, y por lo que veré, a esta fiesta.
Ahora, cuando salgo de la limusina y Peeta me coge de la mano, lo único que me viene a la cabeza y sé que recordaré es: decepción.
Me tambaleo sobre los tacones, como si temblara el suelo bajo mis pies; debe de ser mi falta de práctica. Pero entonces, siento como si los trozos de mi vida se despegaran, como si las hebras de mí tapiz se separaran. Mí estomago se retuerce, y no entiendo el por qué. Estoy desorientada, y me centro en lo que sé. Me llamo Katniss Everdeen. Tengo dieciséis años. Vivo en Naples. Amo a Peeta. Amo a Prim. Amo a mis padres. Quiero a Madge, Maisylee y Gale. Limusina. Dolor. Baile.
No puedo concentrarme con esta sensación de mareo.
La música electrónica hace vibrar los cristales del gimnasio, que huele a sudor y cerveza de barril desde aquí. Veo de reojo cómo Madge estampa a Darius contra la pared e imagino, que si siguiesen así diez minutos más, alguien daría positivo en la prueba de embarazo mañana. No sé si es mejor entrar o no, pero me decido por lo primero antes que ver en directo el tema ‘Reproducción sexual’ de Biología. ¿No decía yo que todo el mundo amaba la biología? Pero después de dar dos escasos pasos, Peeta me detiene y pasa delicadamente un ramillete de claveles blancos sobre mí muñeca izquierda.
- Blancas -le digo, observando los pétalos.
- ¿Te gusta? -pregunta.
- Pureza.
- Sí -dice, acercándose. Vuelve a dibujar figuras curvilíneas en la piel sensible de mis hombros y brazos-. Pureza. Lo que siento por ti es puro, así que color blanco.
- ¿Y… ves como posibilidad comprarme la próxima vez unas rojas? -digo, intentando algo nuevo; el coqueteo.
- ¿Pasión? -pregunta, mordiéndose el labio. Acerca sus labios a los míos, y aprovecho el momento para pasar mis manos tras su cuello. Justo antes de juntarlos, susurra- Creo que eso ya te lo demuestro yo en persona.
Le sonrío como una tonta y asiento, atrayéndolo hacia mí. En cuanto nuestros labios se tocan, los movemos con avidez. Lo echaba de menos. Estamos cómodos besando al otro pero, yo al menos, no me acostumbro a sentir esta montaña rusa en el pecho cada vez que me toca. Me falta el aire… no, me falta él. Necesito sentirlo más cerca, necesito tocarlo… que me toque. Revuelvo su pelo entre caricias y, por qué no decirlo, tirones; él junta completamente su cuerpo al mío, y yo necesito quitar la maldita ropa de en medio. Siento como se eleva nuestra temperatura corporal, y mi respiración se transforma en un jadeo. Me muerde el labio inferior, y vuelvo a sonreír antes de profundizar más el beso, con ansia. Como si en realidad, supiese besar. Realmente, con Peeta es fácil que me sienta así. Y con Gale… ¡No! Me separo poco a poco, dejando a Peeta (y, demonios, a mí) con ganas de más.
- Venga, no me he puesto tacones para nada -digo, tirando de uno de los gemelos de sus mangas hacia mí.
En realidad, me siento mal. Aunque puede que no sea sólo por Gale. Creo que yo, al igual que mi sinsajo, siento que algo malo va a suceder. Más concretamente, a mi persona. Pero bueno, ¿no supero yo todo lo malo? Puede que sea una gran mentira eso que acabo de pensar. Debería ser: ¿no sobrevivo yo a todo lo malo?

***


En el gimnasio, lo que único que me viene a la mente es ‘agobio’. Quizás también ‘falta de aire’, ‘intrusión en mi espacio personal’, ‘cerveza de barril en los vestuarios masculinos’ y ‘adolescentes rubias entubadas en vestidos por encima del medio muslo’. Las gradas han sido plegadas, y las canastas cubiertas con confeti, lo que, si hubiese sido la intención, no ayuda nada a que el gimnasio parezca una pista de baile.
Veo como Glimmer baila pegada a Cato como si, por separarse, el universo se fracturara en dos. Peeta se dirige (después de regalarme un inesperado-largo-intenso-fantástico beso) hacia la mesa con canapés mal amontonados (hechos migajas por los del equipo de fútbol) y ponche, a por bebidas.
Entonces, huele a cuero y naranjas.
- ¿No te apetece bailar?
- ¡Gale! -digo, dándome la vuelta. Miro a mi alrededor, pero todos están borrachos o besando a otro adolescente hormonado. Peeta, gracias a Dios, sigue con las bebidas.
Empujo a Gale hacia la puerta con las dos manos, ignorando su semblante inexpresivo, incluso un tanto triste. Después de lo de hoy, no sé qué expresa el mío. Necesito alejarlo de Peeta, o dará comienzo la tercera guerra mundial. Empujo la puerta de salida y el aire frío de la noche me golpea, como siempre en este lugar.
- ¿Qué haces aquí? -pregunto, cerrando la puerta con ventanas del gimnasio para asegurarme.
- ¿Que qué hago aquí? -dice alterado, arqueando las cejas- ¡Estoy aquí por ti, Katniss!
- ¡Bueno, pues no tenías por qué, entonces!
Aprieta los labios y baja la mirada. Le conozco, y sé que está reprimiendo cualquier deseo de pelear. E inesperadamente, me besa. Al momento, sé que no es natural; me mantengo quieta y rígida. Sus labios son agradables, el problema… el problema es que no es Peeta. Me aparto, sorprendida por el atrevimiento. No quiero decir a, donde opino, nos llevará esto.
- Gale…
-Tenía que hacerlo. Al menos, una vez.
Y se va.
- Ha sido un error… -le digo, aunque el viento se lleva el sonido de mí voz.
Lo último que veo antes de llorar contra el cristal, es cómo Peeta me mira tras la ventana. Nos miraba.
El peor error de mí vida. Aquí y ahora. Apuntado.

sábado, 15 de marzo de 2014

Capítulo 11: Un deseo peligroso

He acabado el capííííítuloooo 11!!! Aleluya!!!! Me ha costado después de tanto examen, pero creo que es muy... especial; profundo. También creo que transmite otro tipo de sensaciones, distintas, y compensa que sea un pelín más corto, aunque no mucho más ¿eh? ^^. Votad en la nueva encuesta de la izquierda para que pueda seguir escribiendo chic@s!! La pregunta es: ¿Con quién queréis que acabe Katniss? ¿Sois #teamGale, o #teamPeeta? Espero los resultados para poder decidirme, porqué yo misma no sé a quién elegir, y juro que siempre he sido #teamPeeta, pero... aixx, no sé, seguramente gane él, pero... aún me podéis hacer cambiar de parecer si la idea no os agrada. ¡Ya me contáis en los comentarios wapos@s! 
PD: ¡Katniss está tan confundida como yo!



Capítulo 11: Un deseo peligroso


- ¡Entrenador! -exclamo desde la entrada del gimnasio.
- ¿Qué… ¡Everdeen! Dichosos sean los ojos. ¿Qué haces aquí Katniss? -exclama él con una gran sonrisa.
- Llevo unos años aquí -digo, también con una sonrisa-. ¿Y usted?
- Varios traslados. He acabado aquí. El anterior entrenador, Seneca Crane, falleció. Discúlpame un momento… ¡Mellark!
- Buenos días entrenador -dice una dulce voz a mis espaldas.
- ¿Qué haces aquí? Tendrías que estar ya en el vestuario.
- Culpa mía -salto.
- ¿Sí? -pregunta Boggs, arqueando una ceja.
- No -dice Peeta, apoyando sus manos sobre mis hombros y pegándose  mi espalda-. Es culpa mía.
- No le haga caso -digo-. Le he entretenido.
- No me has…
- ¡De acuerdo! -estalla Boggs. Nunca ha sido un hombre delicado- Mellark, a los vestuarios. No hay consecuencias gracias a Katniss, pero no se volverá a repetir -se gira y me mira, tornando la ira en amablidad-. Querida, ha sido un placer volver a verte.
- Lo mismo digo.
Peeta tira de mí por los hombros hasta que me gira y sujeta por la cintura mientras caminamos hacia los vestuarios.
- Cabezota -susurra.
- De nada.
Ríe y cerca su rostro al mío. Le imito, porque sinceramente echo de menos sus besos y considero que no es sano reprimirse tanto. Me besa cariñosamente. Necesitamos parar en medio del pasillo para continuar degustando los labios del otro gustosamente. Paso mis manos alrededor de su cuello y él aprieta mi cuerpo contra el suyo colocando sus manos en mi espalda baja. El beso coge fuerza y se vuelve inesperadamente intenso. Me llena. Necesito más. Necesito sentir a Peeta. Necesito transmitirle todo lo que siento. Que le quiero, sin usar palabras.
- ¡Eh, parejita! -grita Haymitch.
Odio más a Haymitch.
Separo mis labios de los de Peeta. Seguramente los tendré rojos e hinchados, lo que me hace colorar. Me muerdo el labio inferior, aun rodeando a Peeta por el cuello, y me permito mirar a Haymitch.
- Necesito a la chica. ¡Ya!
- Voooy -digo.
- Te veo luego -susurra Peeta, tímido.
- Hasta ahora -susurro yo.
Nos damos un último beso (tan cariñoso que Haymitch carraspea) y me dirijo al vestuario de mujeres.  


***


El viento es más frío que hace unos días, y quizá mis dedos se hayan entumecido un poco, pero sigo dependiendo de que me golpee cada tarde para poder vivir. Aún es temprano cuando llego al tronco caído, pero Gale ya me espera con los dos carcajes colgados a la espalda. Mira hacia el horizonte, ignorándome, y me pregunto por qué. Estoy segura de que me ha oído llegar, por muy silenciosa que sea; su oído es como el de un lince. En realidad, estaba en otra parte, sin pensar dónde ponía un pie u otro. Pensaba en Peeta, y en cómo me hace sentir. Mi corazón se desboca cuando está cerca, y eso, puede resultar placentero y peligroso. Por el momento, no me preocupa. Hoy nos he visto coordinados, repartiendo los besos y el contacto justo como para dejarme satisfecha sin hacerme ruborizar. Es algo... puede que no mágico; porqué la magia no existe, y lo nuestro sí. Creo que lo necesito más a cada minuto que pasa.
- Dicen que el tiempo empeorará -le digo a Gale, sin mirarlo. El cielo está precioso, teñido de tonos pálidos y a la vez fuertes, como el bronceado caramelo, el adobe ligero, el azul costa brava o el amarillo intenso. Algunas nubes grises tapan las montañas. Noto un pinchazo al imaginar que mi padre está allí, tras la pineda, la tierra húmeda y las toneladas de roca.
- ¿Puede ponerse peor? -contesta, pasándome mi arco y mi carcaj. Su mirada es profunda, y parece alicaído.
Acepto el arma, frunciéndole el ceño y exigiendo una explicación con la mirada, pero él se limita a dar media vuelta y avanzar. Me cuelgo el carcaj, cojo bien el arco y le sigo. No entiendo que puede pasarle. Esta mañana ya ha desaparecido, pero no le había dado importancia. ¿Habrá pasado algo grave? Creo que confía en mi lo suficiente como para habérmelo contado si ese fuera el caso. ¿Entonces? Y si… ¿le pasa algo conmigo? No puede ser. No he hecho nada que pueda enfadarle, a mí parecer.
Una ardilla corretea por las copas de los árboles sobre nuestras cabezas, pero no le presto atención. Gale parece no haberla oído ni visto, o al menos la ignora tan bien como yo. Esa, es una ardilla con suerte. Cualquier otro día, ya tendría una fecha atravesándole el iris. Pero hoy no. Hoy es diferente; pienso averiguar por qué.
Los músculos de su espalda se tensan cuando agarro su mano, pero no para. Tiro de él, y responde zafándose de mí agarre. Nunca me había rechazado, ignorado o hecho sentirme así. Él era el único que no me había hecho sentir como un desecho.
Me quedo allí plantada, y suelto lo primero que se ocurre, intentando no demostrar mis sentimientos. Pronuncio, con indiferencia:
- Participaré en una obra de ballet -sigo andando, ya que él no se gira-. El padre de Madge la ha financiado. Haymitch quiere que yo se lo agradezca, pero yo creo que es él el que debería arreglarse e ir a cenar a su casa. Se lo he dicho, y me ha respondido que le daba igual, y aun así… le tolero. Me cae bien ese hombre. Y le odio, te juro que le odio, pero… -le doy un puntapié a una rama y bajo el arco; parece que esto es sólo una excursión, no un día de caza- no sé. Es una relación amor odio paternalista.
Me callo. No suelto más que bobadas. Bobadas que, al parecer, no le importan. ¡¿Por qué se comporta así conmigo?! Siempre es tan… tan Gale. Tan fuerte, decidido, amable y, sobretodo, comprensivo. Las muestras de cariño nunca me han faltado por su parte, esto es totalmente nuevo. Creía que me quería tanto como yo le quiero a él. Pero ahora, Gale está herido, como los animales que cazamos. Pocas veces le he visto herido, y ninguna he sido yo la mano ejecutora. Pero hoy, todo es distinto.
- Gale -digo, acelerando para seguirle el ritmo.
Empieza a correr justo cuando el viento comienza a aullar. La trenza me golpea en la cara cuando me obligo a acelerar tanto como él.
- ¡Gale!
El paisaje se ha tornado más oscuro, y el atardecer está llegando a su fin, dando paso a la noche. A la noche del Baile de Bienvenida. Una raya negra se dibuja en el horizonte, demasiado fina como para apreciarla a simple vista. Parece que Gale quiere seguirle la pista a esa raya, sin parar de correr.
Acelero más y le golpeo en la espalda con los dos puños, como si fuera una niña pequeña y enrabietada.
- ¡Maldita sea, Gale! -le grito a su nuca.
Pateo los pies de un árbol cercano, cosa que parece llamar su atención. Hago una mueca ante el dolor del pie, pero me reprimo y no grito. Tiro el arco, me descuelgo el carcaj y me dejo caer en el suelo, jadeando por el cansancio y la rabia.
- ¿Estás bien? -dice, acuclillándose delante de mí. Niego con la cabeza entre las rodillas.
- ¿Y… tú? -pregunto entre jadeos.
Noto tres de sus dedos, largos y ásperos, pero a la vez delicados y expertos, levantándome el mentón. Mi rostro encara al suyo. Miro el color oliva de sus ojos, tan familiar, tan brillante… de Gale; nuestro, como si el color fuera un secreto que sólo hubiese compartido conmigo. Me mareo un poco al recorrer cada centímetro de su rostro con la mirada y pensar automáticamente, que me parece increíblemente bello. Su pulgar me acaricia la mejilla derecha, y dibuja pequeños semicírculos, como un parabrisas; media sonrisa de satisfacción se alza, y él reacciona del mismo modo, aunque su mirada sigue siendo distinta. Sin apartar la mía, aparto un mechón pelo invisible de su frente, y cierra los ojos. Mi dedo índice tiembla al repasar el contorno de su rostro, desde la raíz de su cabello hasta el final de su perfil. Después se traslada y repasa sus espesas cejas, sus párpados, desde su entrecejo hasta la punta de su nariz, y de ahí pega un salto para aterrizar en la comisura de sus labios. Los repaso lentamente. Son carnosos, aunque finos. Están secos, pero no me importa, y vuelvo a repasarlos. Me acerco más para observarlo de cerca, y me siento sobre él, enrollando las piernas alrededor de su tronco. Una de mis manos acaricia, temblorosa y helada con las yemas de los dedos, su nuca. Los pelos más cortos cosquillean entre mis dedos cuando los introduzco más allá, en su cabello. Los mechones castaños son suaves y se adaptan perfectamente a la presión de la mano, mimando mi piel con suaves caricias. Noto como nuestras respiraciones son lentas, y poso la mano libre dónde su supone, está su corazón. Me pego un poco más a él, necesitándole, y aprieto mis piernas entorno a su cintura. Entonces, su mano derecha viaja a la parte baja de mi espalda, y alguno de sus dedos, frío, repasa lentamente el borde de mi cazadora, tocando mi piel, que se pone de gallina. Creo que dejo escapar un jadeo, formando una pequeña nube.
- ¿Katniss? -susurra.
- ¿Hmmm…?
Él abre los ojos y me mira. Sus pupilas están más dilatadas de lo normal, y veo deseo en ellos. También veo que en su reflejo, los míos tienen un aspecto idéntico.
- Quiero besarte -vuelve a susurrar.
- Y yo -murmuro.
Entonces apoyo mis manos en sus hombros, y empujo lentamente su cuerpo hacia atrás, sin ejercer mucha presión. Gale se tumba sobre las hojas caídas y amarillentas del suelo, llevándome con él. Quedo a horcajadas sobre su cuerpo, y siento como mi pulso se acelera. Un rayo de luz naranja ilumina su rostro, embelleciéndolo todavía más. Entonces junto nuestros cuerpos, posicionando una de mis piernas entre las suyas, para encajar mejor, aunque su cuerpo es considerablemente más grande.
Mi nariz roza la suya, y mis manos aprietan su cazadora, aunque no parece importarle. Me siento como un animal. Y, al parecer, él también, porqué jadea a dos centímetros de mis labios. Mis deseos se hacen insoportables, pero la Katniss responsable, me grita desde dentro «¡Basta! ¿Estás loca?». Pero yo sólo sé, que estoy excitada sin tan siquiera haberlo besado.
- Gale… -murmuro, y mis labios rozan los suyos al pronunciar cada letra.
- Katniss… por… favor… -jadea él, rozando sus labios contra los míos de la misma forma.
Me pide permiso. Pero no puedo dárselo.
Giro sobre su cuerpo y me quedo tumbada sobre el sotobosque, mirando el cielo, visible tras las copas de los árboles. Pego un salto y me levanto. Echo a correr hacia casa, dejándolo allí.
Soy idiota, lo sé.

Madge ya está en casa cuando llego, y seguro que me maldice por llegar llena de barro, despeinada, con suciedad bajo las uñas, y los ojos rojos; no dice nada porqué también es capaz de ver las lágrimas.

lunes, 17 de febrero de 2014

Capítulo 10: Una declaración de amor

Sé que es para matarme, y lo admito. No he abandonado el blog, y juro por un gatito tullido (awwwww...) que no lo haré hasta que acabe la historia. BLOGGER HASTA EL FINAL!!!! Ahora eso sí, he de admitir que mis reservas de capítulos, han volado :"( 
Pero no pasa nada, que estoy volviendo a escribir!! ¿Sabéis los montones de exámenes que tengo? ¡Mis padres no se conforman con que apruebe... quieren más de un 8, como mínimo! :O Eso, es una tortura. Total, que tengo que compaginar estudios con leer con escribir con tener vida social (poca poca, os prefiero a vosotr@s. Es broma (pero os amo ;) ) !!! No soy una loca de los gatos) con cubrir la necesidades básicas necesarias para sobrevivir *cojo aire* con escribir en mi otro blog con contestar coments con crear reseñas con enterarme de las noticias con ocuparme de Wattpad y Facebook... ¿¡Quién aguanta TODOOOOO ESOOO!? Yo, chic@s, yo. Si es que, soy un ángel... *Ojos del gato con botas* ¿Me perdonáis?  

Os quiere MENTALMENTE DESORIENTADA, MK ;))

PD: ¿Se puede hacer posdata en una introducción de entrada? (he aquí el toque "Mentalmente Desorientad" de la entrada. Necesito tatuarme en el brazo mi horario...)

PD2: ¡El capítulo es súper románticooooooo! ¡Sólo aviso! ¿Lo pilláis por el título? Aunque, tengo cosas pensadas, y no son buenas, no señor... ¡Por favor, que son Los Juegos del Hambre!




Capítulo 10: Una declaración de amor

Me incorporo lentamente en el sofá, un poco cortada. A la mierda la ilusión. Soy “su hermana pequeña”. Si fuera mi padre todavía podría excusarme con el síndrome de Electra. Puede que si se lo propongo me adopte. Entonces, ¿Qué chico lleva a su hermanita al baile y la soba en el coche? Sí, si eso no es sobarme, que baje Dios y lo vea.
- Creo… creo que iré a ver cómo está Prim -musito, frotándome los ojos de la forma más artificial. No soy una gran actriz.
- Eh -se aclara la garganta, un tanto perplejo por mi repentina necesidad de espacio-, claro, yo ya me tengo que ir.
Le acompaño a la puerta y me despido apoyada en el marco de la puerta, angustiada. Me giro, decidida a cerrar la puerta, a dejarlo atrás y comprobar que Prim está bien. Pero no puedo, no puedo dejarlo atrás. Somos como imanes, y no me puedo separar de él por mucho que quiera.
Doy un paso sobre la escarcha, y noto como la nieve cosquillea y adormece dolorosamente los dedos de mis pies, descalzos. El frío acaricia mis piernas suavemente, hasta invadir por completo mi sistema y arrasar con cualquier grado positivo de mi cuerpo.
«Muy bien Katniss, ¡no te preocupes de llevar zapatos! ¡Es antiguo!» Me importa un comino. Doy otro paso, otro y otro hasta no sentir nada de tobillos para abajo y tener los dedos de las manos adormecidos y pesados, como la punta de la nariz y los labios. Empiezo a correr hasta él, y una rabiosa ráfaga me golpea de lleno, ondeando mi pelo dorado. La oscuridad se ha apoderado del paisaje pero, aun así, Peeta puede distinguir a esa chica que avanza corriendo por la nieve hacia él.
- ¡Katniss! ¿Estás loca? ¿Qué…
- No importa -le interrumpo. Me abraza para darme calor y me mete en el Jeep sin más discusión.
- Sólo quería… -digo, cómoda en el asiento del copiloto, con la calefacción a tope- sé que pude sonar raro, pero… quería saber por qué quieres ir conmigo al baile.
- ¿Qué por qué quiero ir contigo al baile? -repite, pálido.
Debo parecer una loca.
- Es que no lo entiendo -musito.
- ¿Qué no lo entiendes? -dice, todavía más pálido- Quiero ir contigo porque…, porque…
- Ves, ni siquiera tú lo entiendes.
- No es fácil decirlo -musita-. Podría…
- Si… -le animo.
- Podría perderte -suelta al fin.
- No vas a perderme -digo, cogiéndole una mano. La mía está helada y la suya arde.
- ¿Por qué quieres ir tú conmigo al baile?
- Yo he preguntado primero -susurro. Parece que Peeta se debate mentalmente a si mismo, así que pregunto. No puedo perder mucho más que a él, y si no lo hago puede que en realidad nunca tenga la oportunidad de que sea mío- ¿Me…, me ves cómo a una hermana?
- No -responde,más pálido. Su mano está más fría. Suelta la mía y aprieta el volante, tenso.         
- Entonces, ¿por qué has dicho que tú me ves a mi cómo yo a Prim?
- Yo… tú necesitas a Prim. Yo te necesito a ti -cojo aire ansiosamente, intentando disimular sin éxito, y vuelo a cogerle de la mano, despegándola del volante. Me mira.
Levanto la mirada justo para ver cómo él baja la suya. No sé qué decir. Me tiembla involuntariamente la mano, que está más helada que antes si es posible. Puede que la nieve sea más cálida.
- Sé qué puede que no… -comienza, apenado.
- Yo te necesito -declaro, antes de darme cuenta de que lo he hecho.
Paseo los dedos por la palma de su mano y cierra los ojos, apoyándose contra el asiento, relajado.
- Nunca, desde tu primer día de clase en Naples, he dejado de pensar en ti -susurra.
Continuo con el paseo, pero los dedos empiezan a temblarme levemente. No sabía eso, ni siquiera lo sospechaba. Sí, de vez en cuando pillaba una mirada fugaz en el patio, pero nunca le di importancia. Quizás que me salvara fuera una razón obvia, pero yo no soy de esas que pillan las cosas al vuelo, ni de lejos. Supongo que cualquier buen ciudadano lo habría hecho, Superman, el Superminero y su cuadrilla, o alguien por el estilo.
- ¿Por qué nunca has hablado conmigo, entonces?
- Cobarde, miedo al rechazo. Puede que las dos cosas.
- Miedo al rechazo por mi parte.
Abre los ojos y levanta la cabeza. Vuelve a atrapar mi mano entre la suya, cálida de nuevo. Me pide una explicación con la mirada. Supongo que no es exactamente una ‘frase con sentido’, así de primeras. O quizá tenga demasiado sentido.
- Me salvaste y… nunca has salido de mi cabeza, por mucho que lo intente o te hayas alejado. Me resulta imposible.
- Katniss, yo… siento lo mismo cada día, y cuándo, cómo ahora, estoy contigo, te toco, me hablas, me miras, yo… me resulta asfixiante.
Abro los ojos como platos y le suelto la mano, intentando dejar espacio, aunque puede que cuando ahora le hable y le mire, se ahogue.
- ¿Te resulto asfixiante? -susurro, dolida. Rezo porque sea un malentendido, porque si no…
- No -exclama él-. Sólo el no poder estar de la forma que me gustaría contigo, cómo antes en el coche -me sonrojo un poco, aunque él lo diga sin vacilar-, o irme a casa y contar las horas que quedan para volver a verte, porque se me hace insoportable. Te lo he dicho, te necesito, necesito estar contigo. Y sé que yo te necesito más a ti que tú a mí, y lo entiendo.
Me lanzo sin pensarlo, simplemente, cómo él ha dicho, lo necesito. Le beso, dulce y suavemente. Pego tanto nuestros labios que puede que nunca se separen, aunque no me importaría lo más mínimo. Me acerca todo lo que puede a él y yo no me resisto. De hecho, me apoyo sobre su pecho, que late con fuerza. No me puedo creer que esté haciendo esto, y que encima me haya lanzado yo. Todo lo que hay a nuestro alrededor desaparece: el frío, el calor, los nervios… sólo queda el placer y su dulce sabor. En realidad es mi primer beso, y nunca he sentido algo semejante. No hay palabras que puedan describirlo.
- No sabes lo que has dicho -murmuro, con los ojos cerrados contra sus labios.
Los abro y me regala la sonrisa más dulce que existe, y me siento orgullosa por haber hecho brillar a esos dos ojos azules tan claros.
Aprieto los labios, le miro las rodillas y me rio un poco, nerviosa. Esto me está pasando a mí. Sigo sin creérmelo.
- Eh -dice. Levanto la mirada y me recoge la barbilla- Eres lo mejor que me ha pasado nunca.
- Sigues sin saber lo que dices -digo sonriente.
- Claro que sí… -dice, y me acerca hasta que nos volvemos a encontrar.
Me besa lentamente, disfrutando cada momento, sin prisa alguna.
- Te… -«quiero», diría. No, no puedo precipitarme. Eso podría echarlo para atrás, ser demasiado- te veo mañana.
Me atraganto un poco, aunque dejo escapar las palabras con decisión.
- Te veo mañana -dice. Me separo para abrir la puerta pero, justo antes de salir, le regalo un pequeño beso que él aprovecha hasta el final.

***



Floto sobre el colchón, y me siento ansiosa por ir a clase, por primera vez en la historia. La colcha me calienta los helados pies y me duermo, sonriendo cómo una boba al soñar con Peeta.

***


Me levanto con un aire alegre y enérgico, sonriendo por todo. Hasta que entro en la habitación de Prim y la veo hecha un ovillo en su cama, pálida y con dos puntos en la parte posterior de la cabeza. Resbaló correteando por el jardín helado y, después de una llovizna, el golpe que se dio contra la fina placa de hielo y la tierra no fue nada agradable. Nada lo amortiguó.
- Eh -digo, sentándome en el borde de su cama-, ¿qué tal, patito?
Se arrebuja bajo la colcha y abre sus ojitos tras hacer una mueca de dolor.
- Buenos días -susurra, con voz débil.
- Al menos hoy te quedarás en casa, calentita en la cama.
- Sí…
Le beso en la frente y salgo pegando botes de alegría tras sonreírle con esperanza. Esperanza de que no tenga dolor de cabeza lo que queda de semana.

***


- ¡Hola!
- Hola -saludo alegre a Madge.
Me coge del brazo de una forma alarmantemente contenta, así que sabe algo o se lo imagina. Ambas son correctas. Sin embargo, no dice nada en todo el camino, sólo sonríe y me arrastra con su inamovible gancho de acero (también llamado brazo izquierdo) decidida hasta el instituto. Por otra parte a mí se me borra la sonrisa. Aquí se cuece algo, y ya he asumido que lo sabe todo, lo que es malo, muy pero que muy malo.  Si Madge trama algo no me quedo tranquila porque siempre la arma. Me da incluso miedo o, porque mentir, me da pavor.
- ¿Pasa algo? -pregunto. Alguien dijo una vez que la espera se hace peor que el sufrimiento.
- ¿A ti te ha pasado algo? -contraataca- Vamos, es una sorpresa agradable.
- Lo sabía. Y corrijo: tus sorpresas nunca son agradables.
- ¡Qué dices! -exclama, haciéndose la dolida de forma exageradamente mal.
- Lo que oyes. Sólo son agradables para ti.
- Bueno, esta no, pero si quieres qué…
-No, está bien, déjalo así…
No quiero desilusionarla y, además, lo hecho hecho está. No creo que pueda llegar y desmontar lo que sea que haya hecho en unos minutos mientras yo me tapo los ojos en la entrada. Prefiero afrontar los problemas. O puede que no se tan malo, y que por una vez me guste. Es raro, pero no imposible. Lo que no quiero es que se gaste dinero, porque aunque le sobre, y mucho, no debe malgastarlo en mí. No soy una razón por la que gastar dinero y punto.
Una gran cazadora marrón aparece doblando la esquina y yo me adelanto para abrazarla por detrás.
- ¡Hey Gale!
- ¡Hey Catnip! -dice sonriente y sorprendido. Ataque sorpresa.
- ¡Hey a los dos! -grita Madge separándonos. Se coloca en medio.
Seguimos caminando tranquilamente hasta que Madge susurra:
- Eso ha sido una sorpresa desagradable…
- ¡¿Qué?! -susurro yo.
- …y la que se va a llevar él.
- ¿Por qué? ¿Qué… ¿Por qué dices eso? No, no entiendo…
- Porque no le va a gustar que, bueno…
- ¡Chicas! -grita Gale.
- ¿Eh? -suspiramos al unísono.
- Lo siento -dice Madge.
- Y yo -añado. Me mira, escéptico-, de verdad.
- Sois…
- ¿Quieres venir esta tarde al bosque? -sugiero, antes de qué diga algo de lo que todos nos podamos arrepentir después.
La verdad es que Madge me incita a cuchichear delante de él demasiadas veces, y sé que también a veces se me sube el santo al cielo cuando me quedo mirando a Peeta y Gale sigue hablando… y sé que todo está mal. Por eso le quiero compensar. La verdad es que nuestra relación se está enfriando, y eso no me gusta nada. La mayor parte de culpa la tengo yo, por supuesto, por estar distraída con Peeta en vez de cuidar de Gale, el chico que siempre ha estado a mí lado. Le debo una tarde en el bosque y más, pero aunque quiera eso no puedo dárselo.
- Podemos dar un paseo y…
- Claro -dice.
- Genial -susurro.
Esperaba pasar la tarde con Peeta, pero a Gale se lo debo, y con Peeta tengo muchísimo más tiempo, espero.
Peeta. Sonrío al pensar en él y en que seguramente estará ya en el instituto, esperándome. Es tan… no puedo esperar más. Le necesito, de verdad lo necesito, y es la primera vez que me doy cuenta de que es cierto. De qué no podría vivir sin él a mí lado, sería cómo dejar ir a una parte de mí, una que me aporta más felicidad que todas las demás juntas. Aprieto el paso, obligando a Madge y Gale a hacer lo mismo. Madge tiene el ceño fruncido, aunque cuando le miro me sonríe mostrando toda su dentadura. Supongo que no será nada serio, el color de sus calcetines no pegará con su estado de ánimo actual, aunque con esas señales a saber cuál es.
Veo el destello de su pelo rubio antes que sus ojos azules, pero lo reconozco con la misma facilidad y maestría. Está en la puerta del instituto de espaldas, hablando animadamente con Delly, que sí me ve y sonríe, saludándome con la mano. Le devuelvo el saludo a la vez que Peeta se gira y esboza una agradable y enorme sonrisa en su preciado rostro. Avanzo más deprisa dejando a Gale y Madge atrás y en cuanto los alcanzo Peeta me coge de la mano y nos pegamos.
- Hola -digo, bajo.
- Hola -dice.
Le miro y me acerco tímidamente, poco a poco, hasta que él no puede más y me besa con delicadeza, como si yo fuera a explotar si me aprieta demasiado.
Me pone un mechón de pelo tras la oreja y apoyo la cabeza en su pecho, mientras me percato de que Delly nos miraba, expectante, y me sonrojo.
- ¿Listos para el Baile de Bienvenida? -dice Madge por detrás- ¿Para qué pregunto si basta con veros? -se encoge de hombros, agarra a Delly de forma idéntica a cómo me garraba antes a mí y la conduce adentro con una sonrisa. En realidad las dos sonríen.
- No quiero entrar -me quejo.
- ¿Por qué? -pregunta Peeta, apretándome un poco más contra él.
- Por esto -murmuro.
Sonríe tristón y acaricia mi pelo entre sus dedos.
- Ahora me entiendes.
- ¿Y antes no?
- Sí, pero yo te…te echaba más de menos -dice. Por un segundo he tenido el corazón en un puño; por un segundo creí que me iba a decir “te quiero”.

***


Caminamos por el hall del instituto. Ni loca voy a soltar a Peeta, y parece que él tampoco está por la labor, así que aguanto las miradas curiosas y camino cogida a su mano. Como si la necesitase para vivir. Como si lo necesitase. De verdad creo que lo necesito, porque este rayo (de esos que chamuscan árboles inocentes y ositos amorosos) de alegría, de amor, de afecto… esta montaña de sentimientos positivos me empujan hacia delante por primera vez desde hace mucho tiempo. Peeta me proporciona eso, la esperanza de que todo puede ir bien, por grandes que sean nuestras pérdidas. Gale… Gale arde como yo. Pero Gale arde en furia, en necesidad, en rencor, en… una maldad técnica. No es malo, pero odia el sistema, odia como sus hermanos pasan hambre, como su madre se deja la piel para, al final, no llegar a alimentarlos a todos correctamente. Gale contiene ese tipo de fuego, y yo ya tengo suficiente por mí misma. Además, lo que siento por Peeta es amor. Lo que siento por Gale… es amor fraternal, mi hermano, mi compañero de caza, mi amigo. No mi novio.
- ¿Dónde está Gale? -pregunto.
- Ni idea -susurra Madge.
- Bueno, os veo luego -dice Delly.
- Claro -decimos los tres a la vez.
La veo alejarse hacia la clase de química con una sonrisa enorme en la cara.
- ¡Katniss! -grita Maysilee.
Me giro sin soltar la mano de Peeta y le regalo mi mejor sonrisa a esa pintoresca chica. Estoy… eufórica, por una vez en mi vida. Qué raro.
- Hola Maysilee -digo, mientras se acerca corriendo.
- Hola -dice, recuperando el aliento.
- Bueno, yo también me tengo que ir -dice Madge-. No quiero ver cómo a la profesora de Literatura se le hincha la cara cuando llegue tarde -hace una mueca de repulsión que me parece divertida-. Encantada de conocerte… ¿Maysilee?
- Sí -afirma esta, asintiendo-. Igualmente.
- Y Katniss -dice Madge, de repente-, que te guste la sorpresa.
Se aleja corriendo mientras arqueo las cejas y me recorre un escalofrío.
Los tres caminamos hacia el gimnasio, como haremos toooodas las mañanas.
- Espero que Haymitch esté de buen humor hoy -suspira Maysilee.
- No lo creo -digo.
- ¿Ese hombre nunca está de buen humor? -piensa en voz alta.
- Rio cuando nos presentaste el otro día -dice Peeta.
- Si, ehh… tramaría algo -digo-. Nunca está de buen humor. Nunca.
- Bueno, Boggs tampoco es un santo.
- ¿Boggs? -dice Maysilee.
- Nuestro entrenador. Corrijo: nuestro duro entrenador.
- ¿Boggs? -digo yo.
- Sí, Boggs -dice Peeta, sonriendo.
- ¡¿Boggs?! -digo, eufórica.
- ¿Qué pasa con…
- ¡Entrenaba en Pensilvania!
- ¿En serio? -dice, enarcando las cejas.
- ¡Dios, alguien de casa!
Salgo corriendo hacia el vestuario con una sonrisa pintada en la cara.

Necesito verlo antes de que empiecen las clases, necesito verlo antes de que empiecen las clases…